Alabar en lugar de quejarnos

Publicado el 21 de octubre de 2026, 3:00

«En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra». — Mateo 11:25ª

¿Cómo respondemos cuando las personas rechazan la verdad, cuando nuestros esfuerzos parecen infructuosos o cuando las circunstancias toman un rumbo que no esperábamos? Con frecuencia, reaccionamos con frustración, tristeza o desconcierto. Sin embargo, en Mateo 11 encontramos una respuesta sorprendente: Jesús alaba a Su Padre precisamente en medio del rechazo. Su reacción nos confronta y nos invita a aprender a mirar las circunstancias desde la perspectiva del cielo.

Mateo comienza este versículo con una expresión significativa: «En aquel tiempo». ¿Qué estaba sucediendo? Jesús acababa de denunciar la incredulidad de Corazín, Betsaida y Capernaum, ciudades que habían presenciado Sus milagros y, aun así, no se habían arrepentido. Habían recibido grandes privilegios, pero permanecían indiferentes ante Aquel que estaba en medio de ellas. Y ¿cómo respondió Jesús? El texto dice que respondió y dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra». ¡Qué respuesta tan distinta de la nuestra! Ante el rechazo, podríamos esperar que Jesús expresara frustración, que lamentara lo sucedido o que intercediera por aquellas ciudades, como lo hizo por Jerusalén. Podría haber destacado la paciencia de Dios, Su misericordia al concederles tantos privilegios o Su bondad al darles las bendiciones de la vida. Todas esas cosas habrían sido dignas de alabanza. Sin embargo, en ese momento, Jesús dirige nuestra atención a la soberanía de Su Padre. Mientras las ciudades permanecían endurecidas, Él se regocijaba en que Dios seguía siendo el Señor del cielo y de la tierra. Esto nos muestra cuán diferente puede ser nuestra perspectiva de la de nuestro Salvador. Lo que a nosotros nos desconcierta puede llevarnos a contemplar con mayor reverencia el gobierno de Dios. No significa que el rechazo al Evangelio carezca de importancia, ni que debamos permanecer indiferentes ante quienes no se arrepienten. Significa que, aun en medio de situaciones dolorosas, podemos reconocer que Dios no ha perdido el control. Él sigue reinando y Sus propósitos no dependen de que las personas respondan como nosotros esperamos.

Jesús llama a Su Padre «Señor del cielo y de la tierra» porque Su autoridad no tiene límites. Él es el Creador y el Rey de todo cuanto existe. Gobierna sobre las naciones y dirige la historia conforme a Su voluntad. Escogió a Israel para que fuera Su pueblo y, por medio de ese pueblo, trajo al mundo al Salvador. La salvación no es el resultado de la capacidad humana para llevar adelante los planes de Dios, sino de la obra del Señor, que gobierna sobre toda la creación. Esta soberanía también nos da confianza para anunciar el Evangelio. Antes de enviar a Sus discípulos a hacer discípulos de todas las naciones, Jesús declara: «Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra» (Mateo 28:18). ¿Ves la conexión? La misión cristiana descansa en la autoridad universal de Cristo. No vamos al mundo confiando en nuestra capacidad, en las circunstancias favorables o en la disposición de las personas. Vamos porque nuestro Señor tiene toda autoridad. Y Su propósito de reunir un pueblo para Sí mismo de toda tribu, lengua, pueblo y nación llegará a cumplirse.

Hay, además, algo profundamente consolador en la manera en que Jesús se dirige a Dios: «Padre, Señor del cielo y de la tierra». El Dios que gobierna sobre todas las cosas no es solamente el soberano ante quien debemos inclinarnos; es también el Padre a quien podemos acercarnos. Su autoridad no está separada de Su relación con Sus hijos. En labios de Jesús, ambos títulos aparecen unidos: el Padre es Señor del cielo y de la tierra, y el Señor del cielo y de la tierra es Padre. Por eso, cuando las cosas no sucedan como esperabas, cuando encuentres indiferencia ante la verdad o cuando no veas los resultados por los que has orado, recuerda la respuesta de Jesús. No permitas que el desconcierto te haga perder de vista quién gobierna. Puedes lamentar el rechazo, orar por quienes no creen y seguir anunciando fielmente el Evangelio, sin olvidar que Dios permanece en Su trono. Porque nuestra confianza no descansa en que todo suceda como esperamos, sino en que nuestro Padre es el Señor del cielo y de la tierra.

Oración: Padre celestial, perdóname por las veces en que reacciono con frustración cuando las cosas no suceden como esperaba. Ayúdame a mirar las circunstancias con una confianza semejante a la de Jesús, reconociendo que Tú sigues reinando aun cuando no comprendo Tus caminos. Enséñame a alabarte por Tu soberanía, a descansar en Tu autoridad y a recordar que eres mi Padre. Dame perseverancia para anunciar fielmente el Evangelio, aun cuando encuentre rechazo, y confianza en que Tus propósitos se cumplirán. Que mi corazón aprenda a regocijarse en Ti, no solo por lo que veo, sino por quien Tú eres. En el nombre de Jesús. Amén.

Para tu estudio personal:

  1. ¿Qué diferencia encuentras entre tu reacción ante el rechazo o la falta de resultados y la respuesta de Jesús?
  2. ¿Cómo fortalece la soberanía de Cristo tu confianza al compartir el Evangelio con quienes no muestran interés?
  3. ¿En qué situación concreta necesitas dejar de medir la fidelidad de Dios por tus expectativas y aprender a confiar en Su gobierno?
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Comentarios

SIRLEY
hace 13 horas

Amen. 🙏🙏