«Sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas. Y guardaos de los hombres». Mateo 10:16b-17a
Prudentes como serpientes y sencillos como palomas… La prudencia no significa cobardía. Significa reconocer que vivimos en un mundo hostil al Evangelio y que debemos actuar con sabiduría. Los primeros cristianos aprendieron esto muy bien. Durante períodos de persecución, tuvieron que ser cuidadosos con lo que decían y con las personas en quienes confiaban. La conocida tradición del símbolo del pez, utilizado como una forma discreta de identificarse entre creyentes, ilustra precisamente esa necesidad de prudencia. No buscaban provocar innecesariamente a sus perseguidores; buscaban ser fieles a Cristo y, cuando fuera posible, preservar su vida para seguir proclamando el Evangelio. Pero Jesús también dice que debemos ser «sencillos como palomas». Es decir, nuestra prudencia jamás debe convertirse en astucia pecaminosa. No somos llamados a ser revolucionarios violentos, conspiradores ni personas que utilizan cualquier medio para alcanzar un fin religioso. Somos llamados a vivir vidas limpias, honestas y pacíficas delante de Dios y de los hombres.
Jesús continúa diciendo: «Cuando los arresten, no se preocupen por qué decir ni cómo decirlo. En ese momento se les dará qué decir, porque no serán ustedes quienes hablen, sino el Espíritu de su Padre quien hable por medio de ustedes». Muchos han encontrado en este pasaje una justificación a su negligencia en el estudio bíblico. Jesús está hablando de otra situación. Está hablando del momento en que un creyente es arrestado por causa de Cristo, llevado ante las autoridades y colocado en una situación en la que su propia vida puede estar en juego. Tal vez este creyente nunca se había sentido capaz de explicar el Evangelio con claridad. Pero ahora está delante de un tribunal y tiene que dar testimonio de Jesucristo. ¿Podrá hacerlo? Jesús dice: «No tengan miedo». Cuando llegue ese momento, el Espíritu Santo estará con ustedes y les dará las palabras necesarias. A lo largo de la historia de la Iglesia hemos visto testimonios extraordinarios de hombres y mujeres que, en momentos de persecución, demostraron una valentía que difícilmente podríamos explicar solamente por su temperamento natural. No significa que fueran personas extraordinarias en sí mismas. Significa que Dios sostuvo a personas débiles en momentos extraordinariamente difíciles. Y tenemos un ejemplo particularmente poderoso en el apóstol Pablo. Jesús había dicho que Sus discípulos serían llevados ante gobernadores y reyes «como testigos». Y eso es exactamente lo que ocurrió con Pablo. Después de su conversión, el Señor le dijo a Ananías: «Este hombre es mi instrumento escogido para llevar mi nombre ante los gentiles, sus reyes y el pueblo de Israel». Pablo no solamente iba a predicar en las calles y en las sinagogas. Llegaría el día en que tendría que presentarse delante de los gobernantes del mundo.
Finalmente llegó a Roma. Y Pablo sabía que su vida estaba llegando a su fin. Sin embargo, ¿qué pidió a los creyentes que hicieran por él? No pidió principalmente que oraran para que escapara de la prisión. En Efesios 6 les pidió que oraran para que pudiera proclamar el Evangelio con valentía. Qué interesante. Pablo sabía que podía sentir miedo. Y eso debería animarnos, porque a veces pensamos que los grandes hombres de Dios nunca sintieron temor. Pero Pablo sí lo sintió. Más adelante, en 2 Timoteo 4, cuando está cerca del final de su vida, Pablo recuerda su primera defensa y dice: «En mi primera defensa nadie me apoyó, sino que todos me abandonaron... Pero el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas, para que por medio de mí el mensaje fuera proclamado plenamente». El Señor estuvo al lado de Pablo… No significa que no sufrió o que finalmente escapara de la muerte. De hecho, él mismo dice: «He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe». El Señor estuvo junto a él y le dio fuerzas para que el Evangelio fuera proclamado. Y quizá eso es exactamente lo que necesitamos pedir. Tal vez nunca seremos llevados ante un tribunal por causa de nuestra fe. Pero si tendremos nuestros pequeños «tribunales». Ese compañero de trabajo con quien nunca nos atrevemos a hablar de Cristo. Ese familiar al que evitamos mencionar nuestra fe porque tememos su reacción. Ese vecino con quien llevamos años hablando de cualquier cosa menos del Evangelio. Quizá no necesitamos pedirle a Dios que nos convierta en grandes predicadores. Podemos comenzar con algo mucho más sencillo: «Señor quédate a mi lado y dame fuerzas». Dame prudencia para saber cómo hacerlo y sencillez para hacerlo con un corazón limpio. Porque la promesa sigue siendo verdadera: el Señor está con Sus mensajeros. Somos enviados como ovejas entre lobos, pero nuestro Pastor camina con nosotros. Oración: Señor Jesús, reconocemos que muchas veces nos falta valor para hablar de Ti. Tenemos miedo de lo que otros puedan pensar, decir o hacer. Danos prudencia para actuar con sabiduría y sencillez para vivir con un corazón limpio y sincero. Y cuando llegue el momento de hablar, ayúdanos a confiar en el Espíritu Santo. Quédate a nuestro lado, como estuviste al lado de Pablo, y danos las fuerzas que necesitamos para proclamar fielmente el Evangelio. Haznos testigos fieles allí donde nos has colocado. Amén.
Para tu estudio personal:
- ¿En qué situación concreta necesitas hoy pedirle al Señor prudencia para hablar y valentía para no permanecer callado?
- ¿Qué temor te impide hablar de Cristo con las personas que Dios ha colocado cerca de ti?
- Lee 2 Timoteo 4:16-18. ¿Qué diferencia hace saber que, aun cuando otros nos abandonen, el Señor permanece a nuestro lado?
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