No seas esclavo del miedo

Publicado el 7 de septiembre de 2026, 2:30

«No temáis a los que matan el cuerpo, más el alma no pueden matar.» Mateo 10:28

Cuando Jesús envía a los doce apóstoles al mundo, no les promete una misión cómoda. Al contrario, les advierte que encontrarán oposición, rechazo, persecución y sufrimiento. El avance del Evangelio será contra viento y marea, y requerirá valentía. Si nosotros hubiéramos estado allí escuchando esas instrucciones, probablemente habría comenzado a invadirnos una pregunta: ¿cómo vamos a hacer todo esto si tenemos miedo? Y precisamente ahí es donde Jesús dirige nuestra atención.

En esta pequeña sección de Mateo 10, tres veces encontramos el mandato: «No temáis». Jesús sabe que Sus discípulos sentirán miedo. Sabe que la oposición será real y que las consecuencias pueden ser dolorosas. Pero no quiere que ese miedo gobierne sus decisiones. ¿Por qué? Porque el miedo puede paralizar nuestra obediencia y nuestro testimonio. Cuando comenzamos a imaginar todo lo que podría suceder, nuestra imaginación puede descontrolarse. ¿Qué pensarán de mí? ¿Qué pasará si me rechazan? ¿Y si pierdo una relación? ¿Y si me persiguen? ¿Y si las cosas se ponen realmente difíciles? El problema es que podemos terminar obedeciendo a nuestros temores en lugar de obedecer a Cristo.

Jesús, entonces, no se limita a decir: «No tengan miedo». Razona con nosotros para que podamos vencerlo por medio de la fe. Es el mismo principio que encontramos en Mateo 6 cuando Jesús habla de la ansiedad. Allí nos recuerda que nuestra vida vale más que el alimento y nuestro cuerpo más que el vestido. Si Dios sostiene nuestra vida, ¿por qué vivir dominados por la preocupación? Aquí hace algo parecido. Nos dice: no tengan miedo a quienes pueden matar el cuerpo, porque no pueden destruir el alma. Teman, más bien, a Dios, quien tiene autoridad sobre el cuerpo y el alma. Y después nos recuerda que nuestro Padre conoce incluso el número de los cabellos de nuestra cabeza. En otras palabras, Jesús está cambiando nuestra perspectiva. A quién debemos temer más: ¿al hombre que puede hacernos daño temporalmente o a Dios, delante de quien viviremos eternamente? Cuando esa pregunta queda clara, el temor al hombre empieza a perder su poder.

Esto no significa que debamos buscar el sufrimiento o actuar imprudentemente. Mateo 10 mismo presenta una interesante paradoja. Jesús les advierte que tengan cuidado con los hombres, y en otro momento les dice que, cuando sean perseguidos en una ciudad, huyan a otra. Al mismo tiempo, les dice que perseveren hasta el fin. ¿Debemos entonces preservar nuestra vida o estar dispuestos a entregarla? La respuesta es: ambas cosas pueden ser correctas cuando nuestra vida está completamente rendida a Cristo. Debemos procurar permanecer vivos mientras Dios nos permita hacerlo, no porque nuestra vida terrenal sea nuestro mayor tesoro, sino porque mientras estemos aquí todavía podemos servirle, anunciar el Evangelio y trabajar para el avance de Su Reino. Pablo lo entendió muy bien. En Filipenses 1 expresa su deseo de partir y estar con Cristo, porque eso es mucho mejor, pero reconoce que permanecer en esta vida es necesario para el bien de otros. Su vida no está centrada en conservarse a sí mismo, sino en ser útil a Cristo mientras Dios quiera mantenerlo aquí. Esa es la verdadera libertad frente al miedo. El cristiano no necesita aferrarse desesperadamente a esta vida, pero tampoco necesita buscar la muerte. Puede vivir con valentía porque sabe que su vida y su muerte están en las manos de Dios.

Quizá hoy Dios no te esté llamando a enfrentar una persecución como la que enfrentaron los primeros discípulos. Tal vez tu prueba sea mucho más cotidiana: hablar de Cristo con alguien que podría rechazarte, defender la verdad cuando hacerlo sea incómodo o renunciar a tu deseo de agradar a las personas. Ahí también aparece el miedo. Pero recuerda lo que Jesús está enseñándonos: no seas esclavo de aquello que solamente puede afectarte temporalmente. Vive delante de Dios. No temas la oposición terrenal pasajera. Teme a Dios, confía en Su cuidado y busca agradarle para que el Evangelio avance. Porque cuando nuestra vida está en las manos de Cristo, podemos decir con Pablo: vivir es Cristo, y morir es ganancia.

Oración: Señor, reconocemos que muchas veces tenemos miedo. Nos preocupa lo que otros puedan pensar, decir o hacer, y ese temor puede llevarnos a callar cuando deberíamos hablar, retroceder cuando deberíamos obedecer y buscar nuestra comodidad cuando deberíamos servirte. Ayúdanos a mirar las cosas desde la perspectiva de la eternidad. Que nuestro temor de ti sea mayor que nuestro temor al hombre. Recuérdanos que nuestra vida está en Tus manos y que ni siquiera la muerte puede separarnos de Cristo. Danos sabiduría para actuar con prudencia, pero también valentía para no retroceder cuando nos llames a dar testimonio. Permítenos vivir mientras Tú quieras que vivamos, sirviéndote con fidelidad; y si algún día nos llamas a entregar nuestra vida por Ti, danos la gracia para hacerlo sin temor. Que no seamos esclavos del miedo, sino siervos fieles de Cristo. En el nombre de Jesús. Amén.

Para tu estudio personal:

Lee: Mateo 10:26-33; Filipenses 1:20-26.

  1. ¿Qué situaciones concretas despiertan en mí temor al hombre?
  2. ¿Qué diferencia existe entre actuar con prudencia y actuar dominado por el miedo?
  3. ¿Estoy buscando conservar mi vida para mí mismo o aprovecharla para servir a Cristo?
  4. ¿Qué paso concreto de obediencia estoy evitando por temor a las consecuencias?

Versículo para memorizar:

«Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia».
Filipenses 1:21

Valoración: 4 estrellas
4 votos

Añadir comentario

Comentarios

Yamileth
hace 5 horas

Amén.

SIRLEY
hace 5 horas

Amen 🙏🙏🙏