“Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor” Mateo 9:35-36
En este mundo estamos acostumbrados a que los reyes y gobernantes sean conocidos por su poder, sus ejércitos o su capacidad de imponer autoridad. Sin embargo, nuestro Rey Jesucristo es conocido por algo infinitamente superior: Su compasión. Mateo nos guía a contemplar una capacidad que solo Jesús posee: la facultad de mirar directamente al corazón humano y ver nuestras necesidades más reales y profundas. Él no necesita que nadie le explique lo que hay en nuestro interior; Él conoce perfectamente cada rincón de nuestra alma. Por eso, al mirar a aquella multitud, Jesús vio lo que nadie más podía percibir, y se conmovió desde lo más profundo de Su ser. El pastor John MacArthur explicaba que los ojos de Jesús vieron en aquellas vidas una necesidad que superaba con creces un brazo atrofiado, un cuerpo enfermo o una mente atormentada. Aunque Él se compadecía de los dolores físicos, Su mirada penetró la superficie y vio la omnipresencia del pecado, la ceguera espiritual y la perdición de la gente. Sintió compasión como solo Dios puede sentirla, porque Él es Dios encarnado, y la naturaleza misma de Dios es amar.
La Escritura nos compara constantemente con las ovejas. El rey David recalcó esto en sus conocidos Salmos al invitarnos a reconocer que el Señor es Dios, que Él nos hizo, y que somos Su pueblo y las ovejas de Su prado. Pero el profeta Isaías lleva esta analogía a una realidad más profunda y dolorosa cuando escribe: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros». Cuando Jesús estaba allí en la cruz, sufriendo bajo el peso de la ira santa de Dios y derramando Su sangre, lo hacía precisamente por nuestra naturaleza descarriada y pecaminosa. Él tomó sobre Sí el castigo que nosotros merecíamos. Y, si somos como ovejas, eso significa que necesitamos desesperadamente un pastor.
En el diseño de Dios, los reyes, los sacerdotes y los levitas de Israel debían pastorear al pueblo a través de la fiel enseñanza de la Palabra. Sin embargo, los pastores humanos fallaron. Los reyes se volvieron malvados y los líderes religiosos se tornaron ignorantes y egoístas. Como resultado, el pueblo quedó completamente desamparado. Jesús vino a ser el Pastor de un pueblo que sufría en todos los ámbitos. Aquellas multitudes estaban atormentadas políticamente por el yugo romano; sufrían tormentos físicos por enfermedades ante las cuales no tenían control; y eran explotados religiosamente por líderes corruptos que habían convertido el templo en una cueva de ladrones. Estaban indefensas ante las fuerzas espirituales de maldad. Pero, el peligro más grande que enfrentaban no eran los romanos ni las enfermedades; era la inminente ira de Dios debido a sus pecados.
Existía un registro minucioso de cada pensamiento, palabra y acto de rebelión, y no había nada que ellos pudieran hacer para salvarse a sí mismos. Estaban expuestos, desprotegidos y sin salida. El apóstol Pablo describe esta misma condición en su carta a los Efesios al recordarnos que antes de conocer a Cristo, todos nosotros estamos espiritualmente muertos en nuestros delitos y pecados. Vivíamos siguiendo la corriente de este mundo y satisfaciendo los deseos de nuestra naturaleza pecaminosa. Éramos, por naturaleza, objetos de la ira divina. Estar en esa condición significa estar destinado a la destrucción. Es en medio de esa condición de total desamparo e indefensión donde se levanta la figura de Jesucristo. Él no vino a condenarte, sino a buscarte, a rescatarte de la ira venidera y a convertirse en el Buen Pastor que tu alma necesita con tanta urgencia.
Oración: Señor Jesús, hoy reconocemos nuestra total incapacidad y nuestra naturaleza propensa a descarriarse. Te damos gracias por Tu inmensa compasión y por poner Tus ojos en nuestra miseria cuando estábamos indefensos ante Tu justa ira. Gracias por cargar en la cruz con el castigo que nos correspondía. Te pedimos que nos ayudes a escuchar Tu voz cada día y a descansar bajo Tu cuidado perfecto, sabiendo que en Ti encontramos el verdadero refugio y la salvación eterna. Amén.
Para tu estudio personal:
- Al meditar en la compasión de Jesús, ¿eres consciente de que Él conoce tus necesidades espirituales más profundas, incluso aquellas que intentas ocultar de los demás?
- ¿Qué significa para tu vida diaria saber que, gracias al sacrificio de Cristo, ya no eres un objeto de la ira de Dios, sino una oveja amada de Su prado?
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