Oración: sometimiento, no persuasión

Publicado el 4 de abril de 2026, 3:02

“No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” Mateo 6:19-21

Con estas palabras, el Señor Jesús nos sitúa en el núcleo del culto cristiano: la motivación del alma. La oración no es un accesorio de la vida religiosa; es la exposición de nuestro tesoro más profundo. Por ello, la primera lección de Cristo es que la oración debe ser sin hipocresía. Dios, quien escudriña los corazones, no puede ser burlado con ritos externos. Si no hay un deseo de comunión con el Padre regenerado por el Espíritu, nuestras palabras serán como bronce que resuena o címbalo que retiñe.

Jesús lanza una advertencia severa contra las “vanas repeticiones”. Aquí debemos detenernos. El paganismo, en todas sus formas, cree que puede manipular a la divinidad mediante la acumulación técnica de frases. Es una visión mecánica de la fe: si digo las palabras correctas la cantidad de veces necesarias, obligo a la deidad a actuar. Vemos esto en las ruedas de oración del budismo o en el uso del Rosario en la tradición católica romana, donde el "Padrenuestro" se ha convertido, paradójicamente, en la oración más balbuceada y menos comprendida de la historia. Pero no miremos solo hacia afuera; nosotros también caemos en este vicio cuando repetimos oraciones rutinarias como antes de comer o al dormir, y al hacerlo nuestras mentes no están gobernadas por la verdad bíblica.

La oración es un acto de la mente y del espíritu. No se trata de la métrica o la cantidad de vocablos. Jesús, podía orar con cinco palabras: “Padre, glorifica Tu Nombre” (Juan 12:28) o también podía pasar noches enteras en una comunión inefable con el Padre. La diferencia no es el cronómetro, sino el entendimiento teológico. Orar como un hijo del Pacto requiere saber con quién estamos hablando y reconocer Su majestad soberana. Iglesia, no debemos orar como aquellos que no han sido alcanzados por el Evangelio de la gracia. Nuestro Padre sabe de qué tenemos necesidad antes de que abramos la boca. Esta verdad, lejos de desincentivar la oración, la fundamenta. La oración no es un informe técnico para actualizar la base de datos de un Dios desinformado. Afirmar eso sería negar la omnisciencia divina. Tampoco debemos ver a Dios como un adversario al que debemos convencer o "vencer" en una lucha de voluntades para obtener un beneficio.

Entonces la oración no es el medio para persuadir a Dios de que cumpla nuestros caprichos, sino el medio de gracia a través del cual nuestra voluntad es conformada a la Suya. Cuando oramos no intentamos que Dios nos entregue el control del universo por un momento; intentamos que nuestro corazón descanse en que Él ya tiene ese control. Orar, es decir: “Señor, satúrame de Tu presencia para que yo desee lo que Tú ya has decretado en Tu perfecta providencia”. Es el ejercicio de un mendigo espiritual que, sabiendo que su Padre es el Rey, pide que se haga Su voluntad, pues en esa voluntad reside nuestro mayor bien.

Oración: Dios Omnisciente y Soberano, te alabamos porque Tú conoces nuestras necesidades antes de que las articulemos. Te pedimos perdón por las veces que hemos intentado usarte como un medio para nuestros propios fines o por haber orado con labios presentes, pero corazones ausentes. Quita de nosotros toda vana repetición y religiosidad vacía. Concédenos un espíritu de verdadera adoración, donde nuestra voluntad se rinda ante la Tuya, confiando plenamente en que Tu providencia es siempre perfecta para Tus hijos. Por Cristo, nuestro tesoro eterno, Amén

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