“Mientras salían ellos, he aquí, le trajeron un mudo, endemoniado. Y echado fuera el demonio, el mudo habló; y la gente se maravillaba, y decía: Nunca se ha visto cosa semejante en Israel. Pero los fariseos decían: Por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios.” Mateo 9:32-34
Imagina por un momento la profunda tragedia de este hombre. El enemigo había tomado un control tan destructivo sobre su vida que le robó por completo la capacidad de comunicarse. Piensa en el dolor de ser incapaz de hablar con un ser querido, con un hijo o con un padre. Imagina la frustración de no poder orar en voz alta ni cantar canciones de alabanza. Estaba sumido en un absoluto y desolador silencio. Juan Crisóstomo observó algo muy profundo sobre este pasaje: la aflicción de este hombre no era una enfermedad natural, sino la obra directa de un espíritu maligno. Y por esa misma razón, al ver su condición, Jesús no le exige fe al mudo. No lo interroga, ni le hace preguntas difíciles. Simplemente, movido a misericordia, actúa de inmediato.
Este hombre representa al mendigo espiritual en su máxima expresión: completamente desamparado, sin esperanza propia y sin Dios en el mundo. Pero es justamente esa condición de total vulnerabilidad la que lo convierte en el candidato perfecto para la misericordia divina. Con una sola palabra de autoridad de Cristo, el demonio tiene que huir, y la boca que antes estaba sellada por el enemigo, de pronto se abre para hablar. Ahora bien, aquí la historia toma un giro muy interesante que nos confronta a todos. ¿Qué fue lo primero que dijo este hombre al ser liberado? El texto bíblico no nos lo revela. Lo que sí sabemos es que el poder del enemigo sobre su lengua se rompió en un segundo, pero el poder del corazón sobre la lengua es algo mucho más profundo. Como bien nos enseña la Escritura, de la abundancia del corazón habla la boca. Jesús rompió las cadenas espirituales que lo ataban, pero lo que el hombre decidió hacer con su nueva voz dependía de lo que había en su interior. Quién sabe si, días más tarde, esa misma lengua liberada se usó para el chisme, la queja o la crítica; o si, por el contrario, se dedicó a proclamar la gloria de Dios. ¡Cuánto deseo que haya sido esto último!
El apóstol Santiago nos deja una advertencia muy seria en su carta al recordarnos que la lengua es un miembro pequeño, pero indomable. Nos dice que el ser humano ha logrado domesticar toda clase de animales y criaturas de la tierra, pero nadie puede domar la lengua por sus propias fuerzas. Con frecuencia la descuidamos, olvidando que es un termómetro exacto de nuestra salud espiritual. Iglesia, tú y yo quizás no tengamos un demonio atando nuestras cuerdas vocales hoy, pero sí tenemos un corazón que gobierna cada palabra que sale de nuestra boca. Las palabras que pronuncias en lo secreto, la forma en que te diriges a los tuyos y lo que expresas en los momentos de frustración, revelan la verdadera condición de tu alma. El Señor nos advirtió con claridad que el uso de nuestra boca dará evidencia de nuestro destino eterno. Cada palabra queda registrada ante Aquel que nos dio la voz. ¿Qué está revelando tu lengua acerca de tu corazón en esta mañana?
Oración: Señor Jesús, hoy venimos ante Ti reconociendo que muchas veces hemos fallado con nuestras palabras. Te pedimos perdón por las veces en que nuestra lengua ha reflejado orgullo, queja o desamor, en lugar de Tu gracia. Te rogamos que limpies nuestro corazón, porque sabemos que de él brota todo lo que decimos. Toma el control de nuestra boca hoy; que nuestras palabras edifiquen a quienes nos rodean y sean un reflejo fiel de un corazón que ha sido verdaderamente transformado por Ti. Amén.
Para tu estudio personal:
- Detente a evaluar tus conversaciones de los últimos días. ¿Tus palabras tienden a construir y dar gracia a quienes te escuchan, o reflejan un corazón lleno de frustración o crítica?
- Si tus palabras diarias fueran la única evidencia para evaluar tu fe, ¿qué dirían ellas sobre tu relación real con Jesucristo?
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Amén 🙏🙏🙏
Amén, ayúdanos señor 🙏🏼