«El hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y los hijos se levantarán contra los padres, y los harán morir. Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, este será salvo». Mateo 10:21-22
Después de escuchar las palabras de Jesús acerca de la persecución, quizá podríamos preguntarnos: ¿Todavía quieres seguirlo? ¿Todavía quieres ir? Porque Jesús no les está ocultando el precio del discipulado. Les habla de algo particularmente doloroso: la traición. Y la traición duele precisamente porque viene de alguien cercano. Un extraño puede hacernos daño, pero cuando un hermano, un padre, un hijo, un amigo o alguien a quien amamos se vuelve contra nosotros, el dolor es mucho más profundo. Jesús dice que llegará el momento en que incluso las relaciones familiares más cercanas serán afectadas por causa de Su nombre. Y esto no es solamente una advertencia teórica. Muchos creyentes alrededor del mundo han experimentado el rechazo de sus propias familias después de abandonar otras religiones y abrazar a Cristo. En algunos lugares, convertirse al cristianismo puede significar perder la familia, el hogar, el trabajo, la seguridad e incluso la vida. Eso nos resulta difícil de imaginar desde nuestra comodidad. Pero para muchos de nuestros hermanos en Cristo, esto es una realidad.
Jesús continúa: «Seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre». Ese «todos» no significa que absolutamente cada persona nos odiará. Pero sí significa que el discípulo de Cristo debe estar preparado para experimentar rechazo de todo tipo de personas, incluso de aquellas de quienes jamás lo esperaría. Y entonces aparece una frase fundamental: «El que persevere hasta el fin, este será salvo». Jesús no está enseñando que podemos ganar nuestra salvación acumulando méritos mediante nuestra perseverancia. La salvación es por gracia, mediante la fe en Cristo. Pero la perseverancia demuestra la realidad de esa fe. El verdadero creyente no es simplemente aquel que comenzó bien. Es aquel a quien Dios sostiene para llegar hasta el final. Hay una antigua historia de la persecución romana que habla de cuarenta soldados cristianos en Sebaste, conocidos como los cuarenta mártires. Según la tradición, fueron condenados a morir en un lago helado. A poca distancia se preparó un fuego cálido y ropa para quien estuviera dispuesto a renunciar a Cristo. Mientras sufrían el frío, oraban y cantaban pidiendo que los cuarenta pudieran permanecer fieles hasta el final. Durante la noche, uno de ellos cedió. Salió del lago y renunció a Cristo. Pero, según la tradición, un guardia romano que observaba la escena quedó tan impresionado por la fidelidad de aquellos hombres que se quitó la ropa, entró al lago y ocupó el lugar del que había salido.
No necesitamos afirmar cada detalle de esta antigua tradición como si fuera Escritura. Pero la imagen ilustra poderosamente las palabras de Jesús: «El que persevere hasta el fin, este será salvo». La persecución revela lo que realmente hay en el corazón. Cuando seguir a Cristo no cuesta nada, es relativamente fácil identificarse como cristiano. Pero cuando seguir a Cristo significa perder algo importante, nuestra profesión de fe es puesta a prueba.
Y quizá alguno de nosotros esté pensando: «Yo no sé si tendría la fuerza para permanecer firme». Si ese es tu pensamiento, recuerda algo importante: Jesús no te está diciendo que confíes en tu propia fuerza. Nuestra perseverancia no depende finalmente de la fortaleza de nuestra voluntad, sino de la fidelidad de nuestro Salvador. Jesús dijo en Juan 10 que nadie puede arrebatar a Sus ovejas de Su mano. La pregunta no es: «¿Soy suficientemente fuerte para soportar cualquier cosa que venga?». La pregunta es: «¿Es Cristo suficientemente fuerte para sostenerme?» Y la respuesta es sí. La perseverancia no es una obra que realizamos independientemente de Dios; es la evidencia de que Cristo realmente está obrando en nosotros.
Pablo dijo: «Para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia». Mientras Dios quisiera mantenerlo con vida, Pablo quería seguir trabajando para el avance del Evangelio. Esa es la perspectiva que necesitamos. No sabemos cuánto tiempo nos queda. No sabemos cuántas oportunidades más tendremos para hablar de Cristo. No sabemos cuándo Dios dirá que nuestra tarea ha terminado. Pero sí sabemos algo: todavía hay trabajo que hacer, la misión continúa hasta que Cristo determine que ha terminado. Hasta entonces, seguimos adelante. No necesitas saber hoy cómo enfrentarás una prueba que todavía no ha llegado. Necesitas ser fiel hoy. Y cuando llegue mañana, la gracia de Dios estará allí. Así que persevera. Y, sobre todo, recuerda que tu perseverancia no descansa finalmente en tus manos. Descansa en las manos de Cristo.
Oración: Señor Jesús, gracias porque nuestra salvación descansa en Tu gracia y no en nuestra propia fortaleza. Cuando enfrentemos rechazo, danos perseverancia. Cuando nos sintamos débiles, recuérdanos que Tú eres fuerte. Ayúdanos a amar a quienes nos rechazan, a permanecer fieles cuando seguirte tenga un costo y a no avergonzarnos de Tu nombre. Danos sabiduría para saber cuándo permanecer y cuándo huir, y ayúdanos a aprovechar cada oportunidad mientras nos permitas servirte. Sostennos hasta el final y haz que, cuando llegue el día en que nuestra carrera termine, podamos decir con Pablo: «He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe». Amén.
Para tu estudio personal:
- ¿Hay alguna relación, ambiente o circunstancia en la que estés siendo tentado a ocultar tu identidad como seguidor de Cristo para evitar el rechazo?
- ¿Qué significa para ti, en la práctica, perseverar en la fe «hasta el fin»?
- Lee Juan 10:27-30. ¿Cómo cambia tu perspectiva sobre la perseverancia saber que tus ovejas están en las manos de Cristo?
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