La paz del mensajero

Publicado el 21 de agosto de 2026, 0:00

«Mas, en cualquier ciudad o aldea donde entréis, informaos quién en ella sea digno, y posad allí hasta que salgáis. Y al entrar en la casa, saludadla. Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; mas, si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros. Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies. De cierto os digo que, en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y de Gomorra, que para aquella ciudad». Mateo 10:11-15

En aquellos días, encontrar alojamiento no era tan sencillo como lo es ahora para nosotros. Existían lugares donde un viajero podía hospedarse, pero eran escasos y no siempre ofrecían las mejores condiciones. Por eso, la hospitalidad de otras personas era una parte importante de la vida y también del ministerio de los enviados de Dios. Jesús les dice: «En cualquier ciudad o aldea donde entren, busquen a alguien digno y quédense allí hasta que salgan». Me parece interesante que Jesús no les diga que busquen la casa más cómoda, la familia más adinerada o el lugar donde puedan recibir mejores atenciones. Les dice que busquen una persona digna y que, una vez encontrada, permanezcan allí. Lucas añade algo muy interesante a estas instrucciones: «Quédense en esa misma casa, comiendo y bebiendo lo que les den». En otras palabras, no estén buscando constantemente algo mejor. No vayan de casa en casa tratando de encontrar mejores condiciones. Aprendan a estar contentos con la provisión de Dios.

Esto toca algo muy profundo de nuestro corazón. Porque la tentación de buscar siempre algo mejor no es nueva. Podemos recibir algo bueno y, poco después, comenzar a preguntarnos si no habrá algo mejor en otro lugar. Podemos tener una casa y pensar en otra. Tener un trabajo y desear otro. Servir en una iglesia y preguntarnos si no habrá un lugar donde nos valoren más. Jesús les está enseñando a Sus discípulos a estar contentos con lo que Dios provee. Y aquí aparece nuevamente el hermoso tema de la hospitalidad. La Escritura nos exhorta a recibir a otros con generosidad y sin quejas. Pedro dice: «Hospedaos los unos a los otros sin murmuraciones». Qué expresión tan sencilla y, al mismo tiempo, tan necesaria. Porque recibir a alguien en nuestra casa puede alterar nuestra rutina. Puede costarnos tiempo, comida, espacio y comodidad. Pero el Evangelio transforma nuestra manera de mirar esas cosas. La hospitalidad cristiana no consiste simplemente en tener una casa bonita y preparar una buena comida. Consiste en abrir lo que Dios nos ha dado para servir a otros. Y eso es precisamente lo que encontramos en Mateo 10. Algunos discípulos serían enviados a predicar, pero otros participarían de la misión abriendo sus hogares y sosteniendo a quienes habían sido enviados. No todos tenían que ir. Pero todos podían participar.

Ahora observa lo que Jesús dice cuando llegan a una casa: «Al entrar en la casa, saludadla». Y después añade: «Si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella». La paz que llevaban estos hombres no era simplemente un deseo de que todo saliera bien. Era la paz que acompañaba al mensaje del Reino. Llegaban como representantes del Rey. Y aquí encontramos una verdad preciosa: cuando recibimos a los mensajeros de Cristo, estamos recibiendo al propio Cristo. Jesús lo dirá más adelante en este mismo capítulo: «El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió». Qué privilegio tan grande es poder participar de la obra de Dios incluso de maneras que pueden parecer pequeñas. Quizá alguien predica. Otro ora. Otro sostiene económicamente. Otro abre las puertas de su casa. Otro prepara una comida. Otro anima a un misionero cansado. Y Dios ve cada una de esas cosas. Jesús incluso menciona un vaso de agua fría. Algo aparentemente insignificante. Y promete que no quedará sin recompensa.

