«Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar». — Mateo 11:27b
Puedes saber muchas cosas acerca de Jesús. Quizá conoces dónde nació, los milagros que hizo, las enseñanzas que impartió y los detalles de Su vida. Incluso podrías responder correctamente muchas preguntas sobre la doctrina cristiana. Pero hay una pregunta más profunda que debemos hacernos: ¿realmente lo conoces? Una cosa es acumular información acerca de Cristo y otra muy distinta es conocerlo de manera personal, profunda y verdadera. En el pasaje de hoy, Jesús nos muestra que el conocimiento de Dios no es un logro intelectual que podamos alcanzar por nuestras propias capacidades. Es un privilegio que depende de la revelación divina.
Conocer a Dios es el mayor tesoro que podemos tener. En Jeremías 9:23-24, el Señor advierte que nadie debe gloriarse en su sabiduría, su fuerza o sus riquezas, sino en comprenderlo y conocerlo a Él. Ningún reconocimiento, posesión o logro puede compararse con este privilegio. Jesús mismo, en Su oración al Padre, declaró que la vida eterna consiste en conocer al único Dios verdadero y a Jesucristo, a quien Él ha enviado (Juan 17:3). La vida eterna no se reduce a vivir para siempre; significa entrar en una relación verdadera con Dios por medio de Su Hijo. Por eso, conocer a Cristo no es un asunto secundario de la vida cristiana: es esencial para nuestra comunión con Dios y nuestra esperanza eterna. Sin embargo, no podemos producir este conocimiento por nosotros mismos. La Escritura presenta a Dios como Aquel que, en Su soberanía, puede ocultar Su rostro. Isaías 45:15 lo describe como el Dios que se oculta, el Salvador de Israel. Los salmos también expresan repetidamente el clamor de quienes preguntan: «¿Hasta cuándo, Señor? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás Tu rostro de mí?» (Salmo 13:1). Incluso los creyentes pueden atravesar temporadas en las que la comunión con Dios parece distante y Sus caminos resultan difíciles de comprender. Esto no significa necesariamente que Dios los haya abandonado, pero sí nos recuerda que no podemos exigirle una experiencia constante de cercanía según nuestras propias expectativas.
El pecado también nos separa de Dios y nos hace escondernos de Su presencia, como sucedió con Adán y Eva en el jardín del Edén. En nuestra rebelión, no buscamos naturalmente al Señor con un corazón puro. Necesitamos que Él tome la iniciativa, se dé a conocer y nos conduzca a la verdad. No podemos descubrirlo plenamente mediante nuestros esfuerzos, como si Dios fuera un misterio que nuestra inteligencia pudiera resolver por sí sola. Aquí resplandece la gracia de Mateo 11:27. Jesús afirma que nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo. Considera lo que esto significa: el Padre conoce perfectamente al Hijo y se deleita en Él, como declaró desde el cielo en el bautismo de Jesús: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mateo 3:17). El Hijo, a su vez, conoce perfectamente al Padre. Su relación es única. Pero Jesús no termina la declaración ahí. Añade una expresión llena de esperanza: «y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar». ¡Qué motivo para alabar a Dios! El conocimiento del Padre no quedó cerrado para toda la humanidad. El Hijo vino a revelarlo y, por Su gracia, hay personas que llegan a conocerlo. Si hoy conoces a Cristo y confías en Él, no tienes motivos para enorgullecerte como si hubieras descubierto a Dios por tu propia sabiduría. Tienes motivos para agradecerle que haya abierto tus ojos a la verdad.
Piensa en la respuesta de Pedro cuando Jesús preguntó a Sus discípulos quién decía la gente que era Él. Pedro confesó: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente». ¿Cómo llegó a reconocerlo? Jesús le respondió que aquello no se lo había revelado carne ni sangre, sino el Padre que está en los cielos (Mateo 16:16-17). Pedro no comprendió la identidad de Jesús simplemente porque fuera más inteligente que los demás. Su confesión fue posible porque Dios Padre le concedió esa revelación. Esto nos ayuda a entender por qué las personas que escuchan las mismas palabras o presencian las mismas obras no siempre responden de la misma manera. Corazín, Betsaida y Capernaum recibieron grandes privilegios al presenciar el ministerio de Jesús, pero muchos no se arrepintieron. La cercanía externa a las cosas de Dios no garantiza que conozcamos a Dios de verdad. Podemos escuchar sermones, leer la Biblia y aprender doctrinas sin rendir nuestro corazón al Señor. Necesitamos algo más que exposición a la verdad: necesitamos recibirla con fe y arrepentimiento.
Así que la pregunta no es solamente cuánto sabes acerca de Jesús, sino si lo conoces y confías en Él. ¿Es Cristo tu Salvador? ¿Te acercas a Dios por medio de Él? ¿Consideras conocer al Señor uno de los mayores tesoros de tu vida, o has permitido que otras cosas ocupen Su lugar? Si conoces a Dios por medio de Cristo, responde con gratitud y humildad. No te atribuyas el mérito de una gracia que no podías producir. Y si reconoces que has acumulado información bíblica sin una verdadera entrega a Jesús, no te conformes con el conocimiento externo. Acude a Él, escucha Su Palabra y pídele que te conceda un corazón que crea y se arrepienta.
Oración: Padre celestial, gracias porque no nos has dejado en la oscuridad, sino que te has revelado por medio de Tu Hijo. Perdóname por las veces en que he tratado el conocimiento de Ti como una simple acumulación de información, sin darle el lugar que merece en mi vida. Líbrame del orgullo espiritual y enséñame a valorar por encima de todo el privilegio de conocerte. Gracias porque, por Tu gracia, podemos acercarnos a Ti por medio de Jesucristo. Ayúdame a crecer en comunión contigo, a confiar en Tu Palabra y a vivir con gratitud por la revelación que nos has dado en Tu Hijo. Amén.
Para tu estudio personal:
- ¿Cuál es la diferencia entre saber cosas acerca de Jesús y conocerlo personalmente? ¿Cómo se refleja esa diferencia en tu vida?
- ¿En qué áreas has confiado demasiado en tu conocimiento, tus logros o tu experiencia espiritual, en lugar de depender de la gracia de Dios?
- ¿Qué te enseña la confesión de Pedro en Mateo 16:16-17 acerca de la necesidad de la revelación divina?
Versículo para memorizar:
«Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado». — Juan 17:3
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Comentarios
Gracias Señor por gozar el privilegio de conocerte y deleitarnos en tu soberanía.🙏
Amén 🙏🙏