“¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?... ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas?” — Mateo 11:7-8
Cuando los discípulos de Juan se marcharon, Jesús comenzó a hablar a la multitud acerca de él. Y resulta significativo que, después de atender las dudas de Juan, Jesús no lo desacredita delante de la gente. Al contrario, muestra su grandeza.
Jesús hace una pregunta: “¿Qué salisteis a ver al desierto?” ¿Por qué tantas personas habían dejado sus casas para ir a escuchar a Juan? Él no hacía milagros. No vestía lujosamente. No vivía en un palacio. Predicaba, llamaba al arrepentimiento y bautizaba. Entonces, ¿qué habían ido a buscar? Habían encontrado en Juan algo que escasea: un hombre que no era una caña sacudida por el viento. Una caña se inclina hacia donde sopla el viento. Juan no era así. Sus convicciones no dependían de la opinión de su generación. No necesitaba que la gente aprobara lo que decía para creer que era verdad. Cuando los fariseos y saduceos se acercaron, no suavizó el mensaje para ganar su aprobación. Les habló del pecado, del arrepentimiento y del juicio venidero. Juan predicaba lo que Dios le había confiado, aunque no fuera popular. ¡Cuánto necesitamos hoy esa firmeza! Es fácil mirar hacia dónde sopla el viento de la cultura, de la opinión pública o de nuestro propio familiar y después ajustar nuestras convicciones. Pero la fidelidad a Cristo no consiste en descubrir qué quiere escuchar la gente y acomodarnos a ello. Consiste en permanecer firmes en la verdad que Dios nos ha revelado.
Pero Jesús señala algo más. Pregunta si habían salido a ver a un hombre vestido con ropas delicadas. Los que viven rodeados de comodidades están en los palacios de los reyes. Juan, en cambio, había escogido una vida sencilla. No vivía buscando comodidad, lujo o reconocimiento. Su manera de vivir era coherente con su mensaje. Y esto cobra todavía más fuerza cuando recordamos cómo terminó su vida. Juan enfrentó a Herodes por su pecado y terminó encarcelado y, finalmente, muerto. No modificó su mensaje para conservar su libertad. Su fidelidad a Dios pesaba más que su comodidad. Después Jesús señala la grandeza de su llamado: Juan era profeta, pero más que profeta. Era aquel mensajero anunciado por las Escrituras que prepararía el camino del Señor. Los profetas habían señalado durante generaciones hacia la venida del Mesías, y Juan tuvo el privilegio único de señalarlo directamente: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Por eso Jesús declara: “Entre los nacidos de mujer no se ha levantado nadie mayor que Juan el Bautista”. ¡Qué afirmación!
Y aquí la pregunta deja de ser solamente acerca de Juan. Si Jesús hablara de tu vida, ¿qué diría? Jesús no es un adulador. Él conoce nuestro corazón, nuestras motivaciones y nuestra fidelidad. Su aprobación vale más que cualquier reconocimiento humano. Por eso, nuestra meta no debería ser simplemente que otros hablen bien de nosotros, sino vivir de tal manera que un día podamos escuchar de Cristo: “Bien hecho, siervo bueno y fiel”. La verdadera grandeza no consiste en ser admirados, tener comodidades o recibir aprobación. Consiste en permanecer firmes cuando sopla el viento, vivir sin estar dominados por los deseos terrenales y cumplir fielmente el llamado que Dios nos ha dado. Que nuestra mayor ambición no sea agradar a nuestra generación, sino agradar a Cristo.
Oración: Señor Jesús, queremos vivir para Tu aprobación y no para la aprobación de los hombres. Danos convicciones firmes para permanecer en Tu verdad cuando soplen vientos contrarios. Ayúdanos a no hacer de la comodidad, el reconocimiento o el éxito nuestra meta. Haznos fieles al llamado que nos has dado y permite que nuestra vida señale siempre hacia Ti. Que un día podamos escuchar de Tus labios: “Bien hecho, siervo bueno y fiel”. Amén.
Para tu estudio personal:
Lee: Mateo 11:7-15; Juan 1:19-34.
- ¿En qué áreas de mi vida estoy siendo una “caña sacudida por el viento”?
- ¿Qué lugar ocupan mi comodidad y la aprobación de otros en mis decisiones?
- ¿Estoy usando mi vida para señalar a Cristo o para llamar la atención sobre mí mismo?
- Si Cristo evaluara hoy mi fidelidad, ¿qué aspecto de mi vida necesitaría entregarle nuevamente?
Añadir comentario
Comentarios