Enviados a la cosecha

Publicado el 12 de agosto de 2026, 0:49

Al terminar Mateo 9, dejamos a Jesús contemplando a una multitud que necesitaba desesperadamente de Él. Mateo nos dice que vio a aquellas personas y tuvo compasión de ellas, porque estaban acosadas y desamparadas, como ovejas que no tienen pastor. Y entonces Jesús les dijo a Sus discípulos: «La mies es mucha, pero los obreros pocos. Por tanto, rueguen al Señor de la mies que envíe obreros a Su campo».

Ayer hablábamos precisamente de eso: de la necesidad de rogar al Señor de la mies que levante obreros. Pero cuando llegamos al capítulo 10 encontramos algo maravilloso. La oración comienza a ser respondida. Jesús no solamente les dice a Sus discípulos que oren por obreros. Ahora vemos cómo Él mismo comienza a enviarlos. Mateo 10:1 dice: «Jesús llamó a Sus doce discípulos y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos para expulsarlos y para sanar toda enfermedad y toda dolencia». Y unos versículos más adelante encontramos los nombres de estos doce hombres. Son personas reales. Hombres con nombres, historias, personalidades y debilidades. Jesús los había llamado para que fueran Sus discípulos. Pero ahora los está enviando como Sus apóstoles. ¿Te has detenido alguna vez a pensar en lo extraordinario que es esto? Estos hombres que habían estado caminando detrás de Jesús, escuchándolo y aprendiendo de Él, ahora reciben una comisión para ir en Su nombre.

La palabra apóstol lleva precisamente esa idea: uno que es enviado. Y esto nos ayuda a comprender algo todavía más profundo. Jesús mismo es el Apóstol por excelencia. Hebreos 3:1 dice: «Por tanto, hermanos santos, que participan del llamamiento celestial, piensen en Jesús, el apóstol y sumo sacerdote a quien confesamos». Jesús fue enviado por el Padre. Vino a este mundo con la autoridad del Padre y con el mensaje del Padre. Él vino a anunciar y a realizar la obra de salvación. Y ahora Jesús, el Hijo enviado por el Padre, está enviando a estos doce. No significa que ellos fueran iguales a Jesús. No lo eran. Eran hombres débiles y pecadores. Pero habían sido llamados y preparados para proclamar el mensaje de su Señor. Y aquí encontramos uno de los grandes principios que Mateo 10 quiere mostrarnos: Jesús hace avanzar Su Reino mediante personas que Él mismo llama y envía.

El mensaje que debían llevar era el mensaje del Evangelio. Porque el Evangelio no es simplemente una buena noticia entre muchas otras. Es el poder de Dios para salvar. Pablo lo expresa así en Romanos 1: «No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación de todo aquel que cree». Piensa por un momento en tu propia historia. Si tú has llegado a invocar el nombre del Señor Jesucristo, ¿cómo escuchaste por primera vez el Evangelio? Alguien tuvo que hablarte. Quizás fueron tus padres. Quizás un pastor. Quizás un amigo. Quizás alguien que apenas conocías. Pero alguien te anunció a Cristo. Por eso Pablo pregunta en Romanos 10: «¿Cómo invocarán a Aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en Aquel de quien no han oído hablar? ¿Y cómo oirán si no hay quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados?». ¿Te das cuenta de la lógica? Alguien anuncia. Alguien escucha. Alguien cree. Alguien invoca el nombre del Señor. Y Dios salva. Por eso Jesús está enviando a estos doce.

Ahora bien, podríamos hacernos una pregunta: ¿por qué Jesús decidió hacerlo de esta manera? Él podía haberlo hecho todo directamente. Y, por supuesto, también podría haber enviado ángeles… Imagina, por un momento, lo que sucedería si Dios hubiera decidido encomendarles a los ángeles la proclamación del Evangelio. Son criaturas poderosas, extraordinarias, y lo más importante: completamente dedicadas al servicio de Dios. Pero Dios no escogió ese camino. Escogió enviarnos a nosotros. Y eso debería maravillarnos. Porque, si somos honestos, no parece una elección demasiado acertada. Somos débiles. Nos cansamos. Tenemos temores… incluso a veces nos avergonzamos del Evangelio. Y, sin embargo, Jesús tomó a doce hombres débiles y pecadores y les dijo: «Vayan». Pablo dice en 2 Corintios 5 «nos encargó el ministerio de la reconciliación». Detente ahí por un momento. Dios nos ha confiado el mensaje de la reconciliación. No porque seamos suficientes. No porque seamos extraordinarios. No porque tengamos todas las respuestas. Sino porque Dios, en Su gracia, ha decidido utilizar instrumentos débiles para anunciar a un mundo perdido la reconciliación que Él mismo ha provisto en Cristo.

Entonces la pregunta no es solamente: «¿Hay obreros?». La pregunta es: ¿Estoy dispuesto a ser uno de ellos? Quizás piensas que otra persona podría hacerlo mucho mejor. Pero recuerda a los doce. Jesús no buscó hombres perfectos. Jesús llamó hombres que necesitaban de Su gracia y que dependían de Su autoridad. Y eso sigue siendo verdad. Entonces sigamos orando: «Señor de la mies, envía obreros a Tu campo». Pero quizás a partir de hoy debamos añadir una segunda oración: «Señor, si quieres utilizarme, aquí estoy. Envíame a mí».

Oración: Señor Jesús, gracias porque Tú fuiste enviado por el Padre para traer salvación a pecadores como nosotros. Gracias porque no solamente nos has salvado, sino que también nos has confiado el ministerio de la reconciliación. Perdónanos cuando nos avergonzamos de Tu Evangelio. Perdónanos cuando nos escondemos detrás de nuestras ocupaciones, nuestros temores o nuestras excusas. Danos un corazón compasivo por aquellos que todavía no te conocen. Muéstranos las personas que has puesto a nuestro alrededor y danos oportunidades para hablarles de Cristo. Y si estás llamando a alguno de nosotros a servirte de una manera más profunda, danos la gracia de responder con humildad: «Señor, aquí estoy. Envíame a mí». Amén.

Para tu estudio personal:

  1. ¿Qué personas ha colocado Dios cerca de ti que necesitan escuchar el Evangelio? ¿Estás orando específicamente por ellas?
  2. ¿Qué temores, excusas o comodidades podrían estar impidiéndote participar activamente en el ministerio de la reconciliación?
  3. Lee Mateo 10:1-15 y observa qué autoridad, mensaje e instrucciones recibió Jesús de los doce. ¿Qué te enseña esto acerca de la manera en que Cristo utiliza a Sus discípulos para avanzar Su Reino?
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