El camino hacia nuestra mayor necesidad

Publicado el 9 de julio de 2026, 3:14

“Entonces, entrando Jesús en la barca, pasó al otro lado y vino a Su ciudad. Y sucedió que le trajeron un paralítico, tendido sobre una cama; y al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados” Mateo 9:1-2

¿Qué es lo que verdaderamente esperas encontrar cuando vienes a los pies de Jesús? Muchas veces nos acercamos a Él cargando una lista de peticiones urgentes, buscando alivio para nuestras dolencias físicas, provisión para nuestras crisis económicas o restauración para nuestras relaciones rotas. Pero en el pasaje de hoy, el Maestro nos detiene con ternura para mostrarnos el camino hacia la necesidad más profunda y urgente de todo ser humano: el perdón completo de nuestros pecados.

Al contemplar la majestad de Jesucristo, nos damos cuenta de que no hay absolutamente nada que Él no pueda hacer. Él es soberano, es poderoso y es un Rey. Pero es un Rey único en toda la historia del mundo. Si miramos hacia atrás, la historia humana está llena de relatos de un monarca tras otro. Algunos de ellos fueron totalmente insignificantes; porque no hay nada en sus reinados que valga la pena estudiar. Pasaron por este mundo sin pena ni gloria porque sus vidas se caracterizaron por el egoísmo, la comodidad o la pereza. Por otro lado, también existieron reyes humanos extraordinarios que dejaron huellas y registros de sus grandes hazañas… Hoy quiero preguntarte, al considerar a Jesucristo, el Rey del Reino de los Cielos: ¿cuál es el aspecto verdaderamente extraordinario de Su reinado? Al estudiar las hazañas del Rey de reyes y Señor de señores, descubrimos que Su gobierno se fundamenta en lo que ningún otro reino se ha fundado: justicia perfecta, poder absoluto y misericordia inmensurable para con los necesitados.

Consideremos en primer lugar Su justicia perfecta. Las primeras palabras que Jesús pronunció como adulto y están registradas en el Nuevo Testamento se las dirigió a Juan el Bautista, cuando dudaba en bautizarlo. Jesús le dijo: «Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia». Enseñándonos de este modo que Su Reino no se edifica sobre la base de la conveniencia humana, sino sobre Su amor inquebrantable por la pureza, la rectitud y la santidad de Dios. A esta justicia perfecta le acompaña un poder absoluto. ¿Existe acaso alguna obra de poder que Jesucristo no pueda realizar? Ningún obstáculo que se le presentara en Su caminar terrenal fue demasiado grande para Él. Hemos visto Su autoridad sobre la enfermedad, el sufrimiento y la muerte. Demostró autoridad total sobre las fuerzas de la naturaleza y una soberanía aplastante sobre el reino demoníaco. Él tiene poder sobre todas las cosas. Pero lo que nos conmueve profundamente es que este Rey justo y todopoderoso está revestido de una misericordia inconmensurable para con los necesitados. Jesús miraba a las multitudes con una compasión profunda… a nuestro alrededor hay más dolor y carencia de la que podemos medir, tal vez tú mismo estés cargado ahora con circunstancias que te agobian. Lo cierto es que Jesús conoce cada una de esas aflicciones y es misericordioso con todas ellas.

Sin embargo, en este pasaje, el Señor nos desafía a mirar por encima de todo esto. En este evento no se apresura a sanar las piernas del paralitico. Él va directo al alma, por ello le dice al paralítico: «Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados». Jesús sabía que el problema más grave de aquel hombre no era la inmovilidad de su cuerpo, sino la condición de su corazón ante el Dios santo. La parálisis podía acompañarlo hasta la tumba, pero el pecado no perdonado lo llevaría a la condenación eterna. A través de Su perfecta justicia, Su poder absoluto y Su tierna misericordia, el Rey soberano nos muestra que el regalo más grande que podemos recibir de Sus manos es ser vestidos con Su justicia y recibir la reconciliación por medio de Su sangre… No hay mayor bendición que escuchar al Salvador asegurándonos que nuestra deuda ha sido completamente cancelada.

Oración: Amado Señor y Rey nuestro, te alabamos por Tu justicia perfecta, Tu poder absoluto y Tu infinita misericordia. Te pedimos perdón por las veces en que nos acercamos a Ti buscando únicamente el alivio de nuestras aflicciones pasajeras, descuidando el estado de nuestra alma. Gracias por Tu compasión tierna hacia nuestros dolores físicos y emocionales, pero, sobre todo, gracias por ir a la raíz de nuestra mayor necesidad en la cruz. Concédenos descansar en la gloriosa certeza de que, por medio de Tu sangre, nuestros pecados han sido perdonados. Amén.

Para tu estudio personal:

  1. Cuando vienes a Jesús en oración, ¿lo buscas principalmente como un proveedor que resuelva tus dificultades terrenales, o te acercas con la gratitud de un pecador que ha sido rescatado del juicio eterno?
  2. El pasaje nos muestra que Jesús priorizó el perdón de los pecados antes que la sanidad física del paralítico. ¿Cómo confronta esta prioridad del Salvador la escala de valores y de urgencias con la que mides tus propios problemas cotidianos?
  3. Si el Señor decidiera no quitar de inmediato la dificultad que hoy estás enfrentando, ¿sería suficiente para tu alma saber que tus pecados ya han sido perdonados y que tu destino eterno está seguro en Sus manos?
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