«Bienaventurado es el que no halle tropiezo en Mí»— Mateo 11:6
La duda de Juan no era un asunto pequeño. Para él, aquella pregunta podía significar algo devastador. Juan estaba en prisión preguntándose si había entendido correctamente todo lo que había sucedido. Si Jesús no era realmente el que había de venir, entonces, desde su perspectiva, ¿había desperdiciado su vida? ¿Había entregado todo por el hombre equivocado? ¿Había preparado el camino para alguien que no era el Mesías? Y no solamente estaba en juego la tranquilidad personal de Juan. Su testimonio había tenido una enorme influencia. Dios lo había levantado como una lámpara que ardía y brillaba intensamente. Si Juan terminaba apartándose de Cristo, aquello también habría afectado el testimonio que había dado durante toda su vida. Pero observa cómo responde Jesús. No humilla a Juan. No lo ridiculiza por preguntar. No le dice: «Después de todo lo que has visto, ¿cómo puedes dudar?». Jesús ministra a Juan en medio de su debilidad.
Y aquí vemos algo precioso del carácter de Cristo. Más adelante, en este mismo capítulo, Jesús se describirá diciendo: «Soy manso y humilde de corazón». Esa mansedumbre se manifiesta precisamente aquí. Jesús responde a la duda de Juan de dos maneras: primero, le da pruebas. Mateo registra que Jesús respondió señalando Sus obras, pero el relato paralelo de Lucas nos permite ver algo todavía más impresionante. Cuando llegaron los mensajeros de Juan, Jesús comenzó a sanar enfermos, expulsar espíritus malignos y dar vista a los ciegos. Imagínalo. Los discípulos de Juan llegan con una pregunta: «Juan quiere saber si Tú eres el que había de venir». Y Jesús les dice, en esencia: «Miren». Entonces comienzan a llegar los enfermos. Los ciegos. Los sordos. Los necesitados. Y uno tras otro reciben el poder sanador de Cristo. Aquellos hombres no regresaron a Juan solamente con una explicación. Regresaron con evidencia. La fe cristiana no consiste en cerrar los ojos ante la realidad y dar un salto irracional. Dios ha dado testimonio de Su Hijo. Jesús mismo señaló Sus obras como evidencia de quién era.
Pero Jesús también hizo algo más: exhortó a Juan a permanecer firme. «Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí». Es una palabra de bendición, pero también una llamada a perseverar. Es como si Jesús le dijera: «Juan, no permitas que aquello que no entiendes te haga abandonar aquello que ya sabes que es verdad. Mantente firme». Esto aparece una y otra vez en las Escrituras. Jesús enseñó que Sus discípulos serían odiados por causa de Su nombre, pero que el que perseverara hasta el fin sería salvo. Y en Apocalipsis encontramos la misma exhortación: sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida. Juan necesitaba pruebas, pero también necesitaba perseverancia. Y nosotros también.
Hay momentos en los que nuestra fe no necesita una nueva doctrina, sino volver a mirar las evidencias que Dios ya nos ha dado y recordar aquello que ya sabemos acerca de Cristo. Quizá hoy estás pasando por un período de oscuridad. Quizá tienes preguntas que no sabes responder. Tal vez las circunstancias te están llevando a preguntarte si Dios realmente está haciendo lo que dijo que haría. Mira nuevamente a Cristo. No permitas que aquello que todavía no entiendes borre aquello que ya sabes que es verdad. Cristo no abandona al que lucha. Lo lleva nuevamente hacia la evidencia de quién es Él y lo llama a permanecer firme. Juan necesitaba escuchar: «Mira mis obras. Y ahora permanece». Nosotros también necesitamos ambas cosas: razones para creer y una decisión diaria de permanecer fieles.
La duda puede tocar nuestra puerta. Las circunstancias pueden sacudirnos. Pero nuestra esperanza no descansa en que nunca tendremos preguntas. Descansa en que, cuando las preguntas lleguen, tenemos un Salvador al que podemos acudir. Y Él sigue diciendo: «Bienaventurado el que no halle tropiezo en mí».
Oración: Señor Jesús, gracias porque eres paciente con nosotros cuando atravesamos momentos de debilidad. Cuando las circunstancias nos confundan y nuestras preguntas parezcan más grandes que nuestra fe, ayúdanos a volver a mirar quién eres y las evidencias que nos has dado. No permitas que aquello que todavía no comprendemos nos haga abandonar aquello que ya sabemos de Ti. Danos una fe perseverante. Ayúdanos a permanecer firmes hasta el final, confiando en Tu carácter y en Tus promesas. Amén.
Para tu estudio personal:
Lee: Mateo 11:2-6; Lucas 7:18-23; Apocalipsis 2:8-11.
- ¿Qué evidencias de Cristo puedo recordar cuando aparecen las dudas?
- ¿Hay algo que no comprendo de Dios que podría estar haciéndome tropezar con Él?
- ¿Qué significa para mí permanecer fiel hasta el final?
- ¿A quién puedo animar hoy que esté atravesando un momento de duda o debilidad?
Versículo para memorizar:
«Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí»— Mateo 11:6
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