“No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido” Mateo 7:1-2
Hay algo profundamente liberador en reconocer que nosotros no somos el Juez. No somos nosotros quienes ocuparemos el tribunal final ni quienes emitiremos la sentencia eterna sobre el alma de nadie. Sin embargo, para entender por qué Jesús es tan enfático en este mandato, debemos mirar el contexto de todo el Sermón del Monte. El gran enemigo que Jesús está combatiendo aquí es la auto justificación. Recuerden que Él ya nos advirtió que, si nuestra justicia no supera la de los fariseos, no entraremos en el Reino. Los fariseos eran los expertos en el arte de evaluar a los demás; su religión se alimentaba de la comparación constante, un sistema donde ellos siempre salían ganando mientras despreciaban al resto.
Lucas nos da una llave maestra para entender esta actitud en su Evangelio, cuando introduce la parábola del fariseo y el recaudador de impuestos. Él dice que Jesús la contó para «unos que confiaban en sí mismos como justos y menospreciaban a los otros». Aquí está el vínculo directo con Mateo 7. El que juzga de forma pecaminosa es alguien que ha olvidado la primera Bienaventuranza: «Bienaventurados los pobres en espíritu». Un mendigo espiritual, alguien que sabe que no tiene nada que ofrecer a Dios y que depende totalmente de la gracia, simplemente no tiene la capacidad de juzgar con altivez. El mendigo no mira por encima del hombro a otro mendigo; ambos saben que su único pan proviene de la mano de un Rey misericordioso.
En la parábola, vemos al fariseo orando «consigo mismo». Es una descripción irónica y triste; su oración no subía al cielo porque estaba demasiado ocupado dándose palmaditas en la espalda, agradeciendo no ser como los demás: ladrones, malhechores o como ese recaudador que estaba al fondo. Él llevaba un registro impecable de sus ayunos y diezmos, pero su corazón era un desierto de orgullo. Por otro lado, el recaudador de impuestos ni siquiera se atrevía a mirar al cielo; se golpeaba el pecho reconociendo su bancarrota espiritual: «Dios, ten piedad de mí, que soy pecador». Jesús es claro: el segundo regresó a casa justificado, pero el primero no. El fariseo usaba el pecado ajeno como un escalón para sentirse más alto, mientras que el publicano usaba su propio pecado como un motivo para aferrarse a la misericordia divina.
El gran peligro de juzgar equivocadamente es que nos hace sentir secretamente felices ante el fracaso ajeno. Cuando alguien cae, el corazón auto justificado no siente dolor por el pecado ni urgencia por restaurar al hermano; siente un deleite oculto porque esa caída lo hace ver "mejor" en comparación. Es así como surge el chisme y la calumnia, a menudo disfrazados de "peticiones de oración". Nos deleitamos en las historias de fracaso porque dan una falsa sensación de seguridad moral. Pero hay una trampa mortal en esto: en el momento en que empiezas a mirar a tu alrededor para compararte, dejas de mirar a Jesucristo. El estándar de Dios no es que seas "mejor que tu vecino" o "menos malo que un político corrupto". Su estándar es: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mateo 5:48). Cuando nos comparamos con Dios, la comparación nos aplasta y nos lleva a la gracia; cuando nos comparamos con los demás, la comparación nos infla y nos lleva al juicio. Hoy, la invitación es a bajar la mirada de los hombres y posicionarla en el Rey, para que nuestra única oración sea la de un mendigo que encontró misericordia.
Oración: Señor Dios, te confesamos que a menudo buscamos consuelo en los errores de los demás para calmar nuestra propia conciencia. Perdónanos por el orgullo de sentirnos superiores y por deleitarnos secretamente en las caídas ajenas. Recuérdanos cada día que somos mendigos espirituales cuya única esperanza es Tu gracia soberana. Ayúdanos a quitar nuestra mirada de la comparación humana y a fijarla solo en Cristo, nuestro único estándar de justicia. Que Tu Espíritu nos dé un corazón que llore por el pecado y que busque siempre restaurar con la misma medida de gracia que hemos recibido de Ti. Amén.
Para tu estudio personal:
- Lee Lucas 18:9-14. ¿Por qué Lucas dice que el fariseo oraba "consigo mismo"? ¿cómo el centrarse en uno mismo anula la verdadera adoración a Dios?
- Vuelve a Mateo 5:3. Ser "pobre en espíritu" es el requisito previo para toda otra virtud cristiana. ¿De qué manera el orgullo de juzgar a otros es una evidencia directa de que no estamos viviendo como mendigos ante la gracia?
- Medita en Mateo 5:48. ¿En qué áreas de tu vida te has sentido "seguro" solo porque te comparas con alguien que consideras "peor" que tú?
- En 1 Corintios 13:5, se nos dice que el amor "no guarda rencor" (no lleva un catálogo de faltas). ¿Cómo el hábito de llevar un registro de los pecados de los demás alimenta el chisme y la auto justificación en tu entorno o iglesia local?
- Thomas Watson decía: "El hipócrita es un detector de pecados ajenos, pero un encubridor de los propios" ¿Cómo el juzgar injustamente nos hace culpables de calumnia y falta de amor hacia el prójimo?
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Amén. 🙏🙏🙏
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