Perdonados para perdonar

Publicado el 18 de abril de 2026, 2:50

Hoy abordamos la cláusula que a menudo nos estremece: «...como también nosotros perdonamos a nuestros deudores» Mateo 6:12b. ¿Acaso nuestra salvación depende de nuestra capacidad de perdonar? ¿Es el perdón de Dios un pago por nuestra misericordia?

Desde una perspectiva estrictamente bíblica, debemos entender que el orden nunca es «yo perdono para que Dios me perdone», sino «Dios me perdonó, por lo tanto, yo perdono». El perdón hacia los demás no es la causa de nuestra salvación, sino la evidencia de que hemos sido verdaderamente alcanzados por la gracia. Quien ha comprendido la magnitud de su ofensa contra un Dios infinito, y ha visto esa deuda cancelada en la cruz, no puede permanecer implacable ante las ofensas finitas de sus semejantes. Como bien se ha dicho: «quien nada ha perdonado, es porque no ha experimentado el perdón».

Jesús ilustró esto en Mateo 18 con la historia del siervo que debía diez mil talentos. En términos de aquel tiempo, esa cifra superaba el producto nacional bruto de todo el Imperio Romano; era una deuda matemáticamente imposible de pagar. Esa es nuestra situación ante la Ley de Dios. Sin embargo, el Rey, movido a misericordia, canceló la deuda por completo. El escándalo surge cuando ese mismo siervo al que se le ha perdonado tan grande deuda sale y ahoga a un compañero que le debe una suma insignificante. Cuando oramos «como también nosotros perdonamos», estamos reconociendo que el Espíritu Santo, que vive en nosotros, es un Espíritu de perdón. Dios, en Su disciplina paternal, «pondrá Su brazo tras nuestra espalda» y nos confrontará: «Te perdoné toda esa deuda infinita, ¿cómo no puedes perdonar tú esta pequeña ofensa?».

Todo perdón verdadero, tanto el que recibimos de Dios como el que extendemos a otros, fluye del mismo lugar: la expiación sacrificial de Jesucristo. No es un esfuerzo de la voluntad humana, sino la sangre de Jesús fluyendo a través de nosotros. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos —al poseer la naturaleza de su Padre— manifiestan que ya han alcanzado misericordia. El perdón hacia el prójimo es el sello de que nuestra confesión de fe es real y no una mera profesión de labios.

Oración: Padre misericordioso, nos postramos ante Ti abrumados por la magnitud de la deuda que has cancelado en la cruz de Tu Hijo. Reconocemos que nuestros diez mil talentos de pecado han sido borrados, no por nuestro esfuerzo, sino por Tu pura e inmerecida gracia. Te rogamos, Señor, que esa misma gracia que nos alcanzó fluya hoy a través de nosotros. Quita de nuestro corazón toda raíz de amargura, todo deseo de venganza y toda dureza que nos impida perdonar a quienes nos han ofendido. No permitas que seamos como el siervo ingrato, olvidando la inmensidad de Tu perdón mientras reclamamos las deudas de otros.

Danos un espíritu misericordioso que sea evidencia viva de que Tu Espíritu habita en nosotros. Que, al perdonar a nuestro prójimo, el mundo pueda ver un destello de la gloria de la cruz. Ayúdanos a vivir en la libertad del perdón, descansando en que Tú eres nuestro Juez justo y nuestro Padre amoroso también. Amén

Para tu estudio personal:

  1. En su Pregunta 126 el Catecismo dice que pedimos perdón «con el testimonio de que tenemos el firme propósito de perdonar de todo corazón a nuestro prójimo». ¿Es este "propósito" una condición de mérito o un fruto del Espíritu?
  2. ¿Cómo cambia tu perspectiva saber que perdonar es una forma de dar gracias a Dios por la salvación tan grande que te ha otorgado?
  3. Exégesis de Mateo 18:21-35: Lee la parábola completa. ¿Cuál es el destino del siervo que no perdonó? ¿Qué nos enseña esto sobre la falsa fe que no produce frutos de misericordia?
  4. ¿Hay alguien a quien te niegas a perdonar mientras sigues pidiendo que Dios ignore tus propias deudas? ¿Estás confiando en la sangre de Cristo para limpiar tu amargura?

*** En la zona de descargas puedes obtener el Catecismo de Heidelberg.

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