La autoridad del Rey

Publicado el 16 de junio de 2026, 2:41

“Cuando Jesús terminó de decir estas cosas, la multitud se asombró de Su enseñanza, pues les enseñaba como quien tiene autoridad y no como sus maestros de la ley” Mateo 7:28-29

Al llegar a las últimas líneas del Sermón del Monte, la escena que presenciamos es la de una multitud completamente estupefacta. Nunca antes en la historia de Israel se había escuchado algo semejante. Quien estaba de pie frente a ellos no era un sacerdote del templo ni un erudito de Jerusalén; era un hombre de Galilea, un simple obrero, un carpintero. Sin embargo, este mismo hombre sencillo sanaba multitudes con una sola palabra y expulsaba demonios con un poder que nadie jamás había visto. Y ese día, tras sentarse en la ladera de la montaña, comenzó a enseñar con una autoridad que desarmó a los oyentes. La gente se preguntaba con asombro: «¿Quién es este? ¿De dónde obtuvo esta sabiduría y este poder milagroso?». La respuesta que el texto nos graba en el corazón es contundente: venía de Dios, porque Él es el Hijo encarnado de Dios.

La autoridad de Jesús era radicalmente diferente a la de los maestros de la ley de Su época. Los escribas y fariseos basaban sus discursos en citas de segunda mano; se pasaban horas disertando sobre lo dicho por otros hombres. Su autoridad dependía de las tradiciones humanas. Pero Jesús no cita a ningún rabino. Él simplemente se levanta y dice: «Oísteis que fue dicho a los antiguos... pero Yo os digo». El Rey hace afirmaciones absolutas una tras otra. Dice con total seguridad quién pertenece al Reino de los Cielos y quién no; promete recompensas eternas en la gloria y advierte que, si nuestra justicia no supera a la de los fariseos, jamás cruzaremos el umbral del cielo. ¿Quién puede hablar con semejante certeza sobre los secretos de la eternidad? Solo Jesús, porque posee una autoridad independiente e inmutable que proviene de Su propia deidad.

A lo largo de este sermón, Jesús actúa como el Rey que es, dictando mandatos directos que regulan desde nuestros pensamientos más íntimos hasta nuestro destino final. Incluso se atreve a dar una orden generalizada que aplasta cualquier intento de justicia propia: «Sed, pues, perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». Pero lo que resulta verdaderamente impresionante son Sus autorreferencias. Jesús declara que Sus discípulos serán perseguidos y maltratados, no por causa de una ideología, sino por causa de Él, y que su recompensa por esa fidelidad será la misma que Dios reservó para los profetas de la antigüedad. En esa sola frase, Jesús se está equiparando con el Dios Todopoderoso.

Cuando el Señor dice en el capítulo 5: «No penséis que he venido a abolir la ley», está revelando un misterio glorioso. Ninguno de nosotros puede decir que eligió venir al mundo con un propósito predeterminado; nuestro nacimiento fue un acto pasivo. Pero Jesús afirma: «Yo elegí venir al mundo para cumplir todo lo que Moisés y los profetas escribieron acerca de Mí». Y al final del sermón, se autoproclama como el Señor ante quien todas las naciones se postrarán. Él afirma que se sentará en el tribunal final y que cada uno de nosotros comparecerá ante Su trono para rendir cuentas de nuestra vida. Este mensaje no es una simple lista de buenos consejos morales; es un decreto soberano que desciende hasta las entrañas del infierno y se eleva hasta los cielos más altos. Solo el Dios encarnado pudo darnos semejante enseñanza. Hoy, al terminar de escuchar Sus palabras, la pregunta no es si estás asombrado, sino si estás rendido ante la autoridad de Tu Rey.

Oración: Señor Jesucristo, hoy nos postramos ante Ti reconociendo que Tu autoridad es absoluta y soberana sobre todo el universo y sobre nuestras vidas. Te pedimos perdón por las veces que hemos escuchado Tus mandamientos como si fueran sugerencias opcionales que podemos ignorar a nuestra conveniencia. Gracias porque Tus palabras son firmes y Tu promesa de salvación es segura debido a quién eres Tú: el Dios encarnado. Concédenos un corazón sumiso que no solo se asombre de Tu doctrina, sino que se rinda por completo a Tu señorío, viviendo cada día para agradarte en lo secreto mientras esperamos el día de comparecer ante Tu trono. Amén

Para tu estudio personal:

  1. Al concluir este estudio de todo el Sermón del Monte, haz un balance honesto de tu corazón: ¿Te ha parecido un recorrido bíblico interesante y enriquecedor, o ha producido un cambio real en tus hábitos diarios?
  2. Jesús prometió que, si buscas primero Su Reino, todas tus necesidades materiales te serán añadidas (Mateo 6:33). Sabiendo que quien hizo esa promesa es el Dios soberano con autoridad independiente, ¿por qué te sigue costando tanto soltar la ansiedad por el mañana y descansar en Tu Padre celestial?
  3. Repasa los grandes pilares de este sermón: las Bienaventuranzas, la santidad del corazón, la oración sincera, la mayordomía de los recursos, el no juzgar y el construir sobre la Roca. Elige el mandato que más te haya confrontado y comprométete a orar y trabajar en esa virtud específica. Permite que la autoridad del Rey gobierne tu vida hoy.
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