Oculto a los sabios... revelado a los humildes

Publicado el 22 de octubre de 2026, 2:33

«Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños». — Mateo 11:25

¿Alguna vez te has preguntado por qué algunas personas, a pesar de tener una gran inteligencia y conocimiento secular, no reconocen la verdad del Evangelio, mientras que otras, sin grandes títulos ni reconocimiento, llegan a conocer la gloria de Cristo? En el pasaje de hoy, Jesús nos presenta una respuesta que confronta nuestro orgullo: el conocimiento de Dios no se alcanza mediante la sabiduría humana, sino que depende de la revelación de Dios. Por eso, Jesús alaba al Padre tanto por ocultar estas cosas como por revelarlas.

Esta alabanza nos sorprende. Solemos pensar en Dios como Aquel que se revela, que manifiesta Su gloria y llama a los pecadores a venir a Él. Y, ciertamente, Dios se ha dado a conocer. Sin embargo, Jesús afirma que el Padre también ha ocultado las verdades del Evangelio a los sabios y entendidos. ¿Significa esto que hay algo malo en la sabiduría o en el conocimiento? De ninguna manera. Las Escrituras celebran la sabiduría y nos exhortan a buscarla. El problema aparece cuando el ser humano confía en su propia inteligencia como si pudiera descubrir a Dios por sus propios medios, sin someterse a Él. El apóstol Pablo aborda esta misma realidad en 1 Corintios 1:20-21: El mundo, mediante su propia sabiduría, no llegó a conocer a Dios. Al Señor le agradó salvar a los creyentes por medio de la locura de la predicación, un mensaje que la sabiduría humana puede considerar absurdo. Los filósofos, los científicos y los gobernantes pueden alcanzar grandes logros en sus respectivos campos, pero ninguna capacidad humana puede, por sí misma, descubrir a Dios ni comprender Su salvación. Si Dios no se revela, no podemos llegar a conocerlo verdaderamente.

Isaías 45:15 expresa esta verdad de manera contundente: «Ciertamente tú eres Dios que te encubres, Dios de Israel, que salvas». Necesitamos que Dios se dé a conocer. No podemos exigirle que se revele conforme a nuestras condiciones ni acercarnos a Él como si nuestra inteligencia nos concediera algún derecho sobre Su verdad. El Evangelio derriba esa pretensión y nos recuerda que dependemos enteramente de la gracia divina. Pero la alabanza de Jesús no termina con lo que el Padre oculta. También se regocija porque Él revela estas cosas a los niños. ¿Quiénes son estos niños? No se trata de una falta de inteligencia ni de una incapacidad para pensar, sino de una actitud de humildad y dependencia. Son aquellos que reconocen su necesidad, abandonan la confianza orgullosa en sus propios méritos y reciben con fe lo que Dios les da a conocer.

Por eso, entre quienes recibieron a Jesús encontramos a personas despreciadas por muchos: recaudadores de impuestos y pecadores. También los gentiles, considerados ajenos a las promesas de Israel, llegarían a participar de la salvación. El reino no se recibe como una recompensa por la superioridad intelectual, el poder o los logros personales. Se recibe con la humildad de quien reconoce que necesita la misericordia de Dios. Esta verdad debe hacernos examinar el corazón. ¿Nos acercamos a las Escrituras dispuestos a ser enseñados y corregidos, o buscamos solamente confirmar lo que ya pensamos? ¿Confiamos en nuestra formación, nuestros conocimientos o nuestros logros espirituales? Podemos conocer muchas cosas acerca de la Biblia y, aun así, mantener un corazón orgulloso ante Dios. La verdadera sabiduría comienza cuando dejamos de considerarnos autosuficientes y reconocemos nuestra necesidad de que el Señor nos enseñe. Jesús nos muestra que esta humildad no es un obstáculo para conocer a Dios, sino la actitud con la que recibimos Su revelación. El Padre se complace en dar a conocer Su verdad a quienes dependen de Él.

Por tanto, no te apoyes en tu propia sabiduría como si pudiera conducirte a Dios. Ven a Cristo con un corazón humilde, dispuesto a escuchar, creer y obedecer. No es nuestra grandeza la que nos permite conocer a Dios, sino Su gracia al revelarse a quienes reconocen cuánto lo necesitan.

Oración: Padre celestial, reconozco que no puedo conocerte verdaderamente apoyándome en mi propia sabiduría. Perdóname por las veces en que he confiado en mis conocimientos, mis capacidades o mis logros, en lugar de depender de Tu gracia. Dame un corazón humilde y enseñable, dispuesto a recibir Tu Palabra y a someterse a Tu verdad. Gracias porque, por medio de Jesucristo, te has dado a conocer y has abierto el camino para que pecadores como nosotros recibamos Tu salvación. Líbrame del orgullo y enséñame a buscarte con fe sincera, hasta el día en que pueda contemplar plenamente la gloria de Tu Hijo. En el nombre de Jesús. Amén.

Para tu estudio personal:

  1. Según 1 Corintios 1:20-21, ¿por qué la sabiduría humana no puede conducirnos por sí sola al conocimiento salvador de Dios?
  2. ¿Hay algún conocimiento, logro o capacidad personal en el que estés apoyando tu confianza delante de Dios?
  3. ¿Qué puedes hacer hoy para acercarte a la Palabra con mayor humildad, dispuesto a escuchar y obedecer lo que Dios te enseña?
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