“Perdónanos nuestras deudas” Mateo 6:12a.
La culpa por el pecado no es una neurosis imaginaria; es una fuerza real porque somos verdaderamente culpables ante un Dios Santo. Como un cáncer, la culpa corroe la vida desde adentro, y solo el perdón divino puede extirparla. En este punto surge una pregunta que todo estudiante de las doctrinas de la gracia se ha hecho: Si en Cristo mis pecados pasados, presentes y futuros han sido cancelados en la cruz y soy justificado solo por la fe, ¿por qué sigo pidiendo perdón? ¿No es esto una contradicción? La respuesta la hallamos en la distinción bíblica entre nuestra situación legal (somos hijos de Dios para siempre) y nuestra comunión familiar (nuestra relación diaria con el Padre). Jesús lo ilustró magistralmente al lavar los pies de Sus discípulos. Cuando Pedro, en su impulsividad, pidió un baño completo, Jesús le respondió con una verdad teológica profunda: “Una persona que se ha bañado solo necesita lavarse los pies. Todo su cuerpo está limpio, y ustedes están limpios por la palabra que les he hablado”.
Pies Sucios en un Mundo Caído
Al creer en el Evangelio, hemos recibido el "baño" de la regeneración; nuestra posición ante el Juez es de "No Culpable" para siempre. Sin embargo, mientras caminamos por este mundo caído, nuestros "pies" se ensucian. El pecado que aún mora en nosotros nubla nuestra visión de Dios y entristece al Espíritu Santo de la promesa con el que hemos sido sellados. Por eso, 1 Juan 1:8-9 es claro: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad”. La confesión no es para volver a ser salvos, sino para mantener la sintonía con el Espíritu y caminar en una comunión ininterrumpida con nuestro Padre. Un hijo que desobedece no deja de ser hijo, pero necesita pedir perdón para restaurar la armonía en el hogar.
Oración: Señor y Padre nuestro, nos acercamos a Ti reconociendo que, aunque nos has lavado en la fuente de la salvación, nuestros pies se han manchado con el polvo de este mundo. Te damos gracias porque nuestra seguridad no depende de nuestra perfección, sino de la sangre perfecta de Jesucristo, quien nos mantiene limpios ante Tu presencia.
Padre, confesamos hoy nuestras deudas. Traemos ante Ti esos pecados que han entristecido Tu Espíritu y han levantado muros en nuestra comunión contigo. Gracias porque eres fiel y justo para perdonarnos, no porque lo merezcamos, sino porque Cristo ya pagó nuestra deuda. Limpia nuestro corazón del cáncer de la culpa y la amargura. Permítenos caminar en la luz, disfrutando de la paz que sobrepasa todo entendimiento, sabiendo que en Cristo somos aceptados y amados. Que el gozo de Tu perdón nos impulse a vivir hoy para Tu gloria. Amén
Para tu estudio personal:
- El Catecismo de Heidelberg en la Pregunta 126 nos enseña a pedir que Dios no nos impute nuestras culpas «por la sangre de Cristo». ¿Cómo ayuda esto a entender que el perdón diario sigue descansando en el sacrificio único de la cruz y no en nuestros méritos?
- Lee Salmo 32:3-5. Describe lo que sucede físicamente y espiritualmente cuando callamos el pecado. ¿Cómo conecta esto con la idea de que la culpa es un "cáncer"?
- En la teología reformada, la Justificación es un acto de una vez y para siempre; la Santificación (y la confesión diaria) es un proceso. ¿Por qué es peligroso confundir ambas cosas?
- ¿Tu confesión diaria nace del miedo a perder la salvación o del amor de un hijo que no quiere estar distanciado de su Padre?
*** En la zona de descargas puedes obtener el Catecismo de Heidelberg.
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