“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de Mí” Juan 5:39
La soberanía de Dios no solo se manifiesta en la creación, sino en la precisión matemática y espiritual con la que Su Palabra se despliega en la historia. Al confrontar a los líderes religiosos de Su tiempo, el Señor expuso una verdad punzante que resuena hasta hoy: la erudición académica sin una visión cristocéntrica es un camino estéril. Jesús les confrontó diciendo: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de Mí” (Juan 5:39). Los fariseos eran expertos en la letra, pero ciegos en cuanto al Autor; estudiaban el mapa con rigor minucioso mientras despreciaban el destino al cual ese mapa señalaba. Esta es una advertencia vital: la Biblia no es un manual de reglas para ganar el cielo, sino el registro sagrado de la gloria de Cristo.
Algo que nosotros podemos decir de Jesús es que las profecías controlaron Su vida, cada detalle de Su vida había sido anunciado y cada cosa que Él hacía era en consonancia con lo que ya se había dicho de Él. Desde Su pedagogía basada en parábolas hasta Su comportamiento ante la provocación, cada una de Sus palabras estaba anclada en lo que el Padre ya había determinado. Por ello podemos ver a un Salvador que derrota al tentador en el desierto citando: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Jehová” (Deuteronomio 8:3), y que, incluso en el huerto de Getsemaní, se niega a convocar legiones de ángeles porque Su prioridad absoluta era la fidelidad a la revelación escrita. Su sumisión a la Escritura fue tal que, incluso en la agonía final de la cruz, cada dolorosa acción realizada por Él fue un cumplimiento deliberado de lo que las Escrituras habían anunciado. Por ejemplo, el apóstol Juan nos narra que, sabiendo que todo estaba consumado, Jesús dijo “Tengo sed” (Juan 19:28), no solo por una necesidad física, sino para que la última tilde de la profecía fuera satisfecha. Hasta Su último suspiro fue una cita de un salmo (Salmo 31:5), entregando Su espíritu en plena conformidad con la voluntad revelada.
Esta obediencia perfecta de Cristo es la base de nuestra esperanza, pues nosotros, bajo el peso de la ley, somos incapaces de sostenernos. La Escritura es clara al advertir que cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos (Santiago 2:10). Ante la santidad de Dios, nuestra desobediencia merece la copa de la ira eterna; sin embargo, en un acto de gracia soberana, Cristo no solo cumplió las exigencias de la ley en Su vida, sino que pagó la penalidad de la ley en Su muerte. Por ello al resucitar, Él no solo asegura nuestra justificación, sino que nos sella con Su Espíritu para que ahora, como nuevas criaturas, las justas exigencias de la ley se cumplan plenamente en nosotros, que no vivimos conforme a la naturaleza pecaminosa, sino conforme al Espíritu (Romanos 8:4). Iglesia, la ley que antes era una sentencia de muerte para el pecador, se convierte por la gracia en una guía de gratitud para el redimido. Por tanto, descansamos en la promesa de que ni una jota ni una tilde pasará hasta que todo se haya cumplido, pues el mismo Dios que inspiró la profecía es quien garantiza su cumplimiento final, por encima de cualquier poder humano o demoníaco que intente anular Su decreto eterno.
Oración: Señor Todopoderoso, Tu decreto eterno gobierna la historia y Tu boca ha soplado cada jota de la Escritura, te alabamos porque en Jesús vemos el cumplimiento perfecto de toda promesa y el centro de toda revelación. Te suplicamos que, por la operación eficaz de Tu Espíritu, no nos permitas ser meros lectores que hacen de Tu Palabra letra que mata, sino un pueblo que adora a Cristo poniendo por obra Tu Palabra; que al contemplar Su obediencia hasta la cruz, nuestro corazón se rinda ante la seguridad de que nada podrá frustrar Tus propósitos redentores, viviendo hoy en la esperanza de que Tu Palabra no volverá a Ti vacía hasta que todo sea consumado tal como Tú lo determinaste antes de la fundación del mundo. Amén
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