“Y sucedió que le trajeron un paralítico, tendido sobre una cama; y al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados” Mateo 9:2
Al detenernos en estas palabras, cabe preguntarnos: ¿cuál es la fe que se acaba de demostrar aquí? Es, ante todo, una fe que vence los obstáculos. Cuando unimos los relatos de los Evangelios sinópticos para tener la historia completa, descubrimos que estos hombres que cargaban la camilla de su amigo paralítico se enfrentaron a una barrera humana. La multitud era tan compacta que les resultaba físicamente imposible acercarse a Jesús. ¿Qué hicieron ante este impedimento? Cualquier otra persona se habría dado por vencida, pero ellos tenían una fe genuina. Subieron al techo de la casa, quitaron las tejas y descolgaron la camilla justo enfrente del Salvador enseñándonos la marca de la fe verdadera: no se detiene ante las dificultades. No importa qué barrera ponga Satanás o el mundo delante de un corazón que por la gracia de Dios cree, los obstáculos serán superados.
Sin embargo, estos hombres no solo tuvieron que vencer una barrera física; también tuvieron que romper con un obstáculo teológico muy arraigado en la cultura judía de su época. En aquellos días, existía la firme convicción de que cualquier sufrimiento—sin importar cual—era la consecuencia de un pecado específico en la vida de la persona, por ello quien padecía una dolencia era visto como un marginado, alguien bajo el juicio divino. Esta idea errónea era tan antigua que podemos rastrearla hasta los tiempos de Job, cuando sus amigos le reclamaban diciendo: «Recapacita ahora, ¿qué inocente se ha perdido? Y ¿en dónde han sido destruidos los rectos? Como yo he visto, los que aran iniquidad y siembran injuria, la siegan». Los amigos del paralítico tuvieron que renunciar a esa falsa teología. El texto enfatiza «Cuando Jesús vio la fe de ellos». En este punto podemos apreciar dos verdades teológicas encerradas en esa sola frase. En primer lugar, Jesús, como Dios omnisciente, tenía la capacidad de percibir lo que había en sus corazones; Él vio que no solo tenían fe para una sanidad temporal, sino una fe salvadora. En segundo lugar, Jesús pudo ver su fe por lo que esa fe producía, por sus frutos visibles. Una fe verdadera y justificadora nunca es silenciosa ni permanece oculta o estéril en la vida del creyente. Como nos confronta el apóstol Santiago «¿De qué sirve, hermanos míos, si alguien dice tener fe, si no tiene obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo?». La fe, si no va acompañada de hechos que demuestren su existencia, está muerta. La fe que salva vence los obstáculos y derrota todo lo que el enemigo interpone en su camino, porque como dice la Escritura: los santos perseveran.
En esto, nuestro gran referente en las Escrituras es Abraham. Dios le dio una promesa y le mandó a mirar las estrellas, diciéndole: «Así será tu descendencia». Y Abraham creyó a Dios, pero para creer, él tuvo que encarar obstáculos humanos colosales: tuvo que aceptar el hecho de que su propio cuerpo estaba prácticamente muerto por la vejez, y que el vientre de su esposa Sara también estaba muerto. Su fe no era una emoción ciega; él vio la cruda realidad de los impedimentos, pero decidió fijar sus ojos en la soberanía, la fidelidad y el poder absoluto del Creador. Del mismo modo, todo aquel que es llamado a ser un verdadero cristiano deberá enfrentar y superar dificultades en esta tierra. Como se nos asegura en 1 de Juan: «Todo aquel que ha nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe». El camino angosto no es para los que se rinden ante la comodidad, sino para los vencedores. Como enseña Apocalipsis: La salvación eterna pertenece a aquellos cuya fe permanece firme hasta el final, venciendo cada tempestad por el poder del Salvador (Apocalipsis 21:6-7)
Oración: Señor Dios y Padre nuestro, te alabamos porque Tu fidelidad es más alta que cualquier obstáculo que podamos enfrentar en este mundo. Te pedimos perdón por las veces en que permitimos que las opiniones humanas, los falsos razonamientos o las barreras de las circunstancias debiliten nuestra confianza en Ti. Concédenos una fe viva y verdadera, una fe que no se quede en meras palabras, sino que se manifieste en una obediencia resuelta y visible. Gracias porque en Cristo nos has hecho más que vencedores. Sostén nuestras vidas firmes sobre la Roca, para que permanezcamos fieles hasta el día en que heredemos Tus promesas eternas. Amén.
Para tu estudio personal:
- Cuando vienes a Jesús en oración, ¿lo buscas principalmente como un proveedor que resuelva tus dificultades terrenales, o te acercas con la gratitud de un pecador que ha sido rescatado del juicio eterno?
- El pasaje nos muestra que Jesús priorizó el perdón de los pecados antes que la sanidad física del paralítico. ¿Cómo confronta esta prioridad del Salvador la escala de valores y de urgencias con la que mides tus propios problemas cotidianos?
- Si el Señor decidiera no quitar de inmediato la dificultad que hoy estás enfrentando, ¿sería suficiente para tu alma saber que tus pecados ya han sido perdonados y que tu destino eterno está seguro en Sus manos?
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