«¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en vosotras, tiempo a que se hubieran arrepentido en cilicio y en ceniza». — Mateo 11:21
¿Por qué Cristo no hizo en Tiro y Sidón los mismos milagros que hizo en las ciudades de Israel, si Él mismo afirma que sus habitantes se habrían arrepentido? Es una pregunta difícil, pero necesaria. Y para comprenderla, debemos recordar de quién estamos hablando: del Hijo de Dios, cuyo conocimiento no está limitado como el nuestro.
A veces, los historiadores imaginan cómo habría cambiado el curso de la historia si un acontecimiento hubiera ocurrido de otra manera. Sin embargo, cuando Jesús habla de lo que habría sucedido en Tiro y Sidón, no está especulando. Él sabe con certeza lo que habría ocurrido. Dios no solo conoce lo que fue, lo que es y lo que será, sino también lo que habría sucedido bajo otras circunstancias. Su conocimiento es perfecto. Entonces, si Cristo sabía que los habitantes de aquellas ciudades se habrían arrepentido al ver Sus milagros, ¿por qué no los realizó allí? No podemos atribuirlo a una falta de poder ni a una falta de interés por los gentiles. Jesús mismo fue a la región de Tiro y atendió la petición de una mujer sirofenicia, cuya hija fue sanada. Su poder no tenía límites geográficos. Además, el propósito de Dios siempre incluyó bendecir a las naciones y llevar Su salvación hasta los confines de la tierra.
¿Por qué, entonces, no hizo allí los mismos milagros que en las ciudades de Israel? El pasaje nos lleva a reconocer la soberanía de Dios. Jesús fue enviado a las ovejas perdidas de Israel, y así se desarrollaba el plan divino: primero los judíos y después los gentiles. Dios había determinado cómo llevaría adelante Su propósito, y no estaba obligado a actuar de acuerdo con nuestras expectativas. Esto nos confronta con una idea que muchas veces albergamos: nos gusta pensar que Dios está haciendo absolutamente todo lo posible para salvar a cada pecador. Pero ¿es eso lo que vemos en este pasaje? Jesús declara que había ciudades donde no realizó los milagros que habrían conducido a sus habitantes al arrepentimiento. Nuestro Dios tiene poder para hacer milagros o no hacerlos; para llevar Su mensaje a un lugar o a otro. Él es soberano y no nos debe nada, ni siquiera la oportunidad de escuchar el Evangelio. ¿Cómo debemos responder ante una verdad tan difícil? Con humildad y gratitud. En lugar de acercarnos a Dios como si nos debiera algo, debemos reconocer que nuestra salvación es un acto de Su misericordia. ¿Qué teníamos nosotros para ofrecerle? ¿Qué mérito había en nosotros que pudiera obligarlo a salvarnos?
Si hoy estamos en Cristo, no es porque hayamos ganado Su favor, sino por Su gracia. Por eso, nuestra respuesta debe ser la misma que expresa el corazón agradecido: «Gracias, Dios, por salvarme. Gracias por Tu misericordia. Gracias por darme a Cristo. No lo merecía, pero Tú has sido bueno conmigo». Aceptar la soberanía de Dios significa aprender a descansar en Su gobierno, incluso cuando no comprendemos todas Sus determinaciones. Significa reconocer su grandeza y, como Cristo, regocijarnos en sus propósitos. Pero esta verdad también nos lleva a una advertencia solemne. Si todavía no has venido a Cristo con fe y arrepentimiento, no presumas que tendrás otra oportunidad en el futuro. Dios no te la ha prometido ni te la debe. No endurezcas tu corazón ni postergues tu respuesta. Si hoy escuchas la invitación del Señor: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso», ven a Él con humildad, reconociendo tu necesidad y suplicando Su gracia. La soberanía de Dios no debe llevarnos a la indiferencia, sino a la gratitud por la salvación recibida y a la urgencia de responder a Su llamado.
Oración: Padre celestial, ayúdame a reconocer Tu soberanía y a humillarme ante Tu grandeza. Perdóname por las veces que he pensado que merezco algo de Ti. Gracias por Tu misericordia y por la salvación que has provisto en Cristo. Enséñame a vivir con un corazón agradecido, confiando en Tus determinaciones aun cuando no los comprenda. Y si hay dureza en mi corazón, concédeme arrepentimiento y una fe sincera para responder a Tu llamado. No permitas que presuma del mañana, sino que hoy me acerque a Ti con humildad. En el nombre de Jesús. Amén.
Para tu estudio personal:
- ¿Qué revela la afirmación de Jesús acerca de su conocimiento de lo que habría sucedido en Tiro y Sidón?
- ¿Por qué la ausencia de ciertos milagros no significa que a Dios le falte poder o que no tenga interés en las naciones?
- ¿De qué manera la soberanía de Dios confronta la idea de que Él nos debe la salvación?
- ¿Hay en tu corazón alguna actitud de orgullo o algún mérito personal en el que estés apoyando tu confianza delante de Dios?
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Amen 🙏🙏