“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” Mateo 5:16
La providencia divina ha dispuesto que la luz no sea simplemente un fenómeno pasivo, sino un agente de vida y transformación diseñado intencionalmente por el Creador. Desde esta perspectiva entendemos que, así como en la naturaleza la luz estimula la ocurrencia de la fotosíntesis que es el proceso que convierte la energía solar en el sustento que mantiene nuestra existencia física dado que es lo que hace que tengamos alimentos, en el ámbito espiritual, la luz de Cristo operando en el creyente es la que hace posible que se produzca el fruto espiritual necesario para que el Nombre de Dios sea glorificado. Nosotros no poseemos una luz intrínseca, pues somos por naturaleza tinieblas, pero al ser injertados en la Vid Verdadera, el resplandor de la gloria de Dios estimula nuestras vidas del mismo modo que la luz del sol estimula a las plantas.
La Escritura es clara al señalar que el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad, esto revela la existencia de una antítesis irreconciliable entre el reino de las tinieblas y el reino de los cielos; por ello, el cristiano es exhortado a no participar en las obras infructuosas de las tinieblas, las cuales carecen de vida y de propósito eterno… iglesia la oscuridad no produce fruto… la luz produce fruto. Al caminar en pos de Cristo, reflejamos Su santidad hacia nuestros hermanos, convirtiéndonos en instrumentos de edificación mutua donde el ejemplo de uno genera vitalidad en el otro. Este resplandor no es un esfuerzo humano de auto-superación, sino el resultado de haber sido hechos “hechura Suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10) Cada jornada de nuestra cotidianidad es una oportunidad providencial para caminar en esas sendas ya trazadas desde antes de la fundación del mundo para que nosotros anduviésemos en ellas. No debemos resentir el escrutinio del mundo ni la mirada de quienes nos rodean; al contrario, debemos regocijarnos en que Dios, en Su gracia irresistible, nos haya encendido para ser como una ciudad asentada sobre un monte que no se puede ocultar, pero tampoco se puede ignorar. Entonces no te irrites por causa del mal que comete el impío, no te dejes provocar por ello ¡Regocíjate! A Dios le plació encender Su luz en ti y la ha colocado en un pedestal para que todos la vean. No te irrites, eres la luz del mundo… resplandece como un luminar en medio de la generación maligna y perversa que te rodea.
La pregunta que confronta nuestra conciencia hoy es si nuestra conducta evidencia la obra regeneradora del Espíritu o si, por el contrario, nos hemos mimetizado con los valores de un sistema caído. ¿Eres sal y luz? Cuando las personas interactúan contigo, ¿pueden percibir una diferencia en ti? o ¿simplemente te ríes de los mismos chistes, piensas lo mismo y sigues el mismo camino de los demás? Ser sal y luz implica una distinción radical que debe impactar nuestro entorno, no por nuestro esfuerzo, sino por la eficacia de Aquel que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable.
Oración: Padre celestial, te damos gracias porque en Tu soberana voluntad nos has rescatado de la oscuridad y nos has capacitado para ser portadores de Tu luz; te rogamos que Tu Espíritu Santo nos guíe hoy a caminar fielmente en las buenas obras que preparaste de antemano, para que nuestra vida no sea un reflejo de nosotros mismos, sino un testimonio vivo de Tu gracia que mueva a otros a glorificar Tu santo nombre. Amén
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