La vida eterna es más dulce

Publicado el 28 de agosto de 2026, 2:27

“Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, este será salvo”. Mateo 10:22

Durante la Reforma inglesa, el avance del Evangelio tuvo momentos de gran esperanza y también momentos de terrible persecución. Todo dependía, en buena medida, de quién ocupaba el trono. Cuando María Tudor llegó al poder, casi trescientos reformadores ingleses fueron ejecutados. Entre ellos estuvo John Hooper, obispo de Gloucester, quien fue quemado en la hoguera el 9 de febrero de 1555 simplemente por haber predicado fielmente la Palabra de Dios. Enfrentemos juntos una pregunta incómoda: ¿seguirías predicando si supieras que hacerlo podría llevarte a la muerte? ¿Permanecerías fiel a las Escrituras si el precio de hacerlo fuera tu propia vida?

La noche antes de su ejecución, Hooper recibió la visita de Sir Anthony Kingston, un hombre al que él mismo había confrontado con el Evangelio. Hooper le había hablado con toda claridad acerca de su pecado y de la necesidad de arrepentirse y confiar en Cristo. Kingston finalmente había creído. Pero ahora estaba frente a la realidad de la muerte de aquel hombre que le había anunciado el Evangelio. Kingston le rogó que salvara su vida. Le habló de todas las cosas buenas que todavía podría hacer, de todas las personas a las que podría predicar, de todo el servicio que podría prestar si encontraba alguna manera de escapar de aquella condena. Pero Hooper sabía que solo había una manera de salvar su vida: renunciar a aquello que había enseñado desde las Escrituras. Y para él, eso habría significado negar la verdad que había recibido de Cristo. Entonces Kingston le dijo: “La vida es dulce y la muerte amarga”. Hooper respondió: “Sí, la vida es dulce y la muerte amarga; pero la vida eterna es más dulce y la muerte eterna más amarga”. Qué perspectiva tan diferente. Hooper no estaba despreciando la vida. Sabía que la vida terrenal es un regalo de Dios. Pero había comprendido algo que nosotros necesitamos recordar: esta vida no es lo último. Hay algo más importante que conservar nuestra vida presente: permanecer fieles a Cristo y recibir la vida eterna que Él promete. Al día siguiente, Hooper fue llevado a la hoguera. Había pasado la noche orando y estaba preparado. Le ofrecieron una última oportunidad para retractarse. Pero no estaba dispuesto a comprar unos pocos años más de vida al precio de negar a su Señor. Y eso nos lleva nuevamente a las palabras de Jesús: “El que persevere hasta el fin, este será salvo”.

La historia de la Iglesia está llena de hombres y mujeres que tuvieron que decidir entre Cristo y su propia seguridad. No todos enfrentaremos una hoguera. Probablemente muchos de nosotros nunca tendremos que escoger entre negar a Cristo o morir. Pero sí tendremos que decidir si Cristo merece nuestra fidelidad cuando obedecerle nos cuesta algo. Tal vez sea la aprobación de nuestros amigos. Tal vez una oportunidad profesional. Tal vez una relación. Tal vez nuestra comodidad. La pregunta sigue siendo la misma: ¿qué valor tiene Cristo para nosotros? No debemos confiar en nuestra propia fortaleza. Ninguno de nosotros sabe cómo reaccionaría ante una prueba extrema. Nuestra esperanza está en Cristo que sostiene a los Suyos. La perseverancia del creyente no nace de una valentía natural, sino de la gracia de Dios obrando en un corazón que ha sido transformado.

Y esa es también una palabra de esperanza. Si perteneces verdaderamente a Cristo, no necesitas vivir aterrorizado pensando: “¿Seré capaz de mantenerme firme?”. Mira a Cristo. Él es poderoso para guardarte. Él comenzó la buena obra y Él la llevará hasta su consumación. Los mártires de la Iglesia no fueron personas extraordinarias porque fueran naturalmente más fuertes que nosotros. Fueron pecadores sostenidos por una gracia extraordinaria. Y ahora forman parte de esa gran familia de creyentes que nos precedieron y permanecieron fieles hasta el final. Que Dios nos conceda esa misma gracia. Que cuando llegue la prueba, encontremos en Cristo una razón mayor para permanecer firmes. Porque, como comprendió John Hooper, la vida es dulce, pero la vida eterna es infinitamente más dulce.

Oración: Señor Jesús, danos una fe que persevere. No permitas que nuestra comodidad, nuestro temor o el deseo de agradar a los hombres nos hagan avergonzarnos de Tu nombre. Cuando enfrentemos pruebas, recuérdanos que esta vida es pasajera, pero Tu promesa de vida eterna permanece para siempre. Sostén a nuestros hermanos que hoy sufren por causa del Evangelio y prepara también nuestros corazones para permanecer fieles. Amén.

Para tu estudio personal:

  1. ¿Qué cosas podrían hacerte sentir tentado a ocultar o negar tu fe en Cristo?
  2. ¿Estás confiando en tu propia fortaleza o en la gracia de Cristo para perseverar hasta el final?
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