Como el Maestro

Publicado el 26 de agosto de 2026, 1:57

«El discípulo no es más que su Maestro, ni el siervo más que su Señor. Bástale al discípulo ser como su Maestro, y al siervo como Su señor. Si al padre de familia llamaron Belcebú, ¿cuánto más a los de Su casa?» Mateo 10:24-25

El discípulo no es más que su Maestro, ni el siervo más que su Señor… En otras palabras: no esperes recibir un trato mejor que el que recibió tu Maestro. La pregunta, entonces, no es si encontraremos oposición. La pregunta es: ¿estamos dispuestos a seguir a Cristo aun cuando hacerlo tenga un costo tan alto? Porque ser discípulo significa ser como el Maestro. Y aquí tenemos que entender algo importante. Ser como Cristo no significa solamente aprender Sus enseñanzas, hablar como Él o imitar algunas de Sus virtudes. Significa también estar dispuestos a morir a nosotros mismos. Jesús dijo en Juan 12: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto». Ese es el camino de Cristo. Primero vino la cruz; después, la gloria. Y si queremos parecernos a nuestro Maestro, también debemos aprender a morir a nuestro orgullo, a nuestras ambiciones, a nuestra comodidad y a nuestro deseo de ser aceptados por todos. Esto no significa que busquemos el sufrimiento por sí mismo. Significa que estamos dispuestos a perder aquello que sea necesario con tal de permanecer fieles a Cristo.

Y quizá aquí necesitamos detenernos un momento y hacernos una pregunta mucho más profunda: ¿realmente pertenecemos a Cristo? Porque este mensaje no es solamente para aquellos que ya se consideran creyentes. El Evangelio también confronta a quien todavía no ha nacido de nuevo. Quizá llevas tiempo escuchando la Palabra de Dios. Quizá conoces las historias de Jesús, asistes a la iglesia, conoces muchos versículos y hasta te consideras cristiano. Pero la pregunta fundamental sigue siendo: ¿has confiado verdaderamente en Jesucristo? No juegues con esta pregunta. Nuestro pecado no es algo insignificante que Dios simplemente pasa por alto. Todos compareceremos delante de Él y daremos cuenta de nuestra vida. Y la única esperanza del pecador no está en sus buenas obras, en su religión ni en su propia moralidad.

Está en Cristo. El mismo Cristo que nos llama a seguirlo es el Cristo que murió por pecadores. El que fue rechazado por los hombres fue quien cargó sobre Sí mismo el pecado de aquellos que creen en Él. Por eso, si todavía no has confiado en Jesucristo, no dejes pasar este día sin acudir a Él. No esperes a sentirte suficientemente bueno. No intentes primero arreglar tu vida y después venir a Cristo. Ven tal como eres, arrepiéntete de tu pecado y confía en el Salvador. Y para quienes ya pertenecen a Cristo, este pasaje nos recuerda que el Evangelio que hemos recibido llegó hasta nosotros a un precio extraordinario. Llegó por la sangre de Cristo. Y, a lo largo de la historia, también ha avanzado mediante hombres y mujeres que estuvieron dispuestos a sufrir por proclamarlo. Tal vez Dios nunca nos pedirá entregar nuestra vida en un martirio. Pero seguramente nos pedirá entregar algo. Quizá nuestra comodidad, nuestra reputación, una amistad, una oportunidad profesional. No sabemos qué precio tendrá nuestro testimonio. Pero sí sabemos que el discípulo no es más que su Maestro.

En Mateo 9 vimos a Jesús mirando a las multitudes con compasión y diciéndonos que rogáramos al Señor de la mies que enviara obreros. Ahora Mateo 10 nos está mostrando qué significa ser uno de esos obreros. No solamente orar. También ir. No solamente sentir compasión. También estar dispuestos a pagar el precio para llevarles el Evangelio. Así que pregúntate hoy: ¿estoy dispuesto?  ¿Estoy dispuesto a sacrificar parte de mi comodidad para servir a Cristo? ¿Estoy dispuesto a morir a mis propias ambiciones para que Cristo sea glorificado? Porque el grano de trigo tiene que caer en tierra. Y cuando muere, lleva mucho fruto. Que el Señor produzca en nosotros esa misma disposición. Que no vivamos esperando una existencia cómoda, sino una vida fiel. Que podamos mirar a nuestro Maestro y decir: «Señor, quiero ser como Tú. Haz conmigo lo que quieras y úsame para Tu gloria». Y quizá hoy esa disposición comienza con algo sencillo: orar por una persona, acercarnos a ella, hablarle de Cristo e invitarla a escuchar el Evangelio. La cosecha sigue delante de nosotros. El Señor de la mies todavía está enviando obreros. Y quizá, precisamente hoy, te está llamando a ti.

Oración: Señor Jesús, gracias por haber ido delante de nosotros. Tú sufriste rechazo, desprecio y finalmente entregaste Tu vida en la cruz para salvar a pecadores como nosotros. Perdónanos cuando buscamos comodidad más que fidelidad. Danos un corazón dispuesto a morir a nuestro orgullo, a nuestras ambiciones y a nuestro temor. Haznos semejantes a Ti. Danos compasión por los perdidos y valor para proclamar Tu Evangelio. Muéstranos a quién debemos acercarnos, a quién debemos invitar y con quién debemos hablar de Tu gracia. Y si algún día nos toca sufrir por Tu nombre, sostennos hasta el final. Amén.

Para tu estudio personal:

  1. ¿Qué comodidad, temor o ambición personal podría estar impidiéndote vivir más plenamente como discípulo de Cristo?
  2. ¿Hay alguna persona concreta a la que Dios te esté llamando a acercarte para hablarle del Evangelio?
  3. Lee Juan 12:24-26. ¿Qué significa, en tu situación actual, «morir» a ti mismo para llevar fruto para Cristo?
Valoración: 0 estrellas
0 votos

Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios