Cuando la fe es atravesada por la duda

Publicado el 1 de octubre de 2026, 2:29

«Y al oír Juan, en la cárcel, los hechos de Cristo, le envió dos de sus discípulos, para preguntarle: ¿Eres tú Aquel que había de venir, o esperaremos a otro?» — Mateo 11:2-3

Juan había dado un testimonio extraordinario acerca de Jesús. Había anunciado que Él vendría después de él y cuando lo hizo se aseguró de hacer notar la grandeza de Cristo al declarar que él mismo, no era digno de desatar Sus sandalias y, cuando por fin lo tuvo en frente, exclamó: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». También había dicho: «Es necesario que Él crezca, y que yo disminuya». Y ahora, desde la cárcel, Juan manda a preguntarle: «¿Eres tú Aquel que había de venir, o esperaremos a otro?» ¿Cómo puede ser que un hombre con una fe tan clara llegue a este punto? La respuesta nos recuerda una verdad importante: toda grandeza humana tiene límites. El Salmo 119:96 dice: «A toda perfección he visto límite». Incluso los hombres de fe más admirables siguen siendo hombres. Juan era grande a los ojos de Cristo, pero no era perfecto. Y ahora estaba llegando a su límite.

Juan llevaba tiempo encarcelado. Las prisiones de aquel tiempo eran lugares terribles. No tenía las comodidades que nosotros asociamos hoy con una prisión moderna. Estaba aislado, sometido a incertidumbre y sabía que Herodes podía quitarle la vida. Eso desgasta. Podemos imaginar las preguntas que quizá comenzaron a aparecer en su mente: «¿Qué está haciendo Dios? ¿Por qué sigo aquí? ¿Por qué Jesús no actúa? ¿Por qué el Reino no está sucediendo como yo esperaba?» Y aquí encontramos algo muy humano: a veces nuestra duda crece cuando nuestras circunstancias parecen contradecir nuestras expectativas acerca de Dios.

Juan había anunciado a un Mesías que vendría con el aventador en Su mano, que limpiaría Su era y ejecutaría juicio. Pero Jesús estaba haciendo algo que Juan quizá no esperaba. Este accionar de Cristo ya había desconcertado antes. En Mateo 9, los discípulos de Juan habían preguntado por qué Jesús y Sus discípulos no ayunaban como ellos. Juan era un hombre acostumbrado a una vida austera, al desierto y a la separación. Y ahora veía al Mesías relacionándose con personas que él jamás habría imaginado. Entonces la duda comenzó a crecer. Pero observa algo hermoso: Juan no se quedó solo con su duda. La llevó a Jesús. Eso es importante.

Cuando no entendemos lo que Dios está haciendo, cuando nuestras circunstancias nos desconciertan o cuando nuestras expectativas no coinciden con Su manera de actuar, no debemos alejarnos de Cristo. Debemos acudir a Él. Juan hizo una pregunta. Y Jesús no lo rechazó. Jesús respondió señalando las obras que estaban ocurriendo: los ciegos veían, los cojos caminaban, los leprosos eran limpiados, los sordos oían, los muertos resucitaban y a los pobres se les anunciaba el Evangelio. En otras palabras, Jesús llevó a Juan nuevamente a la evidencia. «Mira lo que estoy haciendo. Mira las obras. Mira las Escrituras. Mira quién soy.» Juan necesitaba recordar que el plan de Dios no tenía que ajustarse a sus expectativas para ser verdadero. Y nosotros también necesitamos recordarlo.

Tal vez hoy estás atravesando una situación que no entiendes. Quizá has orado y la respuesta no ha llegado. Quizá pensabas que Dios actuaría de una determinada manera y no lo hizo. Tal vez incluso te has preguntado: «Señor, ¿realmente eres Tú? ¿Por qué permites esto?» No tengas miedo de llevar esas preguntas a Cristo. Pero tampoco permitas que tus circunstancias se conviertan en la medida de quién es Jesús. Dios sigue siendo Dios aun cuando no entendemos Sus caminos. Juan necesitaba volver a mirar a Jesús. Nosotros también.

Y hay una última palabra de Jesús que resulta especialmente significativa: «Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí». Es como si Cristo le dijera a Juan: «No permitas que aquello que no comprendes acerca de Mi manera de obrar te haga tropezar con quien Yo soy». Nuestra fe no descansa en que entendamos cada movimiento de Dios. Descansa en conocer a Aquel en quien hemos creído. Juan tuvo un momento de duda, pero llevó su duda al lugar correcto: a Jesús. Haz tú lo mismo.

Oración: Señor Jesús, reconozco que muchas veces mis circunstancias pueden debilitar mi fe. Cuando no entiendo Tus caminos, cuando espero una respuesta que no llega o cuando Tú obras de una manera diferente a la que imaginaba, ayúdame a no tropezar contigo. Como Juan, enséñame a llevar mis preguntas directamente a Ti. Recuérdame quién eres, ayúdame a mirar Tus obras y Tu Palabra, y fortalece mi fe cuando me encuentre débil. Que aun en los momentos de duda pueda permanecer cerca de Ti. Amén.

Para tu estudio personal:

Lee: Mateo 11:2-6; Salmo 119:89-96.

  1. ¿Qué circunstancias pueden debilitar mi fe o hacerme dudar de Dios?
  2. ¿Qué expectativas tengo acerca de cómo debería actuar Dios?
  3. ¿Estoy dispuesto a llevar mis dudas directamente a Cristo?
  4. Hay alguna situación en la que necesito decir hoy: «Señor, ayúdame a no tropezar contigo»?

Versículo para memorizar

«Y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí» —Mateo 11:6

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