Pero después Jesús cambia completamente el tono. ¿Qué ocurre si no reciben el mensaje? ¿Qué ocurre si rechazan al mensajero? Jesús dice: «Si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies». Y aquí encontramos una lección muy importante para todo aquel que comparte el Evangelio. No eres responsable de cómo las personas responden al mensaje. Eres responsable de ser fiel al mensaje que Dios te ha confiado. Qué fácil es llevar sobre nuestros hombros el rechazo de otros. «Le hablé de Cristo y no quiso escuchar». «Compartí el Evangelio con mi familiar y se burló». «Intenté acercarme a esa persona y me rechazó». Y comenzamos a pensar que hemos fracasado. Pero Jesús dice, en esencia: sé fiel y deja el resultado en las manos de Dios. Por eso les dice: «Vuestra paz vuelva a vosotros». No permitan que el rechazo les robe la paz. No necesitan entrar en discusiones interminables. No necesitan obligar a nadie a creer. No necesitan cargar con una responsabilidad que Dios no les ha dado. Prediquen fielmente. Amen a las personas. Oren por ellas. Pero cuando alguien rechaza deliberadamente el Evangelio, ese rechazo no se convierte en una carga que el mensajero deba llevar para siempre. La responsabilidad queda sobre quien rechaza. Y aquí Jesús pronuncia una de las advertencias más solemnes de todo este pasaje: «En el día del juicio será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y de Gomorra que para aquella ciudad». ¿Por qué? Porque mayor conocimiento trae mayor responsabilidad. Sodoma y Gomorra fueron juzgadas por su pecado. Pero aquí Jesús está hablando de personas que habrán escuchado la proclamación del Reino y, aun así, habrán rechazado al Rey. Eso debería hacernos temblar.

El Evangelio no es una información neutral que podemos escuchar y después olvidar. Cuando Dios nos permite escuchar la verdad acerca de Cristo, estamos ante una decisión de consecuencias eternas. Y quizá hoy estás escuchando este mensaje y llevas mucho tiempo escuchando acerca de Jesús. Has oído el Evangelio muchas veces. Has escuchado acerca de Su muerte, de Su resurrección, de Su gracia y de Su llamado al arrepentimiento. No tomes eso a la ligera. No pienses que puedes seguir posponiendo indefinidamente tu respuesta a Cristo. El mismo Jesús que ofrece gracia también advierte acerca del juicio. Pero para quienes hemos creído, hay otra aplicación igualmente importante. No permitas que el rechazo te silencie. Tal vez alguien no quiera escucharte. Tal vez alguien se burle. Tal vez una persona que amas rechace una y otra vez el Evangelio. Sé fiel. Ora. Ama. Habla cuando Dios te dé oportunidad. Y descansa en la paz de Cristo. El resultado no está en tus manos. Tu llamado es ser fiel al Rey que te envió.

Oración: Señor Jesús, gracias por el privilegio de participar en Tu obra. Danos un corazón hospitalario y generoso, dispuesto a abrir nuestras casas, nuestro tiempo y nuestros recursos para servir a quienes anuncian Tu Evangelio. Y cuando nos corresponda compartir Tu Palabra, danos valor y fidelidad. Líbranos del temor al rechazo y ayúdanos a descansar en Ti cuando otros no quieran escuchar. Guárdanos también de tomar a la ligera Tu Evangelio. Danos un corazón sensible a Tu Palabra y dispuesto a obedecerte mientras todavía tenemos oportunidad. Que nuestra paz permanezca en Ti y que podamos ser fieles mensajeros de nuestro Rey. Amén.

Para tu estudio personal:

  1. ¿Cómo estás participando actualmente en la obra del Evangelio: yendo, orando, dando, hospedando, animando o sirviendo?
  2. ¿Hay alguna persona cuyo rechazo del Evangelio te está robando la paz? ¿Cómo puedes entregarle esa carga al Señor?
  3. Lee Hebreos 2:1-4. ¿Qué responsabilidad tenemos delante de Dios cuando hemos escuchado repetidamente el mensaje del Evangelio?
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