La fe que asombró al Rey

Publicado el 23 de junio de 2026, 3:05

“Entrando Jesús en Capernaúm, vino a Él un centurión, rogándole, y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado. Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré” Mateo 8:5-7

Al avanzar en el capítulo 8, Mateo nos presenta la segunda sanidad específica de Jesús, y el protagonista es alguien completamente inesperado: un centurión romano. Para comprender el impacto de esta escena, debemos recordar la profunda barrera de hostilidad que existía entre judíos y gentiles. Los judíos detestaban cordialmente a los romanos, que representaban al imperio opresor que dominaba su tierra. La tensión cultural era tan fuerte que, por regla general, un judío jamás pisaría la casa de un gentil para no quedar ceremonialmente impuro. Sin embargo, este centurión romano rompe el molde. A pesar de ser un oficial del ejército invasor, se acerca a Jesús con una humildad conmovedora. El evangelio de Lucas nos revela que este hombre amaba tanto al pueblo de Dios que incluso les había construido una sinagoga, un lugar en el que, irónicamente, a él mismo no se le permitía entrar (Lucas 7:1-10)

Imagina el riesgo que corría este militar. ¿Qué habrían pensado sus soldados o sus oficiales superiores al verlo rogar, no por un hijo o un beneficio propio, sino por la vida de un siervo, postrándose ante un carpintero de Galilea? Pero al centurión no le importó el estatus. Movido por la compasión y un profundo temor de Dios, llama a Jesús "Señor" y confiesa: «No merezco que entres bajo mi techo». En esa respuesta también resplandece la maravillosa gracia de Jesús, quien de inmediato responde: «Yo iré y le sanaré». Nuestro Salvador muestra una constante y hermosa disponibilidad para ser interrumpido, siempre que esa interrupción contribuya a que se hecha la voluntad del Padre.

Aquí es donde el relato nos regala una lección de fe madura. El centurión le dice a Jesús que no es necesario que camine hasta su casa: «Solo di una palabra y mi siervo sanará». Para explicarlo, él aplica la lógica militar al mundo espiritual invisible: «Yo mismo soy un hombre bajo autoridad, con soldados a mis órdenes. Le digo a este: “Ve”, y va; y le digo a aquel: “Ven”, y viene». El ejército romano no conquistó el mundo por tener armas secretas, sino por su disciplina férrea. Si el Emperador daba una orden en Roma, esa palabra descendía por la jerarquía hasta el último soldado en la frontera de Palestina, y se cumplía con absoluta certeza porque desobedecer significaba la muerte. El centurión entendió que Jesús poseía la misma autoridad. Él no necesitaba ver a Jesús tocando al enfermo; sabía que el Rey del universo solo tenía que emitir el decreto y la parálisis obedecería de inmediato.

Al escuchar esto, sucede algo asombroso: Jesús se maravilla. En Su naturaleza humana, el Hijo de Dios se asombra ante la magnitud de la fe de este gentil y lanza una declaración punzante: «No he hallado en Israel a nadie con una fe como esta». Sus propios súbditos, los que tenían las Escrituras y los pactos, estaban ciegos, mientras que un extranjero veía con total claridad. Jesús aprovecha el momento para dar una profecía: el cielo estará lleno de gentiles que vendrán de oriente y occidente para sentarse a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob. Pero inmediatamente después, de los mismos labios de nuestro compasivo Salvador, brota la solemne doctrina del infierno. Advierte que los hijos del reino —aquellos que confiaban en su herencia religiosa, pero rechazaron el señorío de Cristo— serán arrojados a las tinieblas exteriores, donde hay llanto y crujir de dientes. Tras esta advertencia, Jesús emite el decreto soberano: «Ve, y como creísteis, te sea hecho». Y en ese mismo instante, la parálisis abandonó al siervo. El milagro nos recuerda una gran verdad: fuimos sanados y rescatados de la muerte espiritual para ponernos en marcha y servir al Rey.

Oración: Señor Jesús, nos postramos ante Ti reconociendo que Tu sola palabra tiene autoridad absoluta sobre la enfermedad, la distancia y nuestras vidas. Te pedimos perdón por la altivez de nuestro corazón y por confiar a veces en nuestra herencia o rutina religiosa, descuidando una fe viva y dependiente. Danos la profunda humildad de este centurión, reconociendo que no merecemos que entres en nuestra casa, pero confiando plenamente en Tu poder soberano. Que nuestras vidas transformadas se pongan hoy mismo al servicio de Tu Reino. Amén

Para tu estudio personal:

  1. Al acercarte a Dios en oración, ¿lo haces sintiendo que Él te "debe" algo debido a tus años de servicio, tus ofrendas o tu buena conducta, o vienes con las manos vacías de un mendigo espiritual que confiesa no ser digno de Su gracia?
  2. Cuando enfrentas una crisis o una incertidumbre sobre tu futuro, ¿necesitas que las circunstancias cambien por completo para tener paz, o eres capaz de descansar sabiendo que el Rey tiene el control absoluto y que Su Palabra es suficiente para sostenerte?
  3. Jesús interrumpió Su marcha hacia Capernaúm para atender el ruego por un siervo paralítico. Cuando las necesidades de tu familia, de un hermano de la iglesia o de un vecino interrumpen tu agenda, tus planes de descanso o tu trabajo, ¿reaccionas con molestia y egoísmo, o manifiestas la gracia de un Salvador que siempre estuvo disponible para amar?
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