“Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?” Mateo 9:4
Aquellas palabras de gracia, cargadas de un valor infinito para el paralítico, fueron escuchadas por algunos maestros de la ley que presenciaban la escena en aquella habitación llena de gente. Inmediatamente, la incredulidad inundó sus pensamientos y concluyeron para sus adentros: «Este hombre está blasfemando» porque ellos entendieron perfectamente lo que Jesús estaba haciendo: estaba garantizando un indulto que solo el Creador soberano tiene el derecho absoluto de otorgar. Ellos tenían toda la razón en su concepto doctrinal. Sin embargo, su ceguera espiritual no les permitió ver la conclusión lógica que estaba tocando las puertas de sus corazones: si solo Dios puede hacer una declaración así, y el hombre que está frente a ellos la está pronunciando con autoridad, entonces Jesús es Dios manifestado en carne. Pero, en lugar de caer de rodillas y adorarle, prefirieron catalogarlo como un blasfemo.
Jesús, al conocer los pensamientos más íntimos, los confrontó directamente: «¿Por qué albergan malos pensamientos en sus corazones? ¿Qué es más fácil decir: “Tus pecados te son perdonados” o “Levántate y anda”?». Desde una perspectiva puramente humana, ambas cosas eran imposibles. Pero decir «tus pecados te son perdonados» es aparentemente más fácil porque nadie puede ver de forma física si tal cosa aconteció. En cambio, decir «levántate y anda» requiere una demostración de poder física, visible e inmediata que todos los presentes puedan constatar en ese mismo instante. Entonces, para demostrar de manera irrefutable que Su autoridad para perdonar era real, Jesús se volvió al paralítico y le ordenó: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa». Y ante el asombro de todos, el hombre se levantó, tomó su cama y regresó a su hogar sanado y justificado. El milagro físico autenticó la absolución espiritual del alma.
Ahora, hay un detalle profundo en este relato que no podemos pasar por alto. Durante toda la conversación tensa con los maestros de la ley, el paralítico ha permanecido acostado en el suelo; su condición física no ha cambiado en absoluto durante esos minutos, pero su condición espiritual ya es radicalmente diferente. En ese instante, él ya está salvado. Si él muriera en ese preciso momento, su destino eterno sería el Cielo y no el infierno. ¿Podía el hombre sentir físicamente la diferencia en su alma mientras seguía inmóvil? No, no podía sentirla, pero por fe sabía que ya había ocurrido: sus pecados fueron borrados simplemente por las palabras de Jesús. Pero para que sea evidente ante los ojos de los incrédulos que la obra interna ya se había completado, Jesús le habla y le dice: «Levántate y anda». En el momento en que lo ordena, sin importar cuál fuera la enfermedad que ocasionaba la parálisis, el cuerpo es sanado instantáneamente.
¿Qué tipo de aplicaciones prácticas podemos darle a esta verdad en nuestra vida diaria? En primer lugar, alegrémonos profundamente de que Jesús no ha cambiado en absoluto. En segundo lugar, descansemos en el perdón completo de nuestros pecados. Piensa por un momento en las cargas que hoy pesan sobre ti: tus problemas de salud, tus dificultades financieras o las relaciones familiares rotas. Todas estas aflicciones, por grandes que parezcan hoy, son pequeñas y pasajeras comparadas con la necesidad de ser perdonado por Dios. Cuando aprendes a establecer la jerarquía de tus necesidades correctamente, y sabes por fe que tus pecados ya han sido perdonados por medio del sacrificio de Jesucristo, entonces tu corazón puede cantar: «está bien con mi alma», sin importar cuales sean tus circunstancias temporales. Por tanto, no pierdas de vista el orden correcto: primero, el perdón de tus pecados; segundo, todas estas otras cosas temporales te serán añadidas según Su perfecta voluntad.
Y finalmente, en esta historia nos podemos encontrar de dos maneras muy hermosas: puedes verte reflejado como el paralítico necesitado que fue perdonado por pura gracia, o puedes ser como uno de los amigos que carga la camilla de aquel al que le urge ser perdonado. En nuestra vida cristiana, deberíamos ser capaces de vernos en ambas instancias: primero viniendo al Salvador en nuestra total bancarrota espiritual, y luego, conmovidos por Su misericordia, convirtiéndonos en aquellos que cargan las camillas de los perdidos a través de la oración y la proclamación del Evangelio.
Oración: Amado Señor y Salvador, te alabamos porque Tu poder y Tu gracia permanecen inmutables a través del tiempo. Te pedimos perdón por las veces en que desordenamos nuestras prioridades y nos preocupamos más por el alivio de nuestras aflicciones físicas o económicas que por la santidad de nuestra alma. Gracias por escudriñar nuestros pensamientos y por otorgarnos el regalo inmerecido de la salvación a través de Tu Palabra. Concédenos una fe resuelta que venza los obstáculos y utilízanos como instrumentos de Tu gracia para llevar a otros a Tus pies, sabiendo que contigo todo está bien en nuestra alma. Amén.
Para tu estudio personal:
- ¿Cómo te confronta saber que el Juez de toda la tierra ve con total claridad las intenciones y razonamientos más secretos de tu corazón el día de hoy?
- El paralítico fue justificado y salvado minutos antes de poder levantarse de su camilla. ¿Está tu paz diaria cimentada en la certeza invisible de tu perdón por la fe, o dependes de ver milagros o circunstancias favorables para creer en el amor de Dios?
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