«Y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y tocó el borde de Su manto; porque decía dentro de sí: Si tocare solamente Su manto, seré salva» Mateo 9:20-21
El Evangelio de Marcos nos ofrece una ventana mucho más detallada a esta escena. Nos cuenta que una gran multitud rodeaba y apretaba a Jesús. Y en medio de ese mar de gente, se encontraba una mujer. Llevaba doce años sufriendo de hemorragias constantes. Había padecido muchísimo bajo el cuidado de diversos médicos. Gastó todo el dinero que tenía buscando una cura. Pero en lugar de mejorar, su salud empeoraba cada día.
Intentemos ponernos en sus zapatos por un momento. Si se trataba de un sangrado crónico, los tratamientos de la época debieron ser sumamente humillantes y degradantes. Ella lo había perdido todo: su dinero, su salud y su dignidad. No le quedaba nada. Su única esperanza era Jesús. Pero su drama no era solo físico. También cargaba con un pesado aislamiento espiritual. Según el libro de Levítico, una mujer con esta condición era considerada ceremonialmente impura. Mientras durara el sangrado, ella no podía entrar a la sinagoga ni al templo. Peor aún, cualquier persona que ella tocara también quedaba impura. Era como una sombra andante.
Esta impureza ritual nos refleja una realidad mucho más profunda: nuestra propia condición espiritual ante Dios. El profeta Isaías lo describe con palabras que sacuden el orgullo: «todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia» (Isaías 64:6) Curiosamente, la palabra que usa Isaías se refiere precisamente a los paños que se usaban para contener las pérdidas de sangre. Así de cruda es nuestra realidad. A veces nos presentamos ante Dios pensando que nuestras “buenas obras” nos van a salvar. Pero aparte de Jesucristo, Dios solo ve trapos sucios. Sobre esa base, ninguno de nosotros tiene esperanza.
Sin embargo, esta mujer poseía una fe inquebrantable. Ella se negó a dejarse vencer por las circunstancias. Se abrió paso entre la multitud a empujones. No le importó romper las reglas ni contaminar ritualmente a los demás. Su único propósito era alcanzar el borde del manto del Maestro. Ella había trazado una estrategia perfecta: ser sanada de forma anónima, recibir el milagro en secreto y marcharse sin pasar vergüenza. Pero Jesús no lo iba a permitir. Ya vimos con el centurión que Jesús puede sanar a la distancia con una sola palabra. Pero Él no quiere ser solamente una máquina de milagros; Él busca la interacción. Él anhela el contacto con nosotros. El relato nos dice que en cuanto ella tocó el manto, la hemorragia se detuvo. Pero Jesús se detuvo en seco y preguntó: «¿Quién me tocó?». Pedro, extrañado, le respondió: «Señor, toda la multitud te aprieta y te empuja». Pero Jesús insistió: «Alguien me ha tocado, porque sentí que salió poder de mí». Al verse descubierta, la mujer comprendió que no podía escabullirse. Regresó temblando de miedo, se postró a Sus pies y, delante de toda la multitud, confesó toda su verdad.
¿Qué hizo Jesús? No la reprendió por haberlo tocado siendo impura. Al contrario, la miró con compasión y le dijo: «Hija, tu fe te ha sanado. Vete en paz». ¿No es esto maravilloso? Jesús se compadece profundamente con nuestras debilidades. Él no quería que ella se fuera a casa solo con un cuerpo sano; quería que se fuera con una relación restaurada. Escucha esto... Jesús no quiere ser una teoría abstracta en tu vida hoy. Él no busca que solo conozcas datos sobre Él, Él anhela una relación personal, íntima y diaria contigo. Porque al final del tiempo, cualquier cosa que no sea una relación viva con el Salvador, no es salvación.
Oración: Amado Señor Jesús, hoy nos acercamos a Ti reconociendo que, apartados de Tu gracia, estamos completamente perdidos y llenos de impureza. Te pedimos perdón por las veces en que intentamos presentarnos ante Ti basados en nuestras propias obras de justicia, olvidando que son como trapos sucios. Gracias por Tu paciencia infinita. Gracias porque no te escondes de nuestra necesidad ni te asustas de nuestra contaminación, sino que de Ti sale poder que nos limpia y nos restaura. Rompe hoy nuestro deseo de buscarte solo por conveniencia, oh Señor que podamos tener hambre y sed de una relación real y profunda contigo. Amén
Para tu estudio personal:
- La mujer del pasaje gastó todo lo que tenía en soluciones humanas antes de correr a Jesús. En tu propia vida hoy, ¿estás agotando tus fuerzas, tus finanzas o tus contactos para resolver un problema, en lugar de postrarte primero a los pies del Salvador?
- Jesús interrumpió su camino para buscar una relación personal con la mujer, en lugar de dejarla ir solo con el milagro físico. Al evaluar tu vida de oración diaria, ¿estás buscando a Jesús únicamente por lo que Sus manos te pueden dar, o anhelas verdaderamente conocer Su corazón y escuchar Su voz?
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Amén 🙏🏼