«Sí, Padre, porque así te agradó». — Mateo 11:26
Hay una diferencia entre reconocer que Dios es soberano y deleitarnos verdaderamente en Su soberanía. Podemos afirmar que Él gobierna sobre todas las cosas y, sin embargo, resistirnos cuando Su voluntad no coincide con nuestros deseos. Pero Jesús nos muestra una respuesta diferente. En medio del rechazo que ha encontrado Su ministerio, Él alaba al Padre y se regocija en Su voluntad. ¿Podemos aprender a descansar y a gozarnos de esa misma manera?
La soberanía de Dios no es una verdad que aceptamos naturalmente. Nuestro corazón tiende a resistirse a la idea de que Dios tiene el derecho de gobernar como le place. Queremos que nos explique Sus decisiones, que actúe conforme a nuestras expectativas y que las circunstancias sigan el rumbo que consideramos correcto. Sin embargo, el Señor no es soberano solamente cuando comprendemos lo que hace. Él es el Señor del cielo y de la tierra, aun cuando Sus caminos nos resultan difíciles de entender. Como expresó Charles Spurgeon: «no hay atributo más reconfortante para los hijos de Dios que Su soberanía». Pensemos en la incertidumbre de nuestro tiempo, en las guerras y en las circunstancias que parecen amenazar nuestra tranquilidad. Si todo dependiera de la voluntad cambiante de los hombres, tendríamos razones para desesperarnos. Pero Dios permanece en Su trono. Aun en nuestras pruebas más severas, podemos confiar en que Él gobierna nuestras aflicciones y que, conforme a Sus propósitos, obra en nosotros para santificarnos.
¿Por qué, entonces, nos cuesta tanto descansar en esta verdad? Porque queremos que Dios gobierne el universo, pero a veces nos resistimos a que gobierne nuestra propia vida. Queremos que sostenga la creación, que provea nuestras necesidades y que nos conceda Sus bendiciones; pero cuando Su voluntad contradice la nuestra, nos cuesta someternos. La tierra sigue desincronizada con el cielo: muchas veces, nuestra actitud no refleja el gozo con el que Jesús se sometió a la voluntad de Su Padre. Jonathan Edwards experimentó esa misma resistencia. Durante un tiempo, la soberanía de Dios le pareció una doctrina difícil y hasta desagradable. Sin embargo, llegó el momento en que su manera de pensar cambió profundamente. Lo que antes le producía objeciones comenzó a parecerle extraordinario, agradable y dulce. Aprendió no solamente a reconocer la soberanía de Dios, sino también a amarla. ¿No necesitamos nosotros una transformación semejante? No basta con confesar que Dios tiene derecho a gobernar; necesitamos que Su verdad transforme nuestro corazón, hasta que podamos confiar en Él y regocijarnos en Sus propósitos, incluso cuando no comprendemos Sus determinaciones.
Y aquí encontramos una conexión fundamental con la invitación de Jesús al final de este pasaje. Después de hablarnos de la soberanía del Padre, el Señor nos llama: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso» (Mateo 11:28). Luego añade: «Lleven mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí» (versículo 29). El descanso que Cristo promete no consiste en vivir sin dificultades, ni en conseguir que Dios se someta a nuestros deseos. Consiste en venir a Él, someternos a Su autoridad y aprender de Su carácter. Pero ¿quién es este Señor a cuyo gobierno debemos rendirnos? Jesús nos lo dice: es manso y humilde de corazón. No estamos sometiéndonos a un tirano cruel, sino al Salvador que nos invita a acercarnos a Él. Su yugo no es una carga opresiva; bajo Su autoridad encontramos el descanso que nuestra alma necesita. Resistir Su gobierno nos conduce a la rebelión, pero rendirnos a Él nos lleva a descansar en Su sabiduría y bondad.
Por eso, examinemos nuestro corazón. ¿Aceptamos la voluntad de Dios solamente cuando coincide con nuestros planes? La soberanía de Dios no es únicamente una verdad que debemos defender; es una verdad en la que podemos descansar. No necesitamos comprender todas Sus decisiones para reconocer que Él sigue siendo el Señor.
Oración: Padre celestial, reconozco que muchas veces me cuesta aceptar Tu voluntad cuando no coincide con mis deseos. Perdóname por resistirme a Tu gobierno y por confiar más en mi propio entendimiento que en Tu sabiduría. Transforma mi corazón para que no solo reconozca Tu soberanía, sino que también aprenda a deleitarme en ella. Ayúdame a confiar en Ti en medio de las pruebas y a recordar que, aun cuando no comprendo Tus caminos, Tú sigues reinando. Gracias porque Jesucristo me invita a acercarme a Él y encontrar descanso bajo Su yugo. Enséñame a someterme a Su autoridad con confianza, sabiendo que Él es manso y humilde de corazón. En el nombre de Jesús. Amén.
Para tu estudio personal:
- ¿Qué diferencia hay entre reconocer intelectualmente la soberanía de Dios y deleitarte verdaderamente en ella?
- ¿Por qué tendemos a aceptar el gobierno de Dios cuando las cosas salen como esperamos, pero nos resistimos cuando Su voluntad contradice nuestros deseos?
- ¿Qué circunstancias actuales están poniendo a prueba tu confianza en la sabiduría y el gobierno del Señor?
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