«Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular» — 1 Corintios 12:27
Cuando Jesús habla de recibir a Sus mensajeros y de la recompensa que acompaña aun el acto sencillo de dar un vaso de agua fría, nos muestra algo profundo acerca de Su Reino: Dios no mide nuestra importancia por el tamaño visible de nuestra tarea, sino por nuestra fidelidad a la tarea que Él nos ha encomendado.
Cristo es la cabeza de la Iglesia, y nosotros somos Su cuerpo. Efesios 1:22-23 dice que Dios puso todas las cosas bajo Sus pies y lo constituyó cabeza sobre todas las cosas para la Iglesia, que es Su cuerpo. Esto significa que estamos unidos a Cristo, pero también estamos interconectados unos con otros. Pablo lo explica en Romanos 12:4-8: un cuerpo tiene muchos miembros, pero no todos cumplen la misma función. Algunos sirven, otros enseñan, otros animan, otros ayudan, otros lideran y otros muestran misericordia. La diversidad de funciones no divide al cuerpo; lo hace funcionar. Por eso, no todos estamos llamados a hacer lo mismo. Los apóstoles tenían una misión particular: salir, proclamar el Evangelio y enfrentar oposición por causa de Cristo. Pero Jesús también habla del que recibe al profeta, del que recibe al justo y del que da siquiera un vaso de agua fría a uno de Sus pequeños. ¿Qué está enseñando? Que podemos participar en el ministerio de otros cuando somos fieles al lugar que Dios nos ha dado. Quizá Dios no puso en tus manos un púlpito, sino un vaso de agua. Quizá no te llamó a viajar para predicar, pero te dio la capacidad de abrir tu casa, sostener a alguien, enseñar a un niño, animar al que está cansado, servir silenciosamente o ayudar económicamente a quienes llevan adelante la obra. A los ojos humanos, algunas de estas tareas pueden parecer pequeñas. Pero en el Reino de Dios, ninguna tarea hecha con fidelidad es insignificante.
Esto también nos libra de dos errores. El primero es menospreciar nuestro servicio porque parece pequeño. El segundo es elevar un ministerio por encima de los demás, como si solo quienes predican, lideran o están al frente fueran más importantes. El cuerpo necesita todos sus miembros. Y cada miembro necesita recordar que su función viene de Dios. Si Él te ha llamado a dar ese vaso de agua fría, no lo abandones para hacer algo que Él no te pidió. Y si te ha llamado a llevar el mensaje públicamente, tampoco cambies ese llamado simplemente porque otra función parezca más sencilla. La pregunta no es: «¿Mi ministerio es grande o pequeño?». La pregunta es: «¿Estoy siendo fiel a lo que Dios me ha encomendado?» Todos estamos en la misma misión. Tenemos el mismo Señor, el mismo Evangelio y el mismo objetivo final: que Cristo sea conocido y glorificado. Algunos estarán al frente y otros permanecerán detrás. Algunos serán vistos por muchos y otros servirán sin que casi nadie los vea. Pero todos podemos participar en la obra de Cristo.
Por eso, nunca menosprecies el ministerio de apoyo. Y nunca pienses que necesitas ocupar el lugar de otro para que tu servicio tenga valor. Cristo es la cabeza; nosotros somos Su cuerpo. Él distribuye las funciones, y nosotros respondemos con fidelidad. Tal vez hoy Dios no te está pidiendo que hagas algo extraordinario. Tal vez simplemente ha puesto un «vaso de agua fría» en tus manos. La pregunta es qué harás con él.
Oración: Señor Jesús, gracias porque me has hecho parte de Tu cuerpo y me has dado un lugar dentro de Tu obra. Perdóname cuando comparo mi servicio con el de otros, cuando menosprecio lo pequeño o cuando deseo ocupar un lugar que Tú no me has dado. Ayúdame a reconocer con gratitud el llamado que has puesto en mis manos y a cumplirlo con fidelidad. Que nunca busque grandeza para mí, sino ser útil para Tu Reino. Enséñame también a valorar y sostener el ministerio de mis hermanos, recordando que todos servimos al mismo Señor y perseguimos la misma misión. Amén.
Para tu estudio personal:
Lee: Romanos 12:3-8; 1 Corintios 12:12-27.
- ¿Qué función o dones ha puesto Dios en mis manos?
- ¿He menospreciado alguna vez mi servicio porque me parece pequeño?
- ¿Estoy comparando mi función con la de otra persona?
- ¿Qué «vaso de agua fría» podría estar poniendo Dios hoy en mis manos?
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