¿Quién es este hombre?

Publicado el 1 de julio de 2026, 1:31

“Y entrando Él en la barca, Sus discípulos le siguieron” Mateo 8:23

En este nuevo relato de Mateo, nos enfrentamos a una verdad majestuosa: el reino natural obedece por completo a la voz de Jesucristo. El universo físico que nos rodea está totalmente sometido a Su palabra porque Él es, de hecho, Su Creador y Gobernante soberano. El Nuevo Testamento declara que en el principio era el Verbo, que el Verbo estaba con Dios y que el Verbo era Dios; por medio de Él todas las cosas fueron hechas (Juan. 1:1-3). Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito y sustentador de todo lo creado, tanto en los cielos como en la tierra. Momento a momento, Cristo sostiene cada átomo del universo físico. Los terremotos y las tormentas ocurren bajo Su soberanía absoluta. El Salmo 89 lo profetizó con claridad: «Tú dominas la violencia del mar; cuando sus olas se levantan, Tú las calmas». Esta verdad se cumple de manera literal en Jesús: Él tiene el control del mar agitado.

Justo después de desafiar a Sus oyentes con las demandas radicales del discipulado, ordenando dejar atrás las seguridades de la tierra, Jesús sube a la barca y Sus discípulos le siguieron en obediencia. Pero seguir a Cristo no es garantía de un viaje tranquilo; las dificultades acompañan siempre al verdadero cristiano. En el versículo 24, la prueba llega de forma repentina y sin previo aviso: se levantó una furiosa tormenta en el lago, de modo que las olas cubrían la barca. Por su geografía, el Mar de Galilea es propenso a tempestades súbitas, pero esta fue excepcionalmente violenta. La palabra griega que usa Mateo es seismos, el mismo término que usamos para referirnos a los terremotos. Fue, literalmente, un terremoto de agua. La tormenta era tan severa que aquellos discípulos pescadores, experimentados que conocían ese mar desde niños, estaban completamente convencidos de que iban a morir.

Mientras la barca se inundaba, Jesús dormía en la popa. Aquí contemplamos el profundo misterio de la encarnación. Antes de desplegar Su poder divino sobre el viento, Mateo nos muestra el lado más humano de Cristo. Nuestro Dios soberano ni duerme ni se fatiga, pero Jesús tenía un cuerpo real. Estaba exhausto. Sintió el cansancio, el hambre, la sed, el sudor y el desgaste físico de este mundo caído; el mismo cuerpo que más adelante sangraría y moriría en la cruz para darnos vida eterna. Al mismo tiempo, vemos la fragilidad de los discípulos, quienes, dominados por el pánico, pierden por completo la perspectiva. Lo despiertan gritando tres palabras cortas que reflejan su terror: «Señor, sálvanos, perecemos». El miedo nubla la mente y les hace dudar del amor del Maestro, llegando a sugerir que al Señor no le importaba su destino. ¡Qué gran contradicción! Nadie se ha preocupado jamás por los que perecen como Aquel que dejó Su trono de gloria para rescatarlos.

Al despertar, Jesús confronta su incredulidad con una pregunta punzante: «¿Por qué teméis, hombres de poca fe?». Nota la misericordia de Sus palabras; no los llama incrédulos, sino hombres de poca fe. Estar sin fe significa estar muerto en delitos y pecados, bajo la ira de Dios y con el registro de las culpas intacto. Pero tener una fe pequeña, aunque titubeante, significa que estás justificado; el problema es que, ante la fuerza de la tormenta, has olvidado por un instante cuán grande y poderoso es el Dios que va en tu misma barca. La reprensión de Jesús no es para destruirnos, sino para recordarnos que la seguridad del viaje nunca depende de la calma del clima, sino de la identidad de Aquel que navega a nuestro lado.

Oración: Señor Dios Soberano, te alabamos porque Tú sostienes cada molécula del universo y gobiernas sobre el mar agitado. Te pedimos perdón por las veces que el miedo nos hace perder la perspectiva y dudar de Tu cuidado perfecto en medio de nuestras tormentas. Gracias porque en Tu encarnación experimentaste nuestra fragilidad humana para compadecerte de nosotros. Fortalece nuestra poca fe, unifica nuestra mente y ayúdanos a descansar en Tu soberanía, sabiendo que no hay tormenta tan grande que pueda hundir la barca donde Tú habitas. Amén.

Para tu estudio personal:

1. Al atravesar por periodos donde parece que Dios "está dormido" o en silencio ante tus dificultades, ¿te descubres reclamándole y dudando de Su amor? ¿Recuerdas el precio que Él pagó en la cruz para demostrarte cuánto le importas?

2. Jesús confrontó a Sus discípulos como hombres de "poca fe". Al evaluar tu vida, ¿has permitido que las presiones del día a día ahoguen tu confianza en la soberanía de Dios, viviendo como un huérfano espiritual que intenta resolverlo todo en sus propias fuerzas?

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