“El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.” — Mateo 10:40
Jesús está diciendo algo mucho más profundo que simplemente: “Sean amables con Mis discípulos”. Los mensajeros salen en Su Nombre. Proclaman Su mensaje. Y por eso Jesús establece una conexión directa entre la manera en que son recibidos y la manera en que Él mismo es recibido. Si alguien recibe al mensajero de Cristo, está recibiendo a Cristo. Y si recibe a Cristo, está recibiendo al Padre que lo envió. Pero esa verdad tiene también un lado serio. Los mensajeros de Cristo no siempre serán recibidos con alegría. Mateo 10 ya nos ha mostrado que algunos serán rechazados, despreciados, perseguidos e incluso asesinados. Y Jesús toma ese rechazo personalmente. ¿Por qué? Porque rechazar al mensajero por causa del mensaje es rechazar al Rey que lo envió. Por eso Jesús advierte que habrá ciudades cuyo rechazo tendrá consecuencias en el día del juicio. No está hablando de una simple diferencia de opiniones. Está hablando de cómo una persona responde al mensaje del Reino. Pero también existe una promesa maravillosa para quienes reciben a los mensajeros. Incluso quien da un vaso de agua fría a uno de Sus discípulos no perderá su recompensa.
¿Por qué toma Jesús tan en serio algo aparentemente tan pequeño? Porque Él considera que lo que hacemos por Sus mensajeros lo hacemos para Él. Esto aparece nuevamente en Mateo 25, cuando Jesús habla del juicio y dice a las ovejas: “Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis.” Y ellos preguntan: “¿Cuándo te vimos así?” La respuesta de Jesús es impresionante: “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.” El Rey se identifica con los Suyos. Pero hay algo más que debemos considerar. Recibir a estos mensajeros podía ser peligroso. No siempre era una decisión cómoda. Pensemos en Jasón, en Tesalónica. Pablo y Silas habían llegado anunciando a Cristo y algunas personas organizaron una turba contra ellos. Como no encontraron a Pablo y Silas, fueron a la casa de Jasón y lo arrastraron ante las autoridades. ¿Y cuál fue la acusación? “Estos que trastornan el mundo entero también han venido acá; a los cuales Jasón ha recibido.” Detengámonos ahí. “Jasón los ha recibido.” Eso era suficiente para convertirlo en sospechoso.
Jasón había abierto su casa a los mensajeros de Cristo, y ahora estaba asociado con ellos. Había decidido identificarse con Su mensaje, aunque eso pudiera traerle problemas. Y eso nos ayuda a entender mejor Mateo 10. Recibir al mensajero no era simplemente ofrecerle una cama o un plato de comida. En muchos casos significaba decir públicamente: “Yo estoy con ellos. Creo en el mensaje que están anunciando.” Por eso podía costar. Y quizá aquí nos encontramos una pregunta que también debemos hacernos nosotros. ¿Estamos dispuestos a identificarnos con Cristo cuando hacerlo tiene un costo? Porque es relativamente sencillo aceptar el mensaje cuando nadie nos contradice. Pero ¿qué sucede cuando recibir al mensajero significa exponernos al rechazo? ¿Qué sucede cuando defender la verdad nos puede costar una amistad, una oportunidad o nuestra reputación? Hay una conexión entre cómo recibimos al mensajero y cómo recibimos el mensaje.
Por supuesto, los mensajeros humanos pueden equivocarse. Ningún siervo de Cristo es perfecto. Nuestra fe no descansa en la personalidad de quien predica, sino en Cristo y en Su Palabra. Pero cuando alguien rechaza a un mensajero precisamente porque no quiere escuchar el mensaje de Cristo, está rechazando mucho más que a una persona. Está rechazando al Rey. Y aquí está el desafío para nosotros: ¿qué estamos haciendo con el mensaje que hemos recibido? No basta con admirar a quienes lo proclaman. No basta con decir que respetamos a los cristianos. La pregunta es: ¿hemos recibido al Rey? Porque finalmente Mateo 10:40 no apunta solamente a cómo tratamos a los mensajeros. Nos lleva hasta Jesús. El mensajero puede llegar y marcharse. Pero el mensaje permanece. Y detrás del mensaje está el Rey que nos llama al arrepentimiento, nos ofrece perdón y nos invita a entrar en Su Reino.
Oración: Señor Jesús, ayúdame a recibir con fidelidad Tu Palabra y a no avergonzarme de identificarme contigo. Dame sabiduría para distinguir entre las imperfecciones de Tus siervos y la verdad de Tu mensaje. Cuando seguirte tenga un costo, dame el valor de permanecer fiel. Y enséñame también a recibir, ayudar y sostener a quienes sirven a Tu Reino. Que mi vida pueda demostrar que no solamente he escuchado el mensaje, sino que he recibido al Rey que lo envió. Amén.
Para tu estudio personal:
Lee y medita en Mateo 10:40-42 y Hechos 17:1-9.
- ¿Qué significa para mí recibir verdaderamente el mensaje de Cristo?
- ¿Estoy dispuesto a identificarme con Cristo cuando hacerlo pueda tener un costo?
- ¿He confundido alguna vez las imperfecciones de un mensajero con la verdad del mensaje?
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