“El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.” — Mateo 10:40
Antes de adentrarnos en nuestro pasaje, recordemos el contexto. Jesús está enviando a Sus discípulos a proclamar el Evangelio. No les dice que lleven grandes provisiones ni que acumulen recursos para el camino. Los envía a confiar en Dios y en la provisión que Él les dará a través de otras personas. Pero entonces surge una pregunta: ¿dónde van a descansar? ¿Quién los recibirá? ¿Quién les dará alimento después de un día agotador de predicación? ¿Dónde podrán dormir? Jesús ya había pensado en eso. Les dice: cuando entren en una ciudad o aldea, busquen a alguien digno y permanezcan allí. Es decir, habrá personas que abrirán sus casas y recibirán a los mensajeros del Reino. Esto nos recuerda algo importante: Jesús conoce nuestra condición humana. Los apóstoles no eran máquinas que podían predicar indefinidamente sin cansarse. Tenían cuerpos. Necesitaban comer, dormir, descansar y recuperar fuerzas. El Salmo 23 nos presenta a Dios como el Pastor que lleva a Sus ovejas a lugares de descanso y restaura sus almas. Y en el ministerio de los apóstoles vemos también esa provisión de Dios: Él no solamente los envía a trabajar; también prepara personas que los recibirán y cuidarán de ellos.
Aquí aparece algo hermoso: Dios hace que diferentes personas participen de una misma misión de diferentes maneras. Uno predica. Otro abre su casa. Otro prepara comida. Otro ofrece un lugar para descansar. Otro sostiene al mensajero con sus recursos. Y todos están trabajando por la verdad. Eso es exactamente lo que encontramos en 3 Juan 5-8. Juan elogia a quienes recibían y ayudaban a los hermanos que habían salido por causa del nombre de Cristo. Y concluye con una expresión poderosa: “Debemos, pues, recibir a tales personas, para que cooperemos con la verdad.” ¿Lo ves? La persona que abre su casa no está haciendo algo secundario. Está cooperando con la verdad. El que recibe al mensajero está participando en el ministerio del mensajero. Por eso Jesús dice: “El que a vosotros recibe, a mí me recibe.” No significa que los mensajeros sean Cristo. Significa que Cristo se identifica de tal manera con aquellos que llevan fielmente Su mensaje que recibirlos y ayudarlos es, en cierto sentido, recibir al mismo Señor que los envió.
Esto cambia nuestra manera de pensar acerca del servicio cristiano. Tal vez tú no seas quien predica delante de una multitud. Tal vez no viajas como misionero. Tal vez nunca tengas la oportunidad de ocupar una plataforma. Pero puedes participar. Puedes recibir. Puedes hospedar. Puedes ayudar. Puedes dar. Puedes preparar un lugar para que alguien descanse. Puedes sostener a una persona que está dedicando su vida a llevar el Evangelio a otros. Y cuando haces eso por amor a Cristo, estás trabajando por la verdad. A veces pensamos que solamente participa en la misión aquel que está al frente. Pero Jesús nos muestra algo diferente. El avance del Reino necesita mensajeros, pero también necesita personas dispuestas a recibir y a ayudar a esos mensajeros.
Los apóstoles podían salir a predicar porque había personas que estaban dispuestas a abrirles la puerta. Y eso sigue siendo cierto hoy. Quizá Dios no te está llamando a ir, pero sí te está llamando a ayudar a alguien que va. Quizá no te está llamando a predicar, pero sí a sostener al que predica. Quizá no te está llamando a cruzar un océano, pero sí a abrir la puerta de tu casa. No todos tenemos la misma función, pero todos podemos cooperar con la verdad. Y esto también nos lleva a una pregunta personal: ¿estoy recibiendo y apoyando aquello que Cristo está haciendo a mi alrededor? Porque recibir al mensajero no consiste simplemente en abrir una puerta. Es reconocer el valor del mensaje que trae y decidir participar en su misión.
Cristo sigue enviando obreros a un mundo que necesita escuchar el Evangelio. Y nosotros seguimos teniendo la oportunidad de decir: “Señor, cuenta conmigo. Tal vez no pueda hacer lo mismo que otros, pero puedo ser fiel en aquello que has puesto delante de mí”. Cuando abrimos nuestra casa, nuestras manos, nuestros recursos y nuestro corazón para servir a quienes trabajan por el Evangelio, no estamos simplemente ayudando a una persona. Estamos cooperando con la verdad.
Oración: Señor Jesús, gracias porque nos permites participar en tu misión de diferentes maneras. Enséñame a reconocer que no necesito tener la misma función que otros para ser útil en tu Reino. Dame un corazón dispuesto a recibir, ayudar, sostener y servir a quienes has enviado a proclamar tu Evangelio. Muéstrame cómo puedo cooperar con la verdad con los recursos, el tiempo y las oportunidades que me has dado. Que nunca desprecie los pequeños actos de servicio que pueden fortalecer a uno de tus mensajeros. Amén.
Para tu estudio personal:
Lee y medita en Mateo 10:40-42 y 3 Juan 5-8.
- ¿De qué maneras puedo cooperar actualmente con quienes llevan el Evangelio?
- ¿Qué recursos, tiempo o dones puedo poner al servicio de la misión?
- ¿Hay algún siervo de Cristo a quien podría ayudar, recibir o animar esta semana?
- ¿Qué significa para mí saber que, al servir a los mensajeros de Cristo, estoy cooperando con la verdad?
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