“Pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos, dando voces y diciendo: ¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David! Y llegado a la casa, vinieron a Él los ciegos; y Jesús les dijo: ¿Creéis que puedo hacer esto? Ellos dijeron: Sí, Señor. Entonces les tocó los ojos, diciendo: Conforme a vuestra fe os sea hecho. Y los ojos de ellos fueron abiertos...” Mateo 9:27-30ª
Imagina por un momento la escena: dos hombres que caminan en la total oscuridad, tropezando en el camino, guiándose el uno al otro en medio del bullicio de la multitud. Van siguiendo un sonido, una esperanza lejana. Están buscando desesperadamente a Jesús. A pesar de los obstáculos y de la demora, ellos no se rinden; persiguen al Maestro mientras claman a gran voz: «¡Ten misericordia de nosotros!».
¿Te has detenido a pensar en lo que realmente significa pedir misericordia? A veces confundimos los términos. La gracia significa no recibir la ira y juicio que merecemos de Dios. Pero la misericordia, significa recibir de Dios aquello que no merecemos. Estos dos hombres se acercaron a Jesús con una comprensión correcta del gran valor del Salvador, pero también con una comprensión muy clara de su propia indignidad. Esa es, precisamente, la actitud de corazón que el Señor siempre honra. Jesucristo es el hombre más misericordioso que jamás pisó la Tierra. Él extendió Su mano a los enfermos, devolvió la vista a los ciegos y transformó la vida de los marginados, abrazando a los solitarios y recordándoles que eran amados. Y lo hermoso de estos mendigos es que ellos jamás habían visto un milagro de Jesús. Toda la información que tenían de Él les había llegado a través del oído.
Esto nos representa perfectamente a nosotros hoy. ¿Has visto tú alguna vez a Jesús físicamente? ¿Lo has visto sanar de manera visible? No. Tú y yo lo estamos escuchando a través de Su Palabra. La pregunta para nuestro corazón es: ¿creemos de la misma manera que creyeron estos ciegos? Sucede que, a veces, Dios pone a prueba nuestra fe. Mientras estos hombres gritaban en el camino, Jesús siguió caminando en silencio. Entró en la casa sin decir una palabra. ¿Acaso fue frío o indiferente? ¡Para nada! Él deseaba probar la constancia de su fe y llevarlos a dar testimonio. Al tenerlos frente a Él, les hizo una pregunta crucial: «¿Creéis que puedo hacer esto?». Ellos respondieron con un sincero: «Sí, Señor». Jesús les dijo: «Conforme a vuestra fe os sea hecho». Es vital entender esto: la fe no crea una realidad ni obliga a Dios a hacer algo que Él no quería hacer. Por la fe, simplemente recibimos lo que Su gracia ya está obrando. Alguien describió la fe como un balde vacío que se vierte en la fuente divina; el balde no produce el agua, pero es el instrumento indispensable para extraer el agua de vida de los pozos de la salvación. La fe es la bolsa que, estando vacía, se enriquece con el tesoro que recibe. La fe conecta nuestra total escasez con la absoluta plenitud de Dios,
Sin embargo, la historia nos deja una advertencia muy seria. Estos hombres tuvieron fe para recibir la sanación, pero lamentablemente les faltó fe para mantener su obediencia. Jesús les encargó rigurosamente que no se lo contaran a nadie. Pero ellos salieron y divulgaron Su fama por toda la región. Es curioso, a veces nos resulta más fácil confiar en Dios para nuestra salvación eterna que obedecerle en los detalles cotidianos del día a día. Nos cuesta aceptar Sus mandatos cuando no los entendemos. Oh amada Iglesia, que nuestra fe hoy no se quede solo en buscar Sus milagros, sino en aprender a caminar en una diaria y fiel obediencia.
Oración: Señor Jesús, hoy reconocemos que somos como esos mendigos del camino, necesitados de Tu constante misericordia. Gracias porque nuestra fe no se basa en lo que vemos, sino en la certeza de Tu Palabra. Te pedimos perdón por las áreas de nuestra vida donde nos cuesta obedecerte y donde pretendemos cuestionar Tus instrucciones. Ayúdanos a recordar que la fe es el lazo que une nuestra debilidad con Tu poder, y concédenos un corazón humilde que se rinda a Tu voluntad cada día. Amén.
Para tu estudio personal:
- ¿Te encuentras hoy en un periodo de silencio donde parece que Dios no responde a tus clamores? ¿Cómo puedes ejercitar una fe persistente, como la de los ciegos, mientras esperas en Él?
- Examina tu caminar diario: ¿Te resulta más fácil confiar en Jesús para tu salvación que obedecerle en las decisiones pequeñas y cotidianas de tu vida?
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