«Así que, no los temáis; porque nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado; ni oculto, que no haya de saberse.» Mateo 10:26
En los próximos días vamos a detenernos en unas palabras de Jesús que fueron dirigidas a Sus discípulos cuando les habló de oposición, rechazo y sufrimiento. Y hay una expresión que se repite como un llamado constante: «No temáis». Pero ¿cómo puede un cristiano vivir sin temor cuando sabe que seguir a Cristo puede traer rechazo, incomodidad, pérdida e incluso persecución? Jesús nos enseña que necesitamos mirar nuestra vida desde una perspectiva eterna.
La historia de los cristianos que nos precedieron nos ayuda a entenderlo. Hace siglos, en Japón, un niño de apenas doce años llamado Ibaraki Kun fue llevado junto con otros cristianos para ser ejecutado por su fe. Había veintisiete cruces preparadas. El capitán encargado de la ejecución se compadeció del niño y trató de convencerlo de que renunciara a Cristo para conservar su vida. Pero el muchacho preguntó simplemente: «¿Cuál es mi cruz?» Cuando le señalaron una de ellas, corrió hacia ella, la abrazó y murió por su fe. Tal vez Dios no nos esté llamando hoy a entregar nuestra vida de esa manera. Pero quizá sí nos está llamando a entregar algo que, para nosotros, puede resultar muy difícil: nuestra reputación. Quizá significa cruzar ese pasillo en la universidad o en la oficina y hablar con alguien acerca de Cristo. Quizá significa llamar a un familiar que no conoce al Señor y compartirle el Evangelio, sabiendo que podría rechazarnos. Quizá significa identificarnos públicamente como cristianos cuando hacerlo nos resulta incómodo. Y ahí aparece uno de nuestros grandes enemigos: el temor al hombre. ¿Qué pensará de mí? ¿Se burlará? ¿Cambiará nuestra relación?
Jesús sabe que ese temor puede paralizarnos. Por eso, a lo largo de Mateo 10:26-33, nos enseña a mirar más allá de las circunstancias presentes y a contemplar nuestra vida a la luz de la eternidad. Esa perspectiva cambia todo. Cuando vemos las cosas solamente desde el presente, la opinión de los demás parece enorme. Pero cuando levantamos los ojos y recordamos que existe un Dios ante quien todos compareceremos, que hay una eternidad delante de nosotros y que nuestra verdadera esperanza está en Cristo, entonces las cosas comienzan a ocupar su verdadero lugar. En los próximos días aprenderemos que no debemos vivir dominados por quienes pueden afectar nuestro cuerpo, nuestra comodidad o nuestra reputación, sino que debemos vivir delante de Dios. También nos recordará cuánto valemos para nuestro Padre. Si Él cuida de los pequeños pajarillos y conoce hasta el número de nuestros cabellos, ¿cómo no va a cuidar de Sus hijos? Y finalmente nos llevará a una cuestión decisiva: ¿estamos dispuestos a confesar a Cristo delante de los hombres? Porque la perspectiva eterna no solamente elimina el temor; también nos da valor para vivir públicamente como discípulos de Jesús.
Durante los próximos días vamos a profundizar en estas palabras una por una. Veremos cómo Jesús confronta nuestro temor, cómo nos enseña a temer correctamente a Dios, cómo nos recuerda el cuidado soberano del Padre y cómo nos llama a confesarlo delante de los hombres. Pero antes de entrar en cada uno de estos temas, necesitamos comprender la gran verdad que sostiene todo el pasaje: Cuando contemplamos nuestra vida desde la perspectiva de la eternidad, el temor al hombre pierde su poder. No sabemos qué cruces nos tocará llevar. Tal vez sean grandes y visibles; tal vez sean pequeñas y cotidianas. Pero sí sabemos a quién pertenecemos y delante de quién vivimos. Por eso, cuando el temor nos diga: «No hables», recordemos la eternidad. Cuando nos diga: «No te identifiques con Cristo», recordemos la eternidad. Cuando nos diga: «Tu reputación es demasiado importante para arriesgarla», recordemos la eternidad. Y cuando nuestros ojos estén puestos en Cristo, podremos decir: Él vale más que mi comodidad, más que mi reputación y más que cualquier cosa que este mundo pueda ofrecerme.
Oración: Señor, ayúdanos a mirar nuestra vida desde la perspectiva de la eternidad. Muchas veces tenemos miedo de lo que otros puedan pensar, decir o hacer contra nosotros. Perdónanos cuando hemos valorado más nuestra reputación que nuestra fidelidad a Cristo. Danos una visión correcta de ti. Que nuestro temor de Dios sea mayor que nuestro temor al hombre. Recuérdanos que nuestra vida está en Tus manos y que, aunque no sabemos qué dificultades tendremos que enfrentar, sabemos que te pertenecemos. Danos valor para confesar a Jesús con nuestras palabras, con nuestras decisiones y con nuestra manera de vivir. Y cuando tengamos que llevar alguna cruz por causa de Su nombre, ayúdanos a no huir, sino a mirar a Cristo y permanecer fieles. En el nombre de Jesús. Amén.
Para tu estudio personal:
Lee: Mateo 10:26-33; Hebreos 12:1-3.
- ¿Qué temores relacionados con la opinión de otras personas están influyendo actualmente en mi manera de vivir mi fe?
- ¿Qué cosas estoy protegiendo —mi comodidad, reputación, relaciones o seguridad— que podrían estar impidiendo que confiese a Cristo?
- ¿Cómo cambia mi manera de enfrentar el sufrimiento recordar que pertenezco a Cristo y que mi vida está en las manos del Padre?
- ¿Qué paso concreto de obediencia podría dar esta semana para vencer el temor al hombre?
Memoriza:
«Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos».
Mateo 10:31
Añadir comentario
Comentarios