El peligro de permanecer indiferentes

Publicado el 16 de octubre de 2026, 3:29

«Entonces comenzó a reconvenir a las ciudades en las cuales había hecho muchos de Sus milagros, porque no se habían arrepentido»— Mateo 11:20

Las palabras que Jesús dirige a Corazín, Betsaida y Capernaum son una advertencia solemne. No estamos escuchando simplemente a un profeta que denuncia el pecado, sino al Hijo a quien el Padre ha confiado todo juicio. El mismo Jesús que anunció la llegada del reino y manifestó Su poder mediante milagros ahora pronuncia un juicio contra quienes, a pesar de haber presenciado Sus obras, no se arrepintieron.

Sin embargo, hay algo que debemos comprender desde el principio: esta advertencia es también una expresión de la misericordia de Dios. Jesús les habla antes del juicio final. Les advierte de las consecuencias de su indiferencia y les muestra la gravedad de su condición para que despierten y se arrepientan. Dios no nos debe advertencias, pero en Su misericordia nos confronta con la verdad.  ¿Por qué estas ciudades merecían una reprensión tan severa? Porque habían recibido oportunidades extraordinarias. Corazín, Betsaida y, especialmente, Capernaum fueron lugares donde Jesús enseñó y realizó muchos milagros. Sus habitantes vieron enfermos sanados y escucharon al propio Jesús proclamar el reino de Dios. En Capernaum, por ejemplo, Jesús sanó a un paralítico que unos hombres bajaron por una abertura en el techo. Primero le declaró perdonados sus pecados y, ante las objeciones de quienes lo escuchaban, lo sanó para demostrar que el Hijo del Hombre tenía autoridad en la tierra para perdonar pecados. ¡Qué oportunidad para reconocer quién estaba delante de ellos! Sin embargo, muchos siguieron con sus vidas como si nada extraordinario hubiera ocurrido. Volvieron a sus ocupaciones, a sus casas y a sus actividades cotidianas.

No necesariamente organizaron una oposición abierta contra Jesús. El problema fue más silencioso, pero igualmente grave: la indiferencia. Y esa sigue siendo una de las respuestas más comunes al Evangelio. No todos rechazan a Cristo con odio o persecución. Algunos simplemente escuchan, reconocen que la fe puede ser importante para otros y continúan viviendo como siempre. La verdad los alcanza, pero no produce arrepentimiento. El mensaje está delante de ellos, pero no cambia el rumbo de sus vidas. Por eso Jesús compara estas ciudades con Tiro, Sidón y Sodoma, lugares que los judíos consideraban ejemplos notorios de maldad. Su comparación resulta desconcertante: aquellas ciudades habrían respondido con arrepentimiento si hubieran presenciado los milagros que estas ciudades judías vieron. La advertencia es clara: quienes recibieron mayor luz tendrán una responsabilidad mayor delante de Dios.

Este principio también nos concierne. Los habitantes de aquellas ciudades habían recibido la presencia y las enseñanzas de Jesús, Sus milagros y toda la herencia de las Escrituras que poseía el pueblo judío. Sin embargo, no se arrepintieron. Su privilegio no los eximió del juicio; aumentó su responsabilidad. ¿Qué significa esto para nosotros? También hemos recibido grandes privilegios espirituales: podemos leer las Escrituras, escuchar la predicación del Evangelio y conocer el testimonio acerca de Jesucristo. Pero tener acceso a la verdad no es lo mismo que responder a ella. Escuchar muchos sermones, conocer historias bíblicas o estar familiarizados con el lenguaje cristiano no sustituye el arrepentimiento y la fe. Jesús nos recuerda que en el día del juicio habrá diferentes grados de castigo, de acuerdo con la responsabilidad que corresponde a cada uno. Como enseña Lucas 12:47-48, a quien mucho se le da, mucho se le exigirá. No se trata de que unas personas no necesiten arrepentirse, sino de que la mayor revelación recibida hace aún más grave rechazarla.

Por eso, no te preguntes solamente cuánto sabes de la Biblia o cuántas veces has escuchado el Evangelio. Pregúntate: ¿qué está produciendo en mí todo lo que he recibido? ¿Me está llevando a reconocer mi pecado, a volverme a Dios y a confiar en Cristo, o me he acostumbrado tanto a escuchar la verdad que ya no respondo a ella? No confundas familiaridad con fe ni conocimiento con arrepentimiento. La advertencia de Jesús es seria, pero mientras escuchamos Su Palabra debemos recibirla como una oportunidad para examinar nuestro corazón y responder a su llamado.

Oración: Señor, líbrame de acostumbrarme a Tu Palabra sin permitir que transforme mi vida. Perdóname por las veces que he escuchado Tu verdad con indiferencia y he seguido mi camino como si nada hubiera ocurrido. Ayúdame a reconocer el privilegio de haber recibido Tu revelación y la responsabilidad que eso implica. Que Tu Palabra produzca en mí un arrepentimiento sincero, una fe viva y una obediencia que te honre. Amén.

Para tu estudio personal:

  1. ¿En qué se diferencia la oposición abierta a Cristo de la indiferencia ante Su mensaje?
  2. ¿Hay alguna enseñanza bíblica a la que te hayas acostumbrado sin responder con obediencia?
  3. ¿Qué cambio concreto necesitas hacer para responder con arrepentimiento y fe a la Palabra de Dios?
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