“Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero Él dormía. Y vinieron Sus discípulos y le despertaron, diciendo: ¡Señor, sálvanos, que perecemos!” Mateo 8:24-25
¿Alguna vez has experimentado que una tormenta inesperada sacude los cimientos de tu vida y, al considerar al Señor, te da la impresión de que Él está en completo silencio... como si estuviera dormido? Los discípulos que estaban en esa barca no eran extraños para Jesús; eran hombres que habían sido llamados por Él, testigos de Su poder. Sin embargo, cuando el viento arreció, el pánico nubló su memoria. Para nosotros hoy es fácil juzgarlos desde la distancia, pero ¡con cuánta frecuencia nos encontramos gritando lo mismo!: «¡Señor, sálvame, que perezco!». En esos momentos de angustia, nuestro miedo nos hace perder por completo la perspectiva de Quién es el que va con nosotros en la barca.
Ahora consideremos otra perspectiva de este relato, uno que quizá no hayas pensado: Dios no envió a Su Hijo unigénito al mundo para morir en un accidente de barco ¿o sí? ¿Por qué Jesús estaba tan tranquilo e incluso dormido en medio de tan grande tormenta? La respuesta es una sola: el plan de la redención no iba a terminar en una tragedia en el Mar de Galilea. Si el temor de los discípulos hubiera tenido una base verdadera, todas las profecías del Antiguo Testamento habrían colapsado. Isaías se habría quedado atónito al ver que el Salvador no moriría como un sacrificio por nuestros pecados, sino ahogado. El rey David, quien escribió con tanta precisión en los Salmos que los pies y las manos del Mesías serían traspasados, habría contemplado un desenlace sin sentido. ¿Cuántas veces tú y yo nos olvidamos de lo que está escrito y permitimos que la angustia nos consuma? Jesús sabía exactamente hacia dónde se dirigía: Su destino final era la cruz del Calvario. Y porque Su vida estaba perfectamente guardada en los decretos soberanos de Su Padre, Él podía recostar Su cabeza y dormir profundamente en medio del cataclismo. Jesús estaba completamente a salvo, y, por ende, la barca también lo estaba.
Ahora, es asombroso que, al ser despertado, Él no se dirige primero al viento o a las olas. Su prioridad es tratar con el alma de Sus discípulos: «Hombres de poca fe, ¿por qué tienen tanto miedo?». La tormenta podía esperar; la incredulidad del corazón de Sus discípulos no… intencionalmente el Maestro prioriza pastorear nuestro corazón antes de cambiar nuestras circunstancias. Y entonces, con una sola palabra, el Señor reprende la creación. No hubo esfuerzo, no hubo angustia de Su parte; bastó Su voz para que una tormenta se transformara de repente en una "grande bonanza". Y esto nos recuerda que Jesús no hace las cosas a medias: Él trae una calma total, recordándonos que Su Palabra es infinitamente poderosa y suficiente para sostenernos. Si hubiéramos estado en esa barca, el milagro nos habría dejado mudos… aquellos discípulos pasaron de tener miedo a la tormenta a experimentar un temor reverente y santo. Se miraban unos a otros preguntándose: «¿Quién es este?». Descubrieron que Aquel que compartía el espacio estrecho de la barca con ellos era el Dios soberano, el único que, como dice Eclesiastés, tiene autoridad sobre el viento y sobre el día de la muerte.
Ese mismo Jesús, revestido de todo poder, caminó voluntariamente hacia la cruz. Aquel que calmó el mar con una palabra, eligió mostrarse débil y frágil, permitiendo que la ira de Dios por nuestros pecados cayera sobre Él. Sufrió en nuestro lugar el infierno para darnos una vida eterna que ninguna tormenta terrenal nos puede arrebatar. No estás a merced del azar o de los accidentes de la vida; estás en las manos de Aquel que gobierna los vientos y te compró con Su propia sangre.
Oración: Amado Señor, te pedimos perdón por las veces en que permitimos que el ruido de los problemas ahogue Tu voz en nuestro corazón. Perdónanos por dudar de Tu cuidado cuando las olas parecen cubrir nuestra barca. Gracias por Tu soberana providencia y por recordarnos que estás en control de cada detalle de nuestras vidas. Ayúdanos a descansar en Tu palabra, a cultivar un temor reverente ante Tu santidad y a recordar siempre que nuestra vida está segura en Ti. Amén.
Para tu estudio personal:
- Cuando las circunstancias de tu vida se vuelven caóticas, ¿tiendes a reaccionar con el pánico de quien se cree desamparado, o te detienes a recordar las promesas eternas que Dios te ha dado en Su Palabra?
- Examina tus últimas oraciones en tiempos de dificultad: ¿Le has estado pidiendo a Dios con más insistencia que calme los vientos a tu alrededor, o que sane la falta de fe y la ansiedad dentro de tu corazón?
- Sabiendo que Cristo entregó Su vida de manera voluntaria en la cruz para asegurarte un destino eterno de gloria, ¿cómo transforma esta verdad la manera en que experimentas las pequeñas o grandes aflicciones de tu vida?
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