La prueba de nuestra fe

Publicado el 17 de septiembre de 2026, 3:03

«El que ama a su padre o a su madre más que a Mí, no es digno de Mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a Mí, no es digno de Mí.» Mateo 10:37

¿Por qué Jesús no vino a traer una paz inmediata a este mundo, sino una espada? 1 Pedro 1:7 compara nuestra fe con el oro que es probado por el fuego. El oro puede parecer puro, pero es el fuego el que revela lo que realmente hay en él. De la misma manera, una fe que nunca ha sido probada puede parecer fuerte mientras todo marcha bien. 

Es fácil decir que amamos a Cristo cuando seguirlo no nos cuesta nada. Es fácil permanecer firmes cuando todos nos apoyan, cuando nuestra familia nos comprende, cuando nuestro trabajo no está en riesgo y cuando nadie cuestiona nuestras convicciones. Pero ¿qué sucede cuando seguir a Jesús tiene un precio? Ahí aparece la verdadera prueba. Dios nos lleva, por así decirlo, a una bifurcación y nos pregunta: «¿Me amas más que a tu familia? ¿Más que a tu trabajo? ¿Más que a tu reputación? ¿Más que a tu propia vida?» Eso es precisamente lo que Jesús está diciendo: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí». Y más adelante dirá que quien no toma su cruz y lo sigue tampoco es digno de Él. ¡Qué declaración tan extraordinaria! ¿Quién es Jesús para exigir una lealtad semejante? Él es Dios encarnado. Él es nuestro Creador. Él nos formó. Él nos conoce. Y, sobre todo, Él fue a la cruz por nosotros y derramó Su sangre para salvarnos. Por eso tiene todo el derecho de decirnos: «Yo debo ocupar el primer lugar».

Una historia que ilustra esto de manera conmovedora ocurrió durante la persecución comunista en Rumania. El pastor Florescu había sido encarcelado y torturado porque se negaba a entregar los nombres de los miembros de su iglesia clandestina. Sus captores finalmente atacaron lo que más amaba: llevaron delante de él a su hijo de catorce años y comenzaron a golpearlo brutalmente. Querían quebrar al padre. Florescu llegó al límite. Estaba dispuesto a soportar el sufrimiento personalmente, pero no podía soportar ver morir a su propio hijo. Estuvo a punto de revelar la información que le exigían. Entonces su hijo, ensangrentado, lo miró y le dijo: «Padre, no lo hagas. No me conviertas en el hijo de un traidor. Si me matan, moriré con el nombre de Jesús en mis labios». El muchacho murió. Y su padre permaneció fiel a Cristo. No podemos escuchar una historia así sin estremecernos. Pero también debemos preguntarnos: ¿qué está mostrando Jesús acerca de nuestra lealtad? No todos seremos llamados a enfrentar una prueba como esa. Pero todos tendremos momentos en los que tendremos que decidir qué ocupa el primer lugar. La prueba no siempre llega con persecución extrema. Muchas veces aparece en decisiones pequeñas y cotidianas. Por eso debemos preguntarnos: ¿qué es lo que más temo perder? Esa pregunta puede revelar mucho acerca de nuestra fe.

Si mi mayor temor es perder mi reputación, quizá mi reputación ocupa demasiado espacio en mi corazón. Si no estoy dispuesto a obedecer a Cristo porque podría afectar mi comodidad, quizá mi comodidad se ha convertido en un ídolo. Si no puedo imaginar mi vida sin determinada relación, posesión, posición o proyecto, quizá necesito volver a escuchar las palabras de Jesús: «El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí». Jesús no está enseñándonos a amar menos a nuestra familia. Nos está enseñando a amarlo a Él por encima de todo. Y paradójicamente, cuando Cristo ocupa el primer lugar, aprendemos a amar mejor todo lo demás. La pregunta fundamental es entonces sencilla, pero profunda: ¿Es Jesús realmente el primero en mi vida? No solamente cuando es fácil. No solamente cuando me conviene. No solamente cuando nadie se opone. ¿Lo seguiré cuando tenga un costo? Porque una fe que nunca ha sido probada puede parecer fuerte. Pero cuando llega el fuego, se revela lo que realmente hay en ella. Y esa es precisamente una de las razones por las que Cristo permite que atravesemos pruebas: para demostrar que nuestra fe es genuina y que nuestra lealtad a Él es más valiosa que cualquier cosa que podamos perder.

Oración: Señor Jesús, examina nuestro corazón y muéstranos qué cosas hemos puesto por encima de Ti. Confesamos que muchas veces decimos que te amamos, pero cuando obedecerte tiene un costo buscamos proteger nuestra comodidad, nuestra reputación o nuestras relaciones. Danos una fe genuina, una fe que pueda permanecer firme cuando llegue la prueba. Ayúdanos a amarte más que a cualquier persona, posesión, proyecto o deseo. Que cuando tengamos que escoger entre nuestra voluntad y tu voluntad, podamos decir: «Señor, Tú eres primero». Y cuando llegue el fuego de la prueba, sostennos para que nuestra fe resulte en alabanza, gloria y honor cuando Tú regreses. Amén.

Para tu estudio personal:

Lee Mateo 10:37-39 y 1 Pedro 1:6-7. Medita en estas preguntas:

  1. ¿Qué cosa me resultaría más difícil entregar si seguir a Cristo lo exigiera?
  2. ¿Qué revela acerca de mi corazón aquello que más temo perder?
  3. ¿Cómo han probado las dificultades la autenticidad de mi fe?
  4. ¿Qué decisión concreta puedo tomar hoy para demostrar que Cristo ocupa el primer lugar?
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Comentarios

SIRLEY
hace un día

Amen 🙏🙏