La voz del juez en el tribunal

Publicado el 14 de julio de 2026, 2:46

“… y al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados” Mateo 9:2b

Imagina por un momento que te acusan de un delito grave. El peso de la culpa y la incertidumbre te abruman. Mientras te conducen al tribunal para comparecer, un desconocido de repente grita: «¡Ánimo, estás absuelto, puedes irte a casa!». ¿Sentirías alegría al escuchar sus palabras? ¿Te volvería la paz al cuerpo? Lo más probable es que no. Porque considerarías la fuente; al fin y al cabo, es solo una persona común que no posee ninguna autoridad legal para dictar esa sentencia. Sus palabras por tanto, son vacías. Pero supongamos que una o dos horas después, tras escuchar los cargos y examinar las evidencias, el juez principal te mira fijamente a los ojos desde el estrado y dice con firmeza: «Ánimo, estás absuelto». Acto seguido, el mazo cae sobre la mesa y el caso queda archivado para siempre. ¿Cómo te sentirías entonces? Todo cambia, ¿verdad? Tu corazón descansaría porque es el juez legítimo quien ha hablado, y su absolución es ley. Ya puedes marcharte a casa en libertad.

Vale la pena que nos detengamos a meditar en esto: ¿Quién fue el que pronunció estas palabras en aquella casa de Capernaúm? No fue un maestro más, ni un simple profeta bienintencionado. Quien habló fue Jesucristo, el Juez soberano de toda la Tierra. Las Escrituras en el Evangelio de Juan nos recuerdan una verdad que debe estremecer el alma: «el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado todo el juicio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre». Todo juicio en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra ha sido puesto en las manos de Jesús. Él será quien se siente a examinar cada detalle, cada pensamiento y cada omisión que el riguroso libro de las obras registre sobre nuestras vidas. Muchos en el mundo viven con una tranquilidad falsa al pensar en el juicio final. Se consuelan a sí mismos comparándose con los demás, bajo la premisa de que no son tan malos como otros; argumentan que no son adúlteros, ladrones ni asesinos. Pero la Ley de Dios es perfecta y no se mide con parámetros humanos. Tal vez no hayas cometido un homicidio físico, pero Jesús nuestro juez ya interpretó este mandamiento correctamente para nosotros en el Sermón del Monte, según Su dicho si te has enojado o has guardado rencor contra tu prójimo, ya has quedado expuesto al fuego del infierno. Jesús no vino a abrogar la Ley de Moisés; vino a cumplirla y a mostrar su demandante pulcritud. Él mismo es el Juez que aplicará esa santa norma en el día final. Por eso, Su opinión no solo importa, sino que es la única que determinará tu destino eterno. Si ese Juez te mira hoy y te dice: «Ten ánimo, tus pecados te son perdonados», esa declaración es lo más trascendente que te puede ocurrirnos en esta vida y en la eternidad. Eso fue lo que transformó el destino de aquel paralítico.

Reflexionemos ahora en el trasfondo legal de esa afirmación. Un juez justo no puede dejar el pecado sin castigo. Como Jesús es un Juez santo y perfectamente justo, cuando le dijo al paralítico: «Tus pecados te son perdonados», no estaba haciendo la vista gorda ante sus rebeliones. Lo que estaba garantizando es que la sangre necesaria para expiar esos pecados con toda seguridad sería derramada en su favor. Estaba anunciando que la pena de muerte que el pecador merecía sería pagada por un Sustituto.

Oración: Señor Dios, Juez Justo y soberano de toda la creación, nos acercamos a Ti reconociendo que nuestras propias obras jamás podrían sostenernos ante el tribunal de Tu santidad. Te pedimos perdón por las veces en que nos comparamos con otros para apaciguar nuestra conciencia, olvidando la rectitud de Tu Ley. Te alabamos, amado Salvador, porque de Tus labios hemos escuchado la maravillosa sentencia de absolución. Gracias porque pagaste nuestra condena con Tu propia sangre en la cruz del Calvario. Permítenos vivir cada día maravillados por Tu gracia, descansando en que Tu mazo ya cayó a nuestro favor y que nuestra alma está segura en Ti. Amén.

Para tu estudio personal:

  1. Y tú, ¿has experimentado la profunda paz de saber que el Juez de toda la tierra ya te ha declarado absuelto por la fe en Su sangre, o aferrado a la falsa seguridad de presentarte al Juicio final basándote en tu propia conducta?
  2. Si los malos pensamientos nos exponen al infierno tanto como los pecados visibles ¿Cómo confronta esta verdad la manera en que cuidas tus motivaciones internas y tu corazón en las áreas que nadie más ve?
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