«Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, y cuando os aparten de sí, y os vituperen, y desechen vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre. Gozaos en aquel día, y alegraos, porque he aquí vuestro galardón es grande en los cielos»— Lucas 6:22-23ª
La pregunta que Juan el Bautista y Jesús ponen delante de nosotros es sencilla, pero profunda: ¿para quién vamos a vivir: para la alabanza de los hombres o para la alabanza de Dios? No podemos evitar esa elección. Dios nos llama a buscar Su aprobación, mientras el mundo constantemente nos invita a adoptar sus valores, sus deseos y sus criterios. Santiago 4:4 nos recuerda que la amistad con el mundo puede convertirse en enemistad con Dios, y 1 Juan 2:15 nos exhorta a no amar aquello que ocupa el lugar que solo le corresponde al Padre.
Cuando pertenecemos a Cristo, el Espíritu Santo obra en nosotros para llevarnos a amar a Dios, buscar Su aprobación y vivir para agradarle. Pero continuamente enfrentamos otra voz que nos dice: “Vive como todos; piensa como todos; busca lo que todos buscan”. Por eso, la pregunta no es si tendremos que elegir, sino a quién escucharemos cuando las dos voces nos lleven en direcciones diferentes. Jesús lo expresó con una imagen muy clara: “Os tocamos la flauta, y no bailasteis; os endechamos, y no lamentasteis”. Cada lado parece incomprensible para el otro. El cristiano mira al mundo y se pregunta: “¿Cómo pueden vivir sin Cristo? ¿Cómo pueden rechazar el perdón de sus pecados y no buscar al Dios que los creó?”. Y el mundo, a su vez, puede preguntarse: “¿Por qué no aman lo que nosotros amamos? ¿Por qué no viven buscando los mismos placeres y siguiendo los mismos criterios?”. Hay, por decirlo así, dos canciones compitiendo por nuestra atención. El mundo tiene su melodía; Dios tiene la Suya. Y cada una nos invita a mover nuestra vida conforme a su ritmo.
Por eso, si perteneces a Cristo, necesitas aprender a escuchar la música de Dios por encima del ruido de este mundo. Es la música de seguir a Cristo, amar lo que Él ama, participar en Su obra redentora y vivir esperando el avance de Su Reino. Es una realidad que el mundo no puede comprender plenamente porque solo puede ser percibida por la fe. Y eso también significa que nuestra vida tendrá un carácter profético. No estamos llamados a atacar a las personas, pero sí a dar testimonio fiel de Dios, incluso cuando ese testimonio contradiga lo que nuestra sociedad considera normal. Juan lo hizo. Jesús lo hizo. Y ellos nos mostraron que la fidelidad a Dios no siempre produce aprobación humana.
Jesús incluso nos prepara para esa realidad: ser rechazados por causa de Él no significa que hayamos fracasado. Puede significar que hemos permanecido fieles. Por eso dice: “Gozaos en aquel día, y alegraos, porque he aquí vuestro galardón es grande en los cielos”. La pregunta, entonces, no es simplemente: “¿Qué piensa la gente de mí?”. La pregunta verdaderamente importante es: “¿A quién estoy tratando de agradar con mi manera de vivir?” Porque llegará el momento en que las voces de este mundo dejarán de escucharse. Pero la aprobación de Dios permanecerá para siempre.
Oración: Señor, ayúdame a escuchar Tu voz por encima de todas las voces que quieren dirigir mi vida. Líbrame del deseo de agradar a los hombres cuando eso significa dejar de agradarte a Ti. Dame valor para permanecer fiel, aun cuando mi fe sea incomprendida o rechazada. Que mi vida dé un testimonio claro de Cristo y que mi mayor deseo sea escuchar un día Tu aprobación. Amén.
Para tu estudio personal:
Lee: Lucas 6:22-23; Santiago 4:4; 1 Juan 2:15-17.
- ¿Qué significa, en la práctica, “escuchar la música de Dios”?
- ¿Cómo puedo dar un testimonio de Cristo sin buscar el conflicto, pero sin esconder la verdad?
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Ayúdanos señor. Amen 🙏