«Sí, Padre, porque así te agradó». — Mateo 11:26
Hay algo profundamente consolador en estas palabras de Jesús: Dios hace lo que le agrada. No gobierna el universo con frustración, incertidumbre ni impotencia. No tiene días malos ni temporadas en las que pierde el control de los acontecimientos. El Señor reina sobre todas las cosas conforme a Su voluntad, y nada puede frustrar sus propósitos. Como declara el Salmo 135:6 «Todo lo que el Señor quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos».
Sin embargo, debemos reconocer que no siempre comprendemos lo que agrada a Dios. Algunas de Sus obras nos resultan difíciles de entender. Por ejemplo, en Deuteronomio 28:63 leemos que, así como el Señor se deleitó en hacer prosperar a Israel, también se deleitaría en juzgarlo si desobedecía. Asimismo, Isaías 53:10 declara que al Señor le agradó quebrantar a Su Siervo y hacerlo sufrir. ¿Significa esto que Dios encuentra un placer cruel en el sufrimiento? De ninguna manera. Debemos contemplar Sus obras a la luz de Sus propósitos eternos. Dios no se complace en la crueldad por sí misma; se deleita en llevar a cabo Su voluntad santa, juzgar el pecado y hacer triunfar Su justicia. En la cruz, el sufrimiento de Cristo no fue un fin sin sentido, sino parte del plan redentor mediante el cual Dios salvaría a Su pueblo y cumpliría Sus propósitos. De hecho, Jesús soportó la cruz por el gozo puesto delante de Él, como nos recuerda Hebreos 12:2.
Por ello, al Padre le agradó ocultar estas cosas de los sabios y entendidos y revelarlas a los niños. Porque Dios no actúa según nuestros criterios ni necesita nuestra aprobación. Su voluntad es sabia, justa y perfecta, incluso cuando nosotros no alcanzamos a comprenderla por completo. Y aquí encontramos una noticia maravillosa para quienes pertenecemos a Cristo: el beneplácito de Dios es también fuente de nuestra salvación y esperanza. Efesios 1:5 enseña que nos predestinó para ser adoptados como hijos Suyos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de Su voluntad. Nuestra salvación no nació de nuestros méritos, sino del propósito bondadoso de Dios. Jesús mismo declaró: «No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino» (Lucas 12:32). Y esa obra de gracia no termina cuando creemos: Dios continúa obrando en nosotros, transformando nuestros deseos y capacitándonos para obedecerle. Filipenses 2:13 dice que Él produce en nosotros tanto el querer como el hacer, por Su buena voluntad.
¿Cómo debe cambiar esto nuestra vida? En primer lugar, descansa en el gobierno de Dios. Nunca faltarán motivos para preocuparnos. Las noticias, los problemas presentes y la incertidumbre del futuro pueden alimentar nuestros temores por nosotros mismos y por las personas que amamos. Si dependemos únicamente de lo que podemos controlar o comprender, terminaremos a merced de la ansiedad. Pero Dios nos llama a confiar en Su soberanía. Esto no significa que conoceremos todas las respuestas ni que nunca enfrentaremos dificultades; significa que podemos descansar en Aquel que nunca pierde el control y que lleva a cabo Sus propósitos con perfecta sabiduría.
En segundo lugar, humíllate ante Dios. Él no necesita que le indiquemos cómo gobernar el universo ni que le ofrezcamos consejos como si nuestra perspectiva fuera superior a la Suya. La soberanía divina nos recuerda que somos criaturas dependientes de nuestro Creador. Por eso necesitamos acercarnos a Él con la humildad de un niño, dispuestos a confiar, aprender y someternos a Su Palabra. En tercer lugar, arrepiéntete y vive bajo el gobierno de Cristo. El reino de los cielos ha llegado, y el llamado del Señor sigue siendo claro: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado» (Mateo 4:17). No podemos confesar que Dios es Rey mientras reservamos ciertas áreas de nuestra vida para nuestra propia autoridad. ¿Mantienes hábitos, decisiones, actitudes o deseos que sabes que contradicen Su Palabra? No los justifiques ni te aferres a ellos. Arrepiéntete y entrégaselos al Señor.
La soberanía de Dios no es una doctrina destinada a dejarnos paralizados por el temor, sino a liberarnos de la ilusión de que debemos controlarlo todo. El Padre reina, Su voluntad permanece y Su gracia sostiene a quienes le pertenecen. Por eso, confía en Él cuando no entiendas Sus caminos, humíllate ante Su sabiduría y permite que Cristo gobierne cada aspecto de tu vida. Descansa en el Dios cuyo beneplácito cumple Sus propósitos y que, en Cristo, ha prometido darte Su reino.
Oración: Padre celestial, gracias porque gobiernas todas las cosas con perfecta sabiduría y nada puede frustrar Tus propósitos. Perdóname por las veces en que la ansiedad me lleva a desconfiar de Ti o en que pretendo imponer mi voluntad sobre la Tuya. Enséñame a descansar en Tu soberanía, a reconocer humildemente que Tus caminos son más altos que los míos y a someter cada área de mi vida al señorío de Cristo. Muéstrame aquello de lo que debo arrepentirme y obra en mí tanto el querer como el hacer conforme a Tu buena voluntad. Gracias porque te ha placido dar Tu reino a Tu pueblo. En el nombre de Jesús. Amén.
Para tu estudio personal:
- ¿Qué preocupaciones actuales o temores sobre el futuro te cuesta entregar al Señor? ¿Cómo puede ayudarte recordar su soberanía?
- ¿En qué situaciones has intentado decirle a Dios cómo debería actuar, en lugar de confiar humildemente en su sabiduría?
- ¿Hay alguna actitud, hábito o decisión en tu vida que contradiga la Palabra de Dios y de la que necesitas arrepentirte?
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