«Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa.» Mateo 10:35-36
Ayer vimos el primer malentendido: Jesús no vino a establecer una armonía inmediata entre todos los hombres. Su Evangelio traería división porque no todos recibirían de la misma manera al Rey. Pero ahora aparece un segundo malentendido, todavía más profundo. Podríamos pensar: «Está bien, entonces la división ocurre cuando las personas rechazan a Jesús. Pero seguramente esa división es algo accidental. Jesús vino a traer paz; simplemente las personas complican las cosas y Él hace todo lo posible para detener ese conflicto». Pero eso tampoco es lo que Jesús dice.
Después de afirmar que vino a traer espada, continúa: «Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre... y los enemigos del hombre serán los de su casa». Jesús está diciendo claramente que la división producida por Su venida no es una sorpresa para Él. Forma parte de lo que sabía que ocurriría cuando el Evangelio entrara en este mundo. Esto es difícil de aceptar porque nosotros naturalmente queremos pensar que, si Cristo está obrando, todo debería ir mejor. Queremos que cuando alguien conozca a Jesús, inmediatamente toda su familia lo apoye, todos sus amigos lo comprendan y todas sus relaciones se vuelvan más fáciles. Pero Mateo 10 nos prepara para otra realidad. Cuando una persona entrega su vida a Cristo, puede suceder que quienes están más cerca de ella no compartan su fe. Y precisamente porque existe una relación tan cercana, el conflicto puede ser todavía más doloroso. Un padre puede rechazar la fe de su hijo. Una madre puede no comprender la decisión de su hija. Un esposo o una esposa puede oponerse a la fe del otro. Y Jesús dice que, en algunos casos, los enemigos de una persona serán precisamente los de su propia casa. No porque el cristiano deba tratar a su familia como enemiga. No porque deba buscar conflictos. No porque Jesús nos mande a romper nuestras relaciones. La división aparece porque Cristo exige una decisión.
Cuando Jesús entra en la vida de una persona, ya no puede ocupar simplemente un lugar secundario. Él reclama el primer lugar. Y esa lealtad inevitablemente puede confrontar otras lealtades. El problema, entonces, no es que Jesús desprecie la familia. Es exactamente lo contrario. La familia es importante. Pero ninguna relación humana puede ocupar el lugar que pertenece exclusivamente a Cristo. Y aquí aparece una pregunta muy personal: ¿qué pasa cuando seguir a Jesús entra en conflicto con lo que las personas que más amo esperan de mí? ¿Qué haré si mi familia no entiende mi fe? ¿Qué haré si permanecer fiel a la Palabra de Dios significa decepcionar a alguien que amo?
No debemos buscar el conflicto, pero tampoco debemos abandonar a Cristo para evitarlo. Hay una diferencia enorme entre causar división por nuestra falta de amor y sufrir división porque hemos decidido permanecer fieles a Jesús. El creyente debe ser amable, paciente, humilde y amoroso. Pero ninguna de esas virtudes significa esconder el Evangelio o negar a Cristo. Jesús sabía exactamente lo que estaba llamando a sus discípulos a enfrentar. Y, aun así, los envió. ¿Por qué? Porque el avance del Reino de Dios no depende de que todos nos reciban bien. El Evangelio avanza cuando Cristo es proclamado y Sus discípulos permanecen fieles, incluso cuando esa fidelidad tiene un precio. Esto también nos ayuda a entender algo que hemos visto una y otra vez en este capítulo: el sufrimiento del creyente no significa que Dios haya perdido el control. Si una familia se divide porque uno de sus miembros ha creído en Cristo, eso no tomó a Jesús por sorpresa. Si alguien es rechazado por seguir a Cristo, tampoco significa que su discipulado haya fracasado. Jesús dijo que sucedería. Y hay algo más: el objetivo no es simplemente soportar la división. Nuestro deseo debe ser que, por medio de nuestra fidelidad y nuestro testimonio, aquellos que hoy se oponen a Cristo lleguen también a conocerlo.
Por eso no respondemos al rechazo con amargura. No respondemos con hostilidad. Respondemos con verdad, amor, paciencia y perseverancia. Porque nuestra familia necesita ver a Cristo en nosotros. Nuestros amigos necesitan escuchar el Evangelio. Y aunque no podamos controlar la respuesta de los demás, sí podemos decidir permanecer fieles a Jesús. La pregunta no es si podemos conseguir que todos estén de acuerdo con nuestra fe. La pregunta es: ¿seguiremos a Cristo, aunque no todos estén de acuerdo? Ese es el costo del discipulado que Jesús quiere que entendamos.
Y precisamente aquí surge el tercer malentendido: si la venida de Cristo produce división, alguien podría pensar que esa «espada» significa que los cristianos deben empuñarla contra quienes se oponen al Evangelio. Pero Jesús nunca quiso decir eso. Y eso será lo que veremos en nuestra próxima entrega.
Oración: Señor Jesús, ayúdanos a permanecer fieles cuando seguirte produzca incomprensión o división con las personas que amamos. Danos un corazón humilde y amoroso. Que nunca provoquemos conflictos por nuestro orgullo o por nuestra manera equivocada de actuar, pero tampoco permitas que el temor a perder la aprobación de otros nos haga negar Tu verdad. Ayúdanos especialmente a amar a nuestras familias y amigos, a orar por ellos y a mostrarles el Evangelio con nuestras palabras y nuestra vida. Y cuando seguirte tenga un costo, danos la gracia para permanecer firmes, confiando en que Tú ya nos advertiste que esto podía suceder y que sigues gobernando todas las cosas. Amén.
Para tu estudio personal:
Lee Mateo 10:34-36 y reflexiona:
- ¿Estoy dispuesto a permanecer fiel a Cristo cuando las personas que amo no comprendan mi fe?
- ¿He provocado algún conflicto innecesario por mi manera de actuar, en lugar de sufrir por causa de la verdad?
- ¿Qué relación humana podría estar compitiendo con Cristo por el primer lugar en mi corazón?
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