“Y he aquí vino un leproso y se postró ante Él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció” Mateo 8:2-3
Al descender de la montaña seguido por una gran multitud, la escena se interrumpe de forma dramática. Un hombre avanza en dirección contraria y la gente se aparta con horror. Es muy probable que, al notar su presencia, muchos huyeran gritando, arrojándole tierra y piedras para alejarlo. La Ley de Moisés era estricta: un leproso debía vivir aislado y gritar con amargura: «¡Impuro, impuro!», para advertir a los demás y evitar el contagio. La ciencia hoy nos permite comprender que la lepra destruye el sistema nervioso; el enfermo pierde la capacidad de sentir dolor. Aunque en nuestro egoísmo quisiéramos vivir sin dolor, este es en realidad un sistema de alerta y un regalo protector de Dios. Al no sentir, el leproso se hiere en su cotidianidad sin darse cuenta, las llagas se infectan y la carne se descompone. Incluso el nervio que ordena al párpado parpadear se apaga, provocando una ceguera progresiva.
Aquel hombre presentaba un aspecto horrible; era el epítome del marginado social y del paria religioso, incapaz de entrar al templo o de abrazar a su familia. Sin embargo, impulsado por una desesperación llena de fe, cae de rodillas ante Jesús y pronuncia unas palabras extraordinarias: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Nota la teología de este marginado: él no duda del poder del Rey. No pregunta «¿puedes?», sino «¿quieres?». Sabe con certeza que en Cristo no hay falta de poder soberano. La respuesta del Salvador es un despliegue majestuoso de gracia: «Quiero; sé limpio». Y en ese instante, el evangelista Marcos nos regala un detalle asombroso: Jesús extiende Su mano y lo toca. Para cualquier judío, este acto era inconcebible. Tocar a un leproso violaba la ley ceremonial y te convertía automáticamente en alguien impuro. Pero Jesús es diferente a todos. En lugar de que la inmundicia del hombre contaminara al Maestro, la pureza y la virtud del Rey fluyeron directamente de Él hacia el leproso. Al instante, Sus nervios fueron renovados, Su carne se regeneró y la enfermedad desapareció sin dejar rastro. Jesús reveló Su deidad no solo a través del milagro, sino al demostrar que Él está por encima de la maldición del pecado. Tras la sanidad, Jesús le ordena algo inusual: «Mira, no lo digas a nadie; sino ve, muéstrate al sacerdote, y ofrece la ofrenda que ordenó Moisés, para testimonio a ellos». Jesús, el cumplimiento de la Ley, manda al hombre a seguir las ordenanzas de Levítico.
Aunque Mateo cierra el relato ahí, Marcos nos cuenta el triste desenlace de la actitud del hombre: desobedeció. Salió y comenzó a proclamarlo con tanta libertad que Jesús ya no podía entrar abiertamente en las ciudades, sino que debía quedarse afuera, en lugares solitarios (Marcos 1:40-45). Es una paradoja trágica: el hombre que recibió la libertad física estorbó con su desobediencia el movimiento de Aquel que lo sanó. A veces nos maravilla el poder de los milagros, pero olvidamos que el Rey no solo busca admiradores de Su poder, sino súbditos que se sometan a Su voz. Cristo demostró que Su compasión rompe cualquier barrera de rechazo, pero también nos recuerda que la verdadera gratitud nunca se expresa a través de una desobediencia bienintencionada.
Oración: Señor Jesús, nos asombra Tu compasión que no teme tocar nuestra peor inmundicia. Te pedimos perdón por las veces que hemos dudado de Tu disposición a limpiarnos, y también por actuar con el espíritu independiente de este leproso, prefiriendo hacer lo que nos parece correcto antes que obedecer Tus mandatos directos. Límpianos de la lepra espiritual del pecado y danos un corazón dócil que se someta a Tu autoridad, reconociendo que Tu voluntad es siempre perfecta. Amén
Para tu estudio personal:
- Piensa en tu reacción ante el pecado en tu vida diaria (una mentira, el orgullo, el chisme): ¿Sientes el "dolor" y la tristeza que produce el Espíritu Santo para llevarte a la confesión, o te has vuelto insensible y toleras la falta sin que afecte tu cotidianidad?
- Al traer tus circunstancias ante el Señor, ¿tienes la fe para reconocer Su poder absoluto y al mismo tiempo la humildad para someterte a Su voluntad, aunque sea un no?
- El leproso no reconoció la autoridad de la voz de Jesús en Su mandato de silencio. ¿Estás saturando tu mente con las Escrituras para que, cuando el pecado o el mundo te inviten a desobedecer con "buenas excusas", puedas identificar de inmediato la voz del engaño y permanecer fiel?
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