Frente a la misma evidencia

Publicado el 7 de agosto de 2026, 3:08

“Y echado fuera el demonio, el mudo habló; y la gente se maravillaba, y decía: Nunca se ha visto cosa semejante en Israel. Pero los fariseos decían: Por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios” Mateo 9:33-34

El pasaje de hoy nos coloca frente a una realidad impresionante. Una misma audiencia presenció exactamente el mismo milagro, pero reaccionó de formas completamente opuestas. Por un lado, vemos a un grupo de personas asombradas y con el corazón abierto. Ellos exclamaron: «Nunca se ha visto algo así en Israel». En su mente repasaron la historia de grandes hombres de Dios como Moisés, Elías, Eliseo o Daniel, y entendieron que ninguno de ellos había hecho algo semejante. Era un acontecimiento inédito que los inclinaba a creer en Jesús.

Pero, por otro lado, estaban los fariseos. Hombres religiosos cuyos corazones se llenaron de enojo, celos y oposición. Les ofendía la independencia de Cristo, les dolía Sus reprensiones y su propio orgullo los cegaba ante el ejemplo de santidad del Maestro. Su rechazo fue tan radical que prefirieron atribuirle el poder del diablo antes que rendirse a Su verdad. Esta división no es un hecho aislado. En cada lugar donde Jesús predicaba, la Palabra generaba una separación inevitable entre quienes creen y los que no. El mismo Señor lo advirtió con palabras muy confrontadoras al decirnos que Él no vino a traer una paz superficial a la tierra, sino división; una división que a veces corta incluso los lazos familiares íntimos. El Evangelio de Juan nos repite una y otra vez esta misma verdad: «Los judíos estaban divididos de nuevo». Mientras algunos acusaban a Jesús de estar loco o poseído, otros razonaban con sensatez: «Estas no son palabras de un hombre poseído. ¿Acaso un demonio puede abrir los ojos de los ciegos?». Esta misma división que vemos en los Evangelios se reflejará en el Día del Juicio final. La Escritura nos habla de la separación entre el trigo y la paja, los peces buenos y los malos, las ovejas y las cabras. Frente a Cristo, la humanidad siempre queda dividida en dos categorías: creyentes e incrédulos.

¿Qué enseñanza podemos extraer de este relato? En primer lugar, contemplamos el asombroso e indiscutible poder de Jesucristo. Él es el Creador que sana y restaura. Por eso, hoy quiero preguntarte: cuando tú miras a Jesús, ¿qué es lo que ves? ¿Ves solo a un maestro moral, un mito lejano o a un gran líder espiritual? La Biblia nos advierte que el enemigo de nuestras almas ha cegado los ojos de este mundo para que las personas no puedan ver la luz del Evangelio (2 Corintios 4:4). La verdadera conversión ocurre únicamente cuando Dios, en Su soberana gracia, hace brillar Su luz en medio de nuestras tinieblas. Es en ese instante cuando nuestros ojos espirituales son abiertos para reconocer la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo. ¿Lo puedes ver hoy? ¿Ves al Salvador entregando Su vida en la cruz por ti, derramando Su sangre para darte vida eterna? ¿Lo ves resucitado, mostrando Sus manos y Su costado, invitándote a creer? Si realmente lo ves, la siguiente pregunta es: ¿Qué dice tu boca? Romanos nos dice con claridad que, si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. No te quedes hoy en la indiferencia ni en la religiosidad; rinde tu corazón ante Aquel que tiene todo el poder para salvarte.

Oración: Señor Jesús, hoy reconocemos Tu asombroso poder y Tu soberanía. Te damos gracias porque un día quitaste la ceguera de nuestros ojos y nos permitiste ver Tu gracia en la cruz. Te pedimos perdón por las veces en que nuestro propio orgullo nos ha hecho resistirnos a Tus verdades. Oramos por aquellos que hoy se encuentran confundidos o endurecidos frente a Tu Palabra; haz brillar Tu luz en sus corazones. Permítenos vivir cada día con una fe firme, confesando con valentía que Tú eres nuestro único Señor y Salvador. Amén.

Para tu estudio personal:

  1. Al examinar tu entorno y tu propia vida, ¿has experimentado la división o el costo social que a veces implica seguir fielmente a Jesucristo? ¿Cómo puedes mantenerte firme en el amor de Dios?
  2. La Escritura conecta creer con el corazón y confesar con la boca. ¿Reflejan tus palabras diarias una confesión genuina de que Jesús es el dueño absoluto de tu vida?
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