Recibir al mensajero es recibir el mensaje

Publicado el 26 de septiembre de 2026, 3:43

“Si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies.” — Mateo 10:14

No se trata simplemente de ofrecerles alojamiento. Jesús dice: “Si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras...” Ahí está la conexión. El mensajero lleva un mensaje. Y la manera en que recibimos al mensajero está relacionada con nuestra respuesta a ese mensaje.

Esto se ve claramente en la vida de Zaqueo. Zaqueo era un recaudador de impuestos, despreciado por la sociedad. Un día se subió a un árbol para poder ver a Jesús. Había escuchado acerca de Él y quería conocerlo. Jesús lo llamó, entró en su casa y aquel encuentro produjo una transformación radical. Zaqueo recibió a Jesús con alegría y su arrepentimiento se manifestó inmediatamente en su manera de vivir. Entonces Jesús dijo: “Hoy ha venido la salvación a esta casa.” La hospitalidad no fue la causa de su salvación. Lo que ocurrió fue mucho más profundo: recibir a Jesús estuvo unido a recibir Su mensaje, y ese mensaje produjo arrepentimiento y transformación. Algo parecido encontramos en las palabras de Pablo a los gálatas. Él recuerda que, a pesar de su enfermedad, ellos no lo despreciaron ni lo rechazaron, sino que lo recibieron “como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús”. ¿Por qué? Porque Pablo no estaba allí simplemente como un visitante. Estaba allí proclamando el Evangelio de Cristo.

Y esto nos lleva a otro ejemplo extraordinario: el carcelero de Filipos. Pablo y Silas habían sido golpeados y encarcelados por predicar el Evangelio. El carcelero los vigilaba. Pero durante la noche ocurrió el terremoto y las puertas de la prisión se abrieron. El carcelero, aterrorizado, preguntó: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” La respuesta fue sencilla: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo.” El carcelero creyó. Y después de recibir el mensaje, ¿qué hizo? Lavó las heridas de Pablo y Silas. Los llevó a su casa. Les dio de comer. Los recibió. ¿Lo ves? La aceptación del mensaje produjo una transformación en la manera de tratar a los mensajeros. Antes los vigilaba como prisioneros. Después los recibió como hermanos. Antes estaban bajo su custodia. Después él estaba sirviéndoles. Antes no comprendía quiénes eran ni el mensaje que llevaban. Después de creer, los trató con amor y hospitalidad.

Pero hay todavía un elemento más. Jesús no envió a los apóstoles simplemente como hombres que tenían una opinión religiosa. Los envió con autoridad recibida de Él. La cadena es clara: El Padre envió al Hijo. El Hijo envió a Sus apóstoles. Y los apóstoles salieron a proclamar el mensaje que habían recibido de Cristo. Después de Su resurrección, Jesús volvió a decirles: “Como me envió el Padre, así también yo os envío.” Por eso, rechazar deliberadamente el mensaje apostólico no era simplemente rechazar las palabras de unos hombres. Era rechazar la autoridad de Aquel que los había enviado. Esto es importante también para nosotros. Nosotros no somos los apóstoles. No debemos atribuirnos una autoridad que Cristo les dio específicamente a ellos. Pero tenemos en nuestras manos el testimonio apostólico preservado en las Escrituras. Proclamamos el Evangelio que ellos recibieron y transmitieron. Por eso nuestra autoridad no está en nuestra personalidad, nuestra capacidad de hablar o nuestra opinión. Está en la Palabra que anunciamos. Pablo mismo insistía en que el Evangelio que predicaba no debía ser recibido simplemente como palabra humana, sino como la Palabra de Dios.

Entonces, cuando abrimos la Biblia y proclamamos fielmente el Evangelio, no estamos diciendo: “Escuchen mi opinión sobre Dios”. Estamos diciendo: “Escuchen el mensaje que Dios nos ha dado.” Y eso vuelve a llevarnos a la pregunta de Mateo 10. ¿Qué hacemos con ese mensaje? Podemos rechazarlo. Podemos ignorarlo. Podemos criticar al mensajero y cerrar nuestros oídos. O podemos recibirlo. Porque detrás del mensajero está el mensaje; detrás del mensaje está Cristo; y detrás de Cristo está el Padre que lo envió. Por eso Jesús dice: “El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.” El desafío no es simplemente tratar bien a quienes sirven al Señor. El desafío es mucho más profundo: ¿He recibido realmente al Rey cuyo mensaje ellos proclaman?

Oración: Señor Jesús, gracias por Tu Palabra y por el mensaje del Evangelio que nos has confiado. Ayúdame a recibir Tu verdad con un corazón humilde y dispuesto. No permitas que mis prejuicios hacia las personas me hagan rechazar el mensaje que viene de Tu Palabra. Dame discernimiento para reconocer la verdad y valor para proclamarla fielmente. Que mi vida demuestre que no solamente he escuchado el Evangelio, sino que he recibido a Cristo como mi Rey y Salvador. Amén.

Para tu estudio personal:

Lee y medita en Mateo 10:14-15, Lucas 19:1-10, Hechos 16:25-34 y Juan 20:19-23.

  1. ¿Qué evidencias mostró Zaqueo de que realmente había recibido a Jesús?
  2. ¿Cómo cambió la actitud del carcelero de Filipos después de creer en el Evangelio?
  3. ¿Hay alguna parte del mensaje de Cristo que estoy escuchando, pero todavía no estoy dispuesto a obedecer?
  4. ¿Cómo puedo demostrar con mi vida que realmente he recibido a Cristo?
